2015/07/27

Mark Knopfler ya no es cool... pero sigue siendo un genio.

Reconozco que ha habido pocas ocasiones en que me he alegrado tanto de estar equivocado.

Prejuzgué un trabajo que preveía lánguido, espeso, aburrido y tedioso y ha resultado ser todo lo contrario. En mi defensa diré, no obstante, que hasta llegar a ese “punto de cocción” en que mis neuronas han reaccionado han tenido que pasar varias sesiones de paciente escucha y análisis de solos de guitarra, voces, acompañamientos y, especialmente, un primigenio desaire hacia lo que intuía, y que afortunadamente no fue.

L@s que me conocéis ya habréis podido adivinar que estoy refiriéndome a un disco; y si sois osad@s, hasta incluso habréis averiguado que me estoy refiriendo al último disco de Mark Knopfler, “Tracker”, del que os prometí dar cuenta hace tiempo.


Hace mucho que el bueno de Knopfler no es cool; ni es moderno; ni crea tendencia; ni gira de medio en medio presentando sus trabajos. Tampoco nos rasguemos las vestiduras; es él quien ha elegido ser estrella de perfil bajo. De hecho, hace mucho tiempo que así lo decidió. Supongo que debe cansar ejercer siempre de mega estrella.

Entiendo, a pesar de ello, que sabe a ciencia cierta que siempre habrá una buena dosis de fans que consumiremos sus trabajos, anhelando la secreta esperanza –que ninguno vamos a reconocer- de que un día vuelva por sus fueros y se desmarque con una especie de Sultans of Swing, parte 2, o le dé por unir, nuevamente, a Dire Straits para grabar su despedida y cierre y girar por el mundo como quien gira una peonza, al estilo de aquella mastodóntica gira de 1992.

Sea como fuere, “Tracker” es la última producción del que siempre consideraré el mejor guitarrista del mundo. Y si queréis mi opinión, no dejéis pasar la ocasión de escucharlo. No prejuzguéis ni vayáis con una idea preconcebida; tal vez os llevéis una agradable sorpresa. Aunque, justo es decirlo, disfrutar de este trabajo requiere de una penitencia previa –al estilo del genial Umberto Eco con su novela “El Nombre de la Rosa”, cuyas primeras 90 páginas resultan un tostón en toda regla para, a continuación, disfrutar como un enano durante el resto del libro-, y esa no es otra que un mínimo de tres escuchas para apreciar el extraordinario trabajo que se ha marcado el gran Knopfler.

Lejos quedan los más de 30 millones de copias vendidas del “Brothers in Arms”, así como los solos desgarrados de Money for Nothing, la agradable simpatía de So far Away, el pegadizo ritmo de Walk of Life o The Bug –o incluso de Cannibals, ésta ya de su etapa en solitario- o el infinito punteo de Sultans of Swing, versión Alchemy. El folk le ha ganado terreno al rock y la cadencia se ha convertido en su infatigable compañera de armas. En su descargo diré que la producción y la composición están extremadamente bien realizadas, con una elaboración excelsa y unos acompañamientos espectaculares. Su guitarra pierde intensidad y ganan espacio los instrumentos adicionales, algo lógico si lo miramos desde la perspectiva de alguien que va para 66 “tacos” –el 12 de agosto los cumplirá- y en 2007 fue arrollado en su moto por un coche, rompiéndose 7 costillas, con un hombro que nunca recuperará la movilidad de antaño.

El disco, en su conjunto, es algo más heterogéneo que, por ejemplo, “Shangry-La”,  “Get Lucky” o “Kill to get krimson”, y muchas de sus propuestas me recuerdan, no en todo pero sí en algunas partes, a composiciones de otros artistas -incluso Dire Straits-, como The Cardigans, Simple Minds o The Drifters.

Podréis entender que los gustos son muy particulares y heterogéneos. No uso imperativos, pero si queréis escuchar algo diferente, aunque podáis abordar el asunto con ciertas reservas, aprovechad la ocasión y, pasado el sopor previo, os sorprenderéis del pedazo de disco que ha hecho el Sultán del Rock.

Y ahora me permito una licencia: me voy a atrever a quedarme con una canción del disco: “Lights of Taormina”. Espectacular, preciosa, brillante… Me recuerda a “Save the last dance for me”, la famosa canción de The Drifters y que tan brillantemente versionó mi añorado Willy DeVille. Y es precisamente en esta versión, la de aires sureños del gran DeVille, de la que se impregna esta pieza. Y una curiosidad: fue escrita durante la última gira por EEUU que Knopfler realizó junto a Bob Dylan.

Yo, de vosotros, me atrevería a escuchar el disco.


Que el tiempo no os cambie.


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