2015/11/09

¿Un espacio rural para la esperanza?

En ocasiones se alinean los astros y muestran un camino por el que hacía tiempo quería transitar; así que, decidido como estaba, sólo hacía falta un pequeño empuje. Ya lo conseguí, aunque no sería por falta de ganas.

Quienes me conocéis sabéis de mi afición por el medio rural y sus posibilidades de futuro; lamentablemente, mi actual ocupación me deja poco margen para dedicarme como debería a este pasatiempo, que casi es más una obsesión, y ya desistí de intentar visitar de forma habitual los pueblos que se extienden a lo largo y ancho de La Meseta y sus Serranías aledañas. No obstante, no los pierdo de vista, y desde hace tiempo vengo rumiando un post sobre el desarrollo del medio rural; me faltaba el enfoque. El sábado, oyendo un simple entrevista en la radio, lo encontré. Espero ser capaz de plasmar lo que realmente pienso al respecto.

¿Qué futuro le espera a Alcohujate, por poner un ejemplo?


Partamos de una evidencia clara: el medio rural presenta un mal endémico común en todos los lugares que conozco: su falta de expectativas y de futuro. Es un hecho incuestionable.

Por otra parte, no es menos cierto que en el ánimo de todos los gobiernos que pueblan un país, ya sean centrales, regionales, cantonales, autonómicos, provinciales o municipales, está el conseguir dinamizar el medio rural, fundamentalmente desde la óptica de la sostenibilidad –que es a mi juicio como debería hacerse-, pero también los hay quienes apuestan por otras sendas menos respetuosas con el medio natural y de más fácil venta política, aunque sólo sea demagogia; entiéndase, por ejemplo, la instalación de un cementerio de residuos nucleares (aunque en este caso yo no lo llamaría desarrollo rural).

Sea como fuere, el desarrollo rural se antoja un premio demasiado jugoso como para renunciar a su gestión y, consecuentemente, venta política. De ahí que continuamente, desde todos los gobiernos que conozco que han de enfrentarse a este problema, en los inicios de legislatura se anuncia un plan, estrategia, programa, etc. para el desarrollo rural.

Las evidencias muestran, no obstante, que el papel lo aguanta todo pero las soluciones brillan por su ausencia, más allá de fotos puntuales con actuaciones muy concretas en localidades, generalmente, del mismo signo político que el gobierno regional y/o provincial.
Por tanto, un segundo hecho indudable: el desarrollo rural juega un papel fundamental en el programa y en la agenda política de cualquier aspirante a liderar una administración.


Un tercer factor que siempre se da es la dificultad para implementar estrategias adaptadas al terreno, la ausencia de ideas, la falta de presupuesto y, finalmente, la pérdida de recursos, población, esfuerzos y presupuesto para acometer un problema estructural que requiere una solución urgente.

La conclusión es bien sencilla: el mundo rural pierde población a raudales, mientras el papel sigue aguantando ideas y estrategias que nunca terminan de despegar.

No nos engañemos; es mucho más sencillo trasladar a todo un pueblo de 150 habitantes –por decir algo- a un edificio de la capital provincial, o comarcal, que dotar al municipio de recursos suficientes como para ofrecer los mismos servicios que en las grandes poblaciones. Y aun así permanece el empeño de dinamizar estas zonas casi como una obsesión enfermiza; un premio al que todos aspiran, aunque la realidad es tozuda.

Un cuarto factor que consideraría, y que a mi juicio es primordial, es el escaso interés de los lugareños –honrosas excepciones también las hay- por considerar el desarrollo de su municipio como una opción factible, más allá de los fastos puntuales con que el gobierno de turno los puede obsequiar. Pocos son los habitantes que se implican en proyectos de desarrollo o aporten sus ideas, más allá de dejar pasar la vida y, de tarde en tarde, opinar sobre lo mal que está todo. No hay una voluntad cierta de prosperar; es más, hay resistencia al cambio, al progreso. Por norma, el habitante del medio rural, especialmente el que dispone de algunas propiedades en forma de bienes raíces, ya sean urbanos o rústicos, teme que cualquier alteración del statu quo existente, aunque sea en forma de desarrollo, perjudique sus intereses particulares. El habitante del medio rural es, por norma, conservador. Y las nuevas generaciones no son una excepción.

Consecuencia de esta actitud podríamos considerar un factor añadido: la laxitud y la apatía para trasladar propuestas no se traduce, totalmente, en desgana frente a nuevas actuaciones, sino que se desea que sean los demás, fundamentalmente las administraciones y las grandes empresas privadas, quienes acometan propuestas de desarrollo para las comarcas y pueblos en cuestión. O lo que es lo mismo, que sean los demás quienes nos saquen las castañas del fuego. No hay un compromiso formal con el desarrollo, más allá de las quejas y “el dar lástima”. Y se nos olvida que en las políticas rurales, el desarrollo endógeno es premisa fundamental.

En quinto lugar, el medio rural es demasiado poco atractivo para atraer inversiones privadas, fundamentalmente porque la rentabilidad es limitada o, en la mayor parte de las ocasiones, nula. De ahí que cualquier emprendedor que se precie preferirá invertir en áreas más pobladas –como en todo, hay honrosas excepciones, y alguna detallaré más adelante-, aunque ello suponga abