Reconozco que ha habido pocas
ocasiones en que me he alegrado tanto de estar equivocado.
Prejuzgué un trabajo que preveía
lánguido, espeso, aburrido y tedioso y ha resultado ser todo lo contrario. En
mi defensa diré, no obstante, que hasta llegar a ese “punto de cocción” en que
mis neuronas han reaccionado han tenido que pasar varias sesiones de paciente
escucha y análisis de solos de guitarra, voces, acompañamientos y,
especialmente, un primigenio desaire hacia lo que intuía, y que afortunadamente
no fue.
L@s que me conocéis ya habréis
podido adivinar que estoy refiriéndome a un disco; y si sois osad@s, hasta
incluso habréis averiguado que me estoy refiriendo al último disco de Mark
Knopfler, “Tracker”, del que os prometí dar cuenta hace tiempo.
Hace mucho que el bueno de
Knopfler no es cool; ni es moderno; ni crea tendencia; ni gira de medio en
medio presentando sus trabajos. Tampoco nos rasguemos las vestiduras; es él
quien ha elegido ser estrella de perfil bajo. De hecho, hace mucho tiempo que
así lo decidió. Supongo que debe cansar ejercer siempre de mega estrella.
Entiendo, a pesar de ello, que
sabe a ciencia cierta que siempre habrá una buena dosis de fans que
consumiremos sus trabajos, anhelando la secreta esperanza –que ninguno vamos a
reconocer- de que un día vuelva por sus fueros y se desmarque con una especie
de Sultans of Swing, parte 2, o le dé por unir, nuevamente, a Dire Straits para
grabar su despedida y cierre y girar por el mundo como quien gira una peonza,
al estilo de aquella mastodóntica gira de 1992.
Sea como fuere, “Tracker” es la
última producción del que siempre consideraré el mejor guitarrista del mundo. Y
si queréis mi opinión, no dejéis pasar la ocasión de escucharlo. No prejuzguéis
ni vayáis con una idea preconcebida; tal vez os llevéis una agradable sorpresa.
Aunque, justo es decirlo, disfrutar de este trabajo requiere de una penitencia
previa –al estilo del genial Umberto Eco con su novela “El Nombre de la Rosa”,
cuyas primeras 90 páginas resultan un tostón en toda regla para, a
continuación, disfrutar como un enano durante el resto del libro-, y esa no es
otra que un mínimo de tres escuchas para apreciar el extraordinario trabajo que
se ha marcado el gran Knopfler.
Lejos quedan los más de 30
millones de copias vendidas del “Brothers in Arms”, así como los solos
desgarrados de Money for Nothing, la agradable simpatía de So far Away, el
pegadizo ritmo de Walk of Life o The Bug –o incluso de Cannibals, ésta ya de su
etapa en solitario- o el infinito punteo de Sultans of Swing, versión Alchemy.
El folk le ha ganado terreno al rock y la cadencia se ha convertido en su
infatigable compañera de armas. En su descargo diré que la producción y la
composición están extremadamente bien realizadas, con una elaboración excelsa y
unos acompañamientos espectaculares. Su guitarra pierde intensidad y ganan
espacio los instrumentos adicionales, algo lógico si lo miramos desde la
perspectiva de alguien que va para 66 “tacos” –el 12 de agosto los cumplirá- y
en 2007 fue arrollado en su moto por un coche, rompiéndose 7 costillas, con un
hombro que nunca recuperará la movilidad de antaño.
El disco, en su conjunto, es algo
más heterogéneo que, por ejemplo, “Shangry-La”, “Get Lucky” o “Kill to get krimson”, y muchas
de sus propuestas me recuerdan, no en todo pero sí en algunas partes, a composiciones
de otros artistas -incluso Dire Straits-, como The Cardigans, Simple Minds o
The Drifters.
Podréis entender que los gustos
son muy particulares y heterogéneos. No uso imperativos, pero si queréis
escuchar algo diferente, aunque podáis abordar el asunto con ciertas reservas,
aprovechad la ocasión y, pasado el sopor previo, os sorprenderéis del pedazo de
disco que ha hecho el Sultán del Rock.
Y ahora me permito una licencia:
me voy a atrever a quedarme con una canción del disco: “Lights of Taormina”. Espectacular,
preciosa, brillante… Me recuerda a “Save the last dance for me”, la famosa
canción de The Drifters y que tan brillantemente versionó mi añorado Willy DeVille.
Y es precisamente en esta versión, la de aires sureños del gran DeVille, de la
que se impregna esta pieza. Y una curiosidad: fue escrita durante la última gira
por EEUU que Knopfler realizó junto a Bob Dylan.
Yo, de vosotros, me atrevería a escuchar
el disco.
Que el tiempo no os cambie.


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