"Jamás me arrepentí de mi decisión, pues aprendí de mi maestro muchas cosas sabias, buenas y verdaderas. Cuando al fin nos separamos me regaló sus anteojos. Yo aun era joven, dijo, pero algún día me serían útiles. Y de hecho, ahora los llevo sobre mi nariz mientras escribo estas líneas…"
Es inevitable no evocar, mientras leo esta frase, la escena final de la extraordinaria adaptación de Jean-Jacques Annaud para el cine de la obra "El Nombre de la Rosa", cuando Guillermo de Baskerville y Adso de Melk se alejan de la Abadía, mientras la entrecortada voz de Adso, que llega al final de sus días, mezcla sus recuerdos en la Abadía con la separación de su amo, al que nunca volvió a ver. Una partida a través del frío, por un paisaje gélido, descorazonador, alejado de cualquier atisbo de calor, sea éste como fuere.
Seis lustros después, esta escena me remonta a aquel 28 de junio de 1985 cuando, junto a mi familia, inicié un camino de no retorno hacia un destino incierto, no tanto por el destino físico, sino por la incertidumbre del futuro y de las personas que me acompañarían.
Aquel día yo tampoco sentí calor, a pesar de la ola sahariana que azotaba el Baix Llobregat; sentía una mezcla extraña de incertidumbre ante lo desconocido, pavor e ilusión. Mi única compañía, lo recuerdo bien, fue la de Toni Millán, el hijo del carpintero de la Agustín Domingo con el que siempre me unió una gran amistad, y que optó por acompañarme en mis últimos instantes en aquella "abadía urbana" que fue Sant Feliu de Llobregat.
Jamás miré atrás; jamás opté por recordar aquellos días hasta muchos años después, cuando con la óptica del tiempo, la experiencia y muchas cartas de los que siempre fueron mis amigos, cai en la cuenta de que tal vez, sólo tal vez, mi alma siempre estuvo junto a aquel biombo que daba inicio a la Compte de Vilardaga, sobre el que chocábamos cuando volábamos sobre monopatines, y en torno a los bancos en los que jugábamos a aquello que llamábamos "fútbol a cajas". Con el tiempo, comprendí que aquellos fueron días felices.
Hoy, como aquel 30 de mayo de 2014 en que decidimos recuperar casi treinta años de nuestras vidas, me avengo a retomar esta aventura infinita que es mi blog, mi ventana al mundo en la que plasmar mis ideas y mis derivas intelectuales por mor de alguien con quien compartí colegio pero no curso; con quien coincidí en un sueño sin soñar lo mismo; con quien me conoció antaño sin nadie saberlo y lo plasmó en un comentario tonto que me hizo recapacitar.
Hoy acojo esta aventura, nuevamente, con el compromiso de no abandonarla salvo causa de fuerza mayor, y sentir que todo, absolutamente todo, tiene un sentido y un porqué. Quizá el principal sea que este "sarao" es demasiado efímero como para andar de puntillas por él y evitar los "instantes", esos que dan sentido a nuestro devenir.
Mi travesía entre montañas nevadas y desiertos infinitos también se antojó solitaria, como las de Guillermo y Adso, pero no hubo más salida que la huida hacia adelante.
Desconozco si terminó mi huida, pero sí que cuento para el empeño con mis dos compañeras de viaje, siempre fieles a pesar de los sinsabores, y unas pléyade de compañías, aquí y allá, que hacen más liviano mi tránsito. Por eso, porque sois mi fuerza, hoy necesito retomar esta aventura.
Que el tiempo no os cambie.


Un placer volver a leerte, un placer coincidir en ocasiones en tu tránsito, un placer compañero y amigo, un placer...
ResponderEliminarQue palabras tan bonitas y que bonito el sentimiento.
ResponderEliminarQue grande es cuando describes AMISTAT.
Un beso desde tu Sant Feliu.😘
No tengo ahora libro de cabecera, qué mejor que leer con la tranquilidad de una tarde calurosa el blog de un gran amigo, un filósofo, un incansable currante de la vida, un defensor de sus principios que deberían ser los de muchos..
ResponderEliminarGracias Félix, Susana y Toni. Tengo mucha suerte de teneros como amigos. Sois geniales y os quiero a rabiar!! Espero encontraros en mi camino durante muchos años.
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