Las vacaciones lo paralizan todo, especialmente si son
las propias las que se disfrutan. Tras un año intenso, necesitaba unos días de
relax absoluto. Y creo que lo he aprovechado, aunque debo confesar que también me
han servido para reflexionar entre largo y largo y alguna que otra copa para
celebrar las fiestas.
Son numerosas las cuestiones que aborda el cerebro en su deambular,
sobre todo cuando está relajado. Máxime si, como es mi caso, se ha seguido la
actualidad nacional, pero sobre todo la regional y local, ya sea a través de
los canales al uso –televisión y radio fundamentalmente-, ya sea a través de
los digitales y redes sociales, éstas últimas ricas en información dirigida.
Y ese es un aspecto que, sin llegar a preocuparme, me tiene “en permanente
atención”. Y no lo menciono por el hecho de la subjetividad, que se entiende y
se asume como algo normal y lógico -¿quién no tiene su propia manera de pensar
y su ideología y desea darla a conocer?-.
El seguimiento continuo de perfiles y “fan pages” en
Facebook y Twitter –y de otras que debieran usarse pero se olvidan por los
servidores de lo público- me lleva a la conclusión de que entre el colectivo
político interesa que se conozcan las posturas propias con respecto a uno u
otro tema, pero se considera menor el hecho de interactuar con los seguidores;
o al menos es lo que se desprende del rastreo regular entre estos perfiles.
Entre el pueblo llano interesa seguir a quienes dirigen –o van
a dirigir- nuestros designios en las diferentes administraciones que colapsan
nuestro sistema público –y hasta está bien visto-, pero salvo honrosas excepciones
–entre las que, de momento, incluyo al Presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page-, son pocos los que deciden interactuar con quienes
dedican parte de su tiempo a leer las impresiones de algún representante de lo
público. Desconozco las razones, aunque podría intuir que éstas se sitúan a
caballo entre la falta de tiempo –que no es excusa, y ahora me dedicaré a ello-
y el deseo de no abrir un debate, o un simple intercambio de impresiones, con
la ciudadanía que pueda tener maneras de pensar diferentes a las del político
de turno. No será la falta de argumentación la razón fundamental a esta
negativa, sino que obedecerá a la necesidad de no iniciar, en un ámbito
demasiado enmarañado por la cantidad de gente y fakes existentes, un debate
que, bajo una simple apariencia cibernética, podría derivar en lugares poco
recomendables, dialécticamente hablando.
El lenguaje de las redes sociales es, en numerosas
ocasiones, parco en palabras y cuestión de un simple “emoticono”, un “Me gusta”,
un “favorito” o un “retweet”, algo sencillo que apenas si consume tiempo y deja
un sabor dulce en el receptor; un simple gesto que podría resultar, en términos
de reputación social, ciertamente agradecido y que podría incrementar hasta
límites insospechados, de ser esta tendencia una norma repetida, el
reconocimiento del político como alguien accesible, humilde y pendiente de las
necesidades de la ciudadanía.
Sin embargo, no por ser ésta una acción breve en el tiempo,
es más practicada. Bien al contrario, los afectos hacia los “amigos”, “followers”
o “contactos” suelen ser parcos y, de producirse éstos, casi siempre están
fuera de lugar –aunque nunca están de más-, pues en un servidor público el
tiempo es un elemento escaso.
Las redes sociales no son la panacea, pero la realidad
actual nos obliga a estar en ellas y alimentar nuestra identidad pública como
parte de nuestro “animal social”, sobre todo si esa identidad se adscribe a una
elección previa por los propios gobernados. Y ésta, aunque resulte reiterativo
el comentario, no se construye únicamente como sujetos emisores activos. El rol
de receptor del mensaje adquiere, igualmente, tanta o más importancia, ya que
así dejamos constancia del interés de lo que se plantea por el elector.
Diferente es que se elija, como elección personal, la ausencia en las redes
sociales –que también los hay-, argumentando que es en la calle donde se
atiende al ciudadano, cara a cara, sin “chismes electrónicos” de por medio. Una
opinión respetable, pero alejada de la realidad que vivimos, pues si algo nos
permiten las redes es acercarnos al ciudadano, independientemente de su
ubicación física.
A nadie se nos oculta que cualquier representante público con
un mínimo de responsabilidad no puede gestionar por sí sólo su reputación en la
red, sobre todo si ésta quiere enfocarse desde una óptica adecuada, y que deben
ser los equipos de asesores y community managers quienes organicen las
presencias en redes como forma de comunicación, tanto más efectiva cuanto mayor
interacción haya. Pero no deben obviarse los factores “respuesta” e “interacción”
como elementos esenciales en cualquier estrategia política. Y si bien es cierto
que los expertos en comunicación y periodistas conocen este extremo, no lo es
menos el hecho de que es necesario conocer los entresijos de la labor
estrictamente política para resultar totalmente efectivos, pues sólo quien ha
sufrido los desaires del responsable político, conoce a pies juntillas lo que
realmente demanda la ciudadanía y lo injusto que puede resultar no sentirte
parte de una organización socio-política. Y esto no siempre se tiene en cuenta por quienes dirigen y organizan los equipos, más preocupados en los titulares de prensa que en otras cuestiones que, a la larga, son más efectivas.
Conclusión: presencia, siempre. Actualización, permanente.
Interacción, fundamental. Y éste último extremo no se cuida. Tenedlo en cuenta
porque, de lo contrario, “¿para qué te quiero en mi Facebook?” Pensadlo.
Que el tiempo no os cambie.

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