Magaluf es, según Wikipedia, una “localidad turística situada en la isla española de Mallorca, conocida por su larga playa de arena fina y por su animada vida nocturna”.
Se trata de un punto de partida muy aceptable en cuanto a opciones de futuro. Lamentablemente, Magaluf se ha hecho famosa por otros menesteres, que sí están relacionados con el turismo pero no con el buen gusto ni con el progreso, y no hace falta ser un hábil usuario de la red de redes para encontrar las razones (he aquí tres ejemplos):
https://www.diariodemallorca.es/sucesos/2019/09/02/joven-18-anos-grave-apunalado/1445172.html;
https://www.elespanol.com/reportajes/20190809/violacion-grabada-snapchat-magaluf-britanico-detenido-abusar/420208232_0.html;
https://www.diariodemallorca.es/sucesos/2019/09/02/guardia-civil-detiene-cuatro-personas/1445071.html.
Se trata de un punto de partida muy aceptable en cuanto a opciones de futuro. Lamentablemente, Magaluf se ha hecho famosa por otros menesteres, que sí están relacionados con el turismo pero no con el buen gusto ni con el progreso, y no hace falta ser un hábil usuario de la red de redes para encontrar las razones (he aquí tres ejemplos):
https://www.diariodemallorca.es/sucesos/2019/09/02/joven-18-anos-grave-apunalado/1445172.html;
https://www.elespanol.com/reportajes/20190809/violacion-grabada-snapchat-magaluf-britanico-detenido-abusar/420208232_0.html;
https://www.diariodemallorca.es/sucesos/2019/09/02/guardia-civil-detiene-cuatro-personas/1445071.html.
¿Interesa a alguien la realidad de Magaluf durante el resto del año?; ¿o es puro sensacionalismo de los tour operadores y los mass media, que nos venden el despelote mallorquín en dosis que calman nuestro ansia morboso?
https://www.elmundo.es/papel/historias/2019/08/28/5d65059cfdddff3d568b462e.html
Mientras conseguimos dar respuesta a esa pregunta, Magaluf sigue siendo un lugar de culto que sacia el turismo de borrachera y desenfreno, venga de donde venga. Y esa es la imagen que de esta se localidad se proyecta, mal que le pese a la buena gente que la habita durante todo el año, y que poco o nada tiene que ver con esa imagen ¿interesada?
Llegados a este punto, no se trata de hacer leña del árbol caído ni adentrarnos en nimias diatribas que disfrazan una realidad que no es tal, al menos en su totalidad, sino más bien de quedarnos con el concepto de lo que representa, actualmente, una localidad cuya simple pronunciación es sinónimo de libertinaje y turismo mal entendido.
Mientras conseguimos dar respuesta a esa pregunta, Magaluf sigue siendo un lugar de culto que sacia el turismo de borrachera y desenfreno, venga de donde venga. Y esa es la imagen que de esta se localidad se proyecta, mal que le pese a la buena gente que la habita durante todo el año, y que poco o nada tiene que ver con esa imagen ¿interesada?
Llegados a este punto, no se trata de hacer leña del árbol caído ni adentrarnos en nimias diatribas que disfrazan una realidad que no es tal, al menos en su totalidad, sino más bien de quedarnos con el concepto de lo que representa, actualmente, una localidad cuya simple pronunciación es sinónimo de libertinaje y turismo mal entendido.
Como ya es conocida, la realidad de la Castilla rural tiene en la despoblación y el envejecimiento sus características fundamentales. Son escasos los municipios castellanos, y de otras regiones de interior, que no se asoman al balcón de la desaparición o de la irrelevancia más absoluta. Como, además, el asunto está de moda, continuamente nos encontramos con noticias, reportajes o artículos que nos avisan de esta peligrosa tendencia, como si cada semana fuese cuestión de descubrir una nueva Arcadia de la despoblación con la que cobrarse una nueva presa en el medio de comunicación de turno y que aporta poco, o nada, al ya manido asunto. No obstante, como está de moda luchar contra la despoblación, es cuestión de soltar la primera idea que se nos pase por la cabeza, sea la que sea, para creernos a la vanguardia en la resolución de una problemática que arrastramos desde tiempos inmemoriales. En este sentido, Sergio del Molino, en “La España Vacía”, escribe “José Martínez Ruiz, Azorín, o Cela, en sus crónicas viajeras, insisten en la forma repentina en que la meseta irrumpe al poco de echar a andar. No importa la ruta de salida ni el medio de transporte: la ventanilla del tren pasa de mostrar un ajetreo caótico a la nada inquietante de la llanura. Hoy sólo ha cambiado la extensión de la ciudad, que ocupa mucho más espacio, pero el tránsito es el mismo que describieron los cronistas del siglo XX. Al salir de Madrid por cualquiera de sus puntos cardinales (salvo, quizá, el que conduce al Guadarrama), la España vacía irrumpe como si se hubiera cruzado un portal a otra dimensión”.
