Llevo tiempo sin escribir; y desde anoche llevo pensando que
la ocasión la pintan calva; no sé si más por mi afición por la actividad
política o por mi vocación de politólogo, actualmente en desuso; sea por lo que
fuere, creo que el debate de ayer entre Pablo Iglesias y Albert Rivera deja
lecturas más que interesantes, que me aventuro a compartir con quienes decidáis
perder algo de vuestro tiempo en leer mis reflexiones.
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| Nuevas formas, propuestas antiguas. |
Entre correo y correo, y venta y venta, leo que anoche
fuimos más de cinco millones de telespectadores quienes nos sentamos delante de
la televisión a ver el famoso debate del Follonero; ahora conocido como Jordi
Évole. Eso dicen, al menos, las crónicas digitales de los medios que se ocupan
de medir las audiencias y destripar todo lo concerniente a la caja tonta.
Sinceramente, me parece un gran dato, máxime porque en estos
tiempos en los que la política está denostada por parte de propios y extraños,
que la audiencia se interese por conocer las opiniones de quienes aspiran a ser
parte importante del futuro de España indica una nueva tendencia entre la
sociedad. Hemos pasado de que la política no interesa a que hayan surgido
programas de debates en las cadenas generalistas que aglutinan a un importante
número de seguidores, aún en sábado por la noche –horario más propicio para
otros menesteres más ociosos-, que crean tendencia y para los que hay cola
entre las mentes que dirigen el cotarro.
Hartos ya de estar hartos, la sociedad espera con ansia
nuevas formas de hacer política que se alejen de las estridencias pasadas, de
los chanchulleos, de los formalismos y protocolos, de la falta de transparencia
y de la opacidad… aunque no estoy yo muy seguro de que los nuevos y sus adláteres, una vez conseguido el preciado cetro,
no caminen por buena parte de ese camino. En cualquier caso, merecen el
beneficio de la duda, y la sociedad, en su mayor parte, ve con ilusión la
irrupción de estas nuevas formas en los asuntos públicos. Bienvenidas sean,
aunque sólo sea por acercar al gran público a los asuntos de interés general.
Por tanto, mi primera conclusión es que al personal sí le
interesa la política y todo lo que ello conlleva. Pero le interesa para que les
cuenten cosas nuevas, que les ilusionen, que se apuesten por nuevas maneras de
gobernar que pisen la calle y se pongan sobre la mesa asuntos de relevancia.
En segundo lugar creo, firmemente, que frente a la
estrategia ideada años atrás entre los asesores de la derecha de alejarnos de
los patrones ideológicos –izquierda-derecha-, los nuevos tiempos mantienen esa
dualidad, a mi juicio siempre necesaria -y por la que antaño fui criticado- y
que tal vez aparece más marcada entre los nuevos partidos, por mucho que ellos
deseen alejarse de ese patrón, pues no dejan de ser compañeros de viaje de las
grandes marcas políticas de este país, a ambos lados del centro ideológico, a
los que tratan de meterles los codos para quedarse con un buen trozo de su
electorado, cual pívot en una zona en un partido de baloncesto para coger la
mejor posición. No importa lo que ellos afirmen o dejen de decir; la realidad
es que aspiran a ser sustitutos, en toda su extensión, de PSOE y PP. Y así se
desprende de sus discursos, sus programas y sus propuestas, especialmente en el
caso de Podemos, que aspira a ocupar la totalidad de la izquierda, desde el
centro –valga como muestra su intento de conformar candidaturas de unidad en
buena parte del territorio nacional-. No lo tengo tan claro en el caso de
Ciudadanos, a los que sí considero lobos con piel de cordero, pese a las nuevas
formas y ademanes del deseado Albert.
