Va para un año que el destino optó por darle la vuelta a mi audio cassette vital, dejándolo ya de
forma permanente en la cara “B”, hasta que la cinta se termine. O sea que esto
ya va en serio. Y durante todo este año no he dejado de pensar en todas
aquellas enseñanzas que la vida, para bien y para mal, ha marcado en mi piel.
Muescas, a fin de cuentas, de infinitos duelos de los que siempre se sale
escarmentado, independientemente del vencedor.
Hoy, cuando aún quedan rescoldos de muchas de esas lumbres y
tengo las manos cansadas de levantar espuertas de uva con mis padres y abuelos,
sigo pensando en la cantidad de personas que se han subido conmigo a este tren –y
se subieron-, unas por afición y/o devoción; otras por obligación.
Afortunadamente cuento con muchas más de las primeras que de las segundas,
aunque estos últimos son realmente jodid@s, porque son l@s que dejan las
cicatrices más profundas. Con todo, lo mejor es poder pensar y decir lo que realmente
piensas, pues “a mis cuarenta y pocos
tacos, ya ves tú…” tengo espaldas suficientes para saber que nada es por
nada; y de esa trinchera ya salí.
Si de algo estoy seguro es que en este mundo hay dos cosas
infinitas: el universo y la estupidez de las personas; y aun así tengo dudas de
la primera. Por eso, empero mi lirismo emocional y mis paranoias utópicas,
compruebo con pesar que el cinismo rancio sigue latente en mi entorno por mor
de quienes un día apoyaron el codo en la barra del pseudo progresismo y la
desfachatez, esperando que propios y extraños paguen sus cuentas a costa de amistades bien consideradas pero mal
entendidas, y que a la larga resultan inocuas, zafias y vacías de contenido.
Seguramente, si sois capaces de haber leído hasta aquí,
estaréis pensando lo que no es y probablemente habréis errado el tiro. Que haya
much@s que lleven tiempo acodados no implica que no resulten válid@s para
desfacer entuertos; ni está en mi ánimo levantar muros donde no hay ni
ladrillos ni cemento. Pero no es menos cierto que la hipocresía y el arte de
medrar es una virtud al alcance de muy poc@s, especialmente cuando ello se
convierte en modus vivendi. Llegados
a este punto, es justo reconocer la valía de estas personas que han sabido
vivir frente a la adversidades –las del resto-, lo que les convierte en
verdader@s supervivientes carentes de sentimientos.
Los braguetazos con la Santísima Trinidad resultan
provechosos en todos los casos; sólo hace
falta valor, ausencia de remordimientos y una personalidad australopitheca con la que gruñir donde
los demás emiten sonidos entendibles, más allá del sentido del mensaje. Y no
obstante, hasta los gruñidos resultan agradables; a la vista está.
Tengo claro que para que algo funcione hace falta
experiencia y ganas. Una mezcla que bien puede conseguirse con ingenieros de
manos llenas de callos y jóvenes becarios que, simplemente, tienen ilusión. Por
eso, no comparto la crítica a la experiencia por el hecho de crear tendencia o ser Trendin Topic a pie de calle,
máxime cuando ésta es infundada –que quede claro-. Pero no concibo que, junto a
quienes dirigen las máquinas, siempre haya bufones del descrédito que rían las
gracias y paguen los cafés a los ignorantes que aspiran a vivir. En realidad,
con el tiempo, el café lo pagan otr@s. Y sale caro.
Hoy, cuando queda poco para que finalice la primera canción
de mi segunda cara, os agradezco de corazón que subierais a mi tren en uno u
otro momento; da igual. A veces el trayecto puede ser más intenso en tramos cortos.
De igual forma que agradezco a quienes un día subieron y entraron en el WC –y aún
no han salido- su estancia en este tren. Al menos ya no molestan, aunque su
presencia se siga percibiendo.
Que el tiempo no os cambie.
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