No, no es un tema nuevo.
Desde hace un tiempo, en este país todo el mundo sabe de fútbol, de política, de toros y de despoblación. Y, desde mi modesta opinión, para hablar de ello hay que salir llorados de casa, tratando de dar la vuelta al tema desde la racionalidad y el buen juicio, desde una perspectiva integral, global, que abarque el amplio espectro de posibilidades que se nos pueden brindar. Pero no es el caso. Y a ello voy.
El convencimiento personal que creerse con la posesión de la verdad, es un arma de difícil gestión que converge en resultados nefastos y deja patente la ignorancia, probablemente, supina del sujeto activo.
En los pueblos de la Castilla rural, cuando llega el verano o en puentes y espacios ociosos de cierta relevancia, es aplicable un castizo dicho: en el amor y en la guerra, cualquier agujero es trinchera. O lo que es lo mismo, todo vale. Cualquier atisbo de actuación que suponga salir de la cotidianeidad es considerado un signo de trabajo en pos del desarrollo del municipio, ya sea una carrera, un partido de fútbol, varias jornadas de toros, una chocolatada municipal o un homenaje a la gastronomía local; lo que sea, siempre y cuando contente al ávido buscador de emociones rurales, hastiado de la realidad urbana con la que se topa en su día.
Frente a lo que pueda pensarse, no soy contrario a estas actividades; sencillamente considero prioritarios otros planteamientos a medio y largo plazo con los que podríamos abordar un asunto tan delicado como el creciente y progresivo vaciado de nuestros pueblos, y que sin duda tendría un resultado mucho más efectivo que el propuesto, inconscientemente, hasta la fecha.
Lo cierto es que en esos pueblos, a los que hago referencia, el ansia de ocio y libertad entre los jóvenes que los visitan por unos días es el factor que prima a vista de todos, sin más consideraciones que vivir con intensidad esas jornadas o semanas. No hay nada por encima del divertimento, ni tan siquiera moral, respeto o educación. Solo ocio y, en numerosos casos, alcohol.
La existencia de un decoro que acote el respeto debido a la vecindad temporal no se tiene en cuenta, y menos a quienes habitan el terruño durante todo el año, porque pareciera que el estatus de urbanita impera sobre cualquier otra consideración. El habitante rural vemos, así, como lo que tanto nos cuenta mantener durante todo el año, en ocasiones, se ve deteriorado o destruido de forma anónima por mor de una conducta ociosa, sin más beneficio que el destruir por destruir.
La población rural practica la empatía hasta extremos insospechados, casi siempre con la amabilidad como norma de comportamiento, pero no podemos entender, ni ponernos en el lugar de quienes deterioran un patrimonio común como expresión de una diversión mal entendida.
Por otra parte, no debemos ocultar que este tipo de turismo está ligado a la ingesta masiva de alcohol –dejémoslo ahí- como así se encargan de recordarnos en fechas posteriores a los fastos ociosos. Los habituales lugares de peregrinación etílica son cochambreras expuestas a visión pública en los que se hace difícil, incluso, caminar sin pisar algún vidrio –convenientemente roto para la ocasión-, bolsa de plástico o botella de refresco, con el consiguiente peligro para viandantes, especialmente entre el grupo de menor o mayor edad, amén de la lamentable imagen, y olores diversos, que se ofrece de la localidad.