En tercer lugar, y ya entrando en lo que fue el debate, me
deja la sensación de ser dos movimientos absolutamente opuestos en sus
tendencias: una ascendente, la de Ciudadanos, para los que las elecciones en
Cataluña han servido de estímulo. La otra la de Podemos, en trayectoria
descendente, con un discurso generalista, repetitivo y sin propuestas
concretas; sin saber qué lugar deben ocupar y con un aspirante al que veo
amortizado, tal vez por su meteórico ascenso y por su moderación desde
posiciones extremadamente radicales que le han servido para decepcionar a más
de uno. Un candidato, Iglesias, que dicho sea de paso, sin hacer un gran papel
y siendo vapuleado por Rivera en la primera parte del debate, consiguió venirse
arriba en la segunda parte y colar sus mensajes, especialmente en la parte que
se centró en los aspectos más sociales. O lo que es lo mismo, Ciudadanos se ha
trabajado más los aspectos macroeconómicos, los apoyos de los grandes grupos
inversores o el espinoso asunto catalán –¿no os recuerda a la estrategia de
algún Partido Político?- frente a Podemos, para quienes priman los aspectos
sociales y son vistos con recelo por el sector empresarial, sin un discurso
bien orquestado y con muchos gallos en el
mismo corral –esto último se desprende del debate y de su día a día-. Difícil encaje, aunque cuentan con muchos
apoyos entre el electorado más joven y las clases sociales más desfavorecidas.
Otra de las conclusiones que saco es que no hay nada nuevo
en el horizonte; hay nuevas maneras, que conforman una superficie más
reluciente, pero existe poco fondo; al menos poco fondo novedoso pues los
programas y las propuestas son más de lo mismo con un envoltorio diferente. O
lo que es lo mismo, la sociedad se ha ilusionado con lo que dicen ser nuevas
formas de hacer política; y es cierto; dos aspirantes a ocupar La Moncloa, que
sería mucho decir, se atreven a convertir una tertulia de bar en un debate
profundo sobre lo que necesita el país, sin reglas ni tiempos. ¡Bravo! Gana el
espectador; ganan los dos contrincantes; gana Évole; gana el Grupo Planeta;
obtenemos un nuevo formato que resulta muy válido para futuros enfrentamientos
dialécticos. ¿Y la ciudadanía?; ¿dónde está la novedad de los contenidos?; ¿un
aprendiz de Chávez o un aprendiz de Fraga, lavados y arreglados? Podemos no
deja de resultarme una huida hacia adelante de quienes dicen estar hartos e
indignados, con el objetivo de quitar a unos para ponerse ellos y conformar sus
círculos de… (poned la palabra que queráis). Ciudadanos, en cambio, los
considero un grupo de pijos con ínfulas de perroflautas; o lo que es lo mismo,
liberales vestidos de progres.
Dicho eso, y viendo las reacciones de las grandes
organizaciones políticas, creo que no deberían ignorar lo que anoche sucedió en
La Sexta. Querer convertir esta puesta en escena en un mero debate de barra de
bar –dirigentes del PP dixit- resulta poco menos que descabellado, pues a pesar
de la poca profundidad ideológica y de contenidos, la imagen ha llegado. ¡Y vaya
si ha llegado! Y el mensaje también. Y la sociedad, harta de Gürteles, Rocas,
ERE´s, Malayas, Bárcenas, etc…, se agarra a un clavo ardiendo. Y los nuevos,
que no son tan nuevos, lo saben. Y quieren venir para quedarse.
Y me quedo con un mensaje que se trasluce del debate: la
cercanía de los comicios generales y los datos de las grandes formaciones,
aguantando el tirón de quienes aspiran a ocupar sus lugares, han movilizado a
Podemos y Ciudadanos para morder la yugular que ven cercana pero no terminan de
alcanzar. De ahí debates como el de anoche. Y van a poner toda la carne en el
asador. Sirva de muestra Cataluña y sus comicios autonómicos.
Amigas y amigos, hay partido.
A mí me sirvió; y mucho.
Me sirvió para saber, de forma más
rotunda si cabe, cuál será mi opción el próximo 20 de diciembre porque, a pesar
de Lozanos y Canteras, de sinsabores, cabreos y pulsos en las federaciones
regionales, estamos donde siempre hemos estado, aunque a veces no lo parezca. Y
me sirvió, también, para esperar que se espabilen los que dicen estar en
retaguardia, siempre vigilantes, porque o se aventuran en este mar revuelto o
la hostia puede ser de campeonato.
Que el tiempo no os cambie.

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