2015/08/28

Meapilas que pululan por doquier

Va para un año que el destino optó por darle la vuelta a mi audio cassette vital, dejándolo ya de forma permanente en la cara “B”, hasta que la cinta se termine. O sea que esto ya va en serio. Y durante todo este año no he dejado de pensar en todas aquellas enseñanzas que la vida, para bien y para mal, ha marcado en mi piel. Muescas, a fin de cuentas, de infinitos duelos de los que siempre se sale escarmentado, independientemente del vencedor.

Hoy, cuando aún quedan rescoldos de muchas de esas lumbres y tengo las manos cansadas de levantar espuertas de uva con mis padres y abuelos, sigo pensando en la cantidad de personas que se han subido conmigo a este tren –y se subieron-, unas por afición y/o devoción; otras por obligación. Afortunadamente cuento con muchas más de las primeras que de las segundas, aunque estos últimos son realmente jodid@s, porque son l@s que dejan las cicatrices más profundas. Con todo, lo mejor es poder pensar y decir lo que realmente piensas, pues “a mis cuarenta y pocos tacos, ya ves tú…” tengo espaldas suficientes para saber que nada es por nada; y de esa trinchera ya salí.

Si de algo estoy seguro es que en este mundo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez de las personas; y aun así tengo dudas de la primera. Por eso, empero mi lirismo emocional y mis paranoias utópicas, compruebo con pesar que el cinismo rancio sigue latente en mi entorno por mor de quienes un día apoyaron el codo en la barra del pseudo progresismo y la desfachatez, esperando que propios y extraños paguen sus cuentas a costa de amistades bien consideradas pero mal entendidas, y que a la larga resultan inocuas, zafias y vacías de contenido.

Seguramente, si sois capaces de haber leído hasta aquí, estaréis pensando lo que no es y probablemente habréis errado el tiro. Que haya much@s que lleven tiempo acodados no implica que no resulten válid@s para desfacer entuertos; ni está en mi ánimo levantar muros donde no hay ni ladrillos ni cemento. Pero no es menos cierto que la hipocresía y el arte de medrar es una virtud al alcance de muy poc@s, especialmente cuando ello se convierte en modus vivendi. Llegados a este punto, es justo reconocer la valía de estas personas que han sabido vivir frente a la adversidades –las del resto-, lo que les convierte en verdader@s supervivientes carentes de sentimientos.

Los braguetazos con la Santísima Trinidad resultan provechosos en todos los casos; sólo hace falta valor, ausencia de remordimientos y una personalidad australopitheca con la que gruñir donde los demás emiten sonidos entendibles, más allá del sentido del mensaje. Y no obstante, hasta los gruñidos resultan agradables; a la vista está.

Tengo claro que para que algo funcione hace falta experiencia y ganas. Una mezcla que bien puede conseguirse con ingenieros de manos llenas de callos y jóvenes becarios que, simplemente, tienen ilusión. Por eso, no comparto la crítica a la experiencia por el hecho de crear tendencia o ser Trendin Topic a pie de calle, máxime cuando ésta es infundada –que quede claro-. Pero no concibo que, junto a quienes dirigen las máquinas, siempre haya bufones del descrédito que rían las gracias y paguen los cafés a los ignorantes que aspiran a vivir. En realidad, con el tiempo, el café lo pagan otr@s. Y sale caro.

Hoy, cuando queda poco para que finalice la primera canción de mi segunda cara, os agradezco de corazón que subierais a mi tren en uno u otro momento; da igual. A veces el trayecto puede ser más intenso en tramos cortos. De igual forma que agradezco a quienes un día subieron y entraron en el WC –y aún no han salido- su estancia en este tren. Al menos ya no molestan, aunque su presencia se siga percibiendo.


Que el tiempo no os cambie.



No hay comentarios:

Publicar un comentario