Hago referencia, por tanto, a actuaciones que vinculan la diversión en el pueblo con la búsqueda del deterioro de los bienes públicos, el consumo masivo de alcohol, la desinhibición y la ausencia de respeto hacia quienes hemos decidido, como opción personal, habitar en un espacio que merece la pena porque valoramos su calidad de vida y sus saludables condiciones. Si a esta desenfrenada búsqueda del todo vale sumamos representantes públicos autóctonos que, bien por falta de conocimientos o bien por pasotismo, concentran sus actuaciones y esfuerzos en un público objetivo efímero y flotante, el resultado es una ausencia absoluta de políticas de progreso y desarrollo, a lo que unimos la desconsideración hacia la población fija.
Un peligroso caldo de cultivo que se repite en numerosos pueblos de la geografía española.
Cualquier consistorio que prime la inversión en infraestructura festiva en detrimento de otras necesidades más acuciantes para los residentes, o visitantes, habituales, incurre en un desprecio absoluto a la historia, a la tradición y al futuro de la localidad, amén de sus vecin@s. Y ampararse en el archiconocido razonamiento de que los fastos patronales, o de otra índole, generan actividad y visitas de localidades aledañas es contar verdades a medias, porque ciertamente existe esa actividad, pero favorece a los establecimientos hosteleros, únicamente, sin tener una influencia real en la economía del municipio.
En absoluto desprecio estas actuaciones, por si hubiese algún malpensado. Simplemente considero el factor progreso como elemento prioritario en cualquier actividad pública, y más cuando lo que está en riesgo es la supervivencia de nuestros pueblos.
Nos rasgamos las vestiduras cuando vemos lo que, regularmente, sucede en localidades como Magaluf, pero nosotros no estamos muy lejos de ese modelo, como continuamente observamos en nuestros pequeños pueblos. ¿Somos nosotros, entonces, mejores que quienes alientan los continuos desmanes de los que se hacen eco los medios de comunicación en zonas costeras por el simple hecho de ser nosotros, o no disponer, sencillamente, de oportunidades de desarrollo?; ¿queremos justificar lo injustificable?; ¿creemos de verdad en un modelo de desarrollo sostenible adaptado al territorio o nos limitamos a ensamblar piezas inversoras con arreglo al criterio de oportunidad política de turno en instancias superiores?; ¿disponemos de un plan que nos ayude a caminar y priorizar?
Cualquier municipio que desee implantar un modelo de crecimiento con visos de futuro, que pueda, cuando menos, garantizar un mínimo éxito debe considerar un planteamiento integral a medio y largo plazo, real, consecuente, bien pergeñado temporal y presupuestariamente, implicando a residentes y visitantes y con una buena dosis de respeto, empatía y funcionalidad.
A partir de ahí, podremos empezar a hablar de los errores de los demás. Mientras tanto, y si nadie lo remedia, nuestro modelo es el de Magaluf.
Y para mi, elegir entre el modelo en cuestión y no hacer nada es como elegir entre susto o muerte. Elegid vosotr@s.
No, no es un tema nuevo.
Desde hace un tiempo, en este país todo el mundo sabe de fútbol, de política, de toros y de despoblación. Y, desde mi modesta opinión, para hablar de ello hay que salir llorados de casa, tratando de dar la vuelta al tema desde la racionalidad y el buen juicio, desde una perspectiva integral, global, que abarque el amplio espectro de posibilidades que se nos pueden brindar. Pero no es el caso. Y a ello voy.
El convencimiento personal que creerse con la posesión de la verdad, es un arma de difícil gestión que converge en resultados nefastos y deja patente la ignorancia, probablemente, supina del sujeto activo.
En los pueblos de la Castilla rural, cuando llega el verano o en puentes y espacios ociosos de cierta relevancia, es aplicable un castizo dicho: en el amor y en la guerra, cualquier agujero es trinchera. O lo que es lo mismo, todo vale. Cualquier atisbo de actuación que suponga salir de la cotidianeidad es considerado un signo de trabajo en pos del desarrollo del municipio, ya sea una carrera, un partido de fútbol, varias jornadas de toros, una chocolatada municipal o un homenaje a la gastronomía local; lo que sea, siempre y cuando contente al ávido buscador de emociones rurales, hastiado de la realidad urbana con la que se topa en su día.
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| Valla para los toros cortando una calle durante varios días |
Lo cierto es que en esos pueblos, a los que hago referencia, el ansia de ocio y libertad entre los jóvenes que los visitan por unos días es el factor que prima a vista de todos, sin más consideraciones que vivir con intensidad esas jornadas o semanas. No hay nada por encima del divertimento, ni tan siquiera moral, respeto o educación. Solo ocio y, en numerosos casos, alcohol.
La existencia de un decoro que acote el respeto debido a la vecindad temporal no se tiene en cuenta, y menos a quienes habitan el terruño durante todo el año, porque pareciera que el estatus de urbanita impera sobre cualquier otra consideración. El habitante rural vemos, así, como lo que tanto nos cuenta mantener durante todo el año, en ocasiones, se ve deteriorado o destruido de forma anónima por mor de una conducta ociosa, sin más beneficio que el destruir por destruir.
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| Situación de la valla de la Iglesia tras ser derribada, este verano, durante la noche |
Por otra parte, no debemos ocultar que este tipo de turismo está ligado a la ingesta masiva de alcohol –dejémoslo ahí- como así se encargan de recordarnos en fechas posteriores a los fastos ociosos. Los habituales lugares de peregrinación etílica son cochambreras expuestas a visión pública en los que se hace difícil, incluso, caminar sin pisar algún vidrio –convenientemente roto para la ocasión-, bolsa de plástico o botella de refresco, con el consiguiente peligro para viandantes, especialmente entre el grupo de menor o mayor edad, amén de la lamentable imagen, y olores diversos, que se ofrece de la localidad.
Hago referencia, por tanto, a actuaciones que vinculan la diversión en el pueblo con la búsqueda del deterioro de los bienes públicos, el consumo masivo de alcohol, la desinhibición y la ausencia de respeto hacia quienes hemos decidido, como opción personal, habitar en un espacio que merece la pena porque valoramos su calidad de vida y sus saludables condiciones. Si a esta desenfrenada búsqueda del todo vale sumamos representantes públicos autóctonos que, bien por falta de conocimientos o bien por pasotismo, concentran sus actuaciones y esfuerzos en un público objetivo efímero y flotante, el resultado es una ausencia absoluta de políticas de progreso y desarrollo, a lo que unimos la desconsideración hacia la población fija.
Un peligroso caldo de cultivo que se repite en numerosos pueblos de la geografía española.
Cualquier consistorio que prime la inversión en infraestructura festiva en detrimento de otras necesidades más acuciantes para los residentes, o visitantes, habituales, incurre en un desprecio absoluto a la historia, a la tradición y al futuro de la localidad, amén de sus vecin@s. Y ampararse en el archiconocido razonamiento de que los fastos patronales, o de otra índole, generan actividad y visitas de localidades aledañas es contar verdades a medias, porque ciertamente existe esa actividad, pero favorece a los establecimientos hosteleros, únicamente, sin tener una influencia real en la economía del municipio.
En absoluto desprecio estas actuaciones, por si hubiese algún malpensado. Simplemente considero el factor progreso como elemento prioritario en cualquier actividad pública, y más cuando lo que está en riesgo es la supervivencia de nuestros pueblos.
Nos rasgamos las vestiduras cuando vemos lo que, regularmente, sucede en localidades como Magaluf, pero nosotros no estamos muy lejos de ese modelo, como continuamente observamos en nuestros pequeños pueblos. ¿Somos nosotros, entonces, mejores que quienes alientan los continuos desmanes de los que se hacen eco los medios de comunicación en zonas costeras por el simple hecho de ser nosotros, o no disponer, sencillamente, de oportunidades de desarrollo?; ¿queremos justificar lo injustificable?; ¿creemos de verdad en un modelo de desarrollo sostenible adaptado al territorio o nos limitamos a ensamblar piezas inversoras con arreglo al criterio de oportunidad política de turno en instancias superiores?; ¿disponemos de un plan que nos ayude a caminar y priorizar?
Cualquier municipio que desee implantar un modelo de crecimiento con visos de futuro, que pueda, cuando menos, garantizar un mínimo éxito debe considerar un planteamiento integral a medio y largo plazo, real, consecuente, bien pergeñado temporal y presupuestariamente, implicando a residentes y visitantes y con una buena dosis de respeto, empatía y funcionalidad.
A partir de ahí, podremos empezar a hablar de los errores de los demás. Mientras tanto, y si nadie lo remedia, nuestro modelo es el de Magaluf.
Y para mi, elegir entre el modelo en cuestión y no hacer nada es como elegir entre susto o muerte. Elegid vosotr@s.
Que el tiempo no os cambie.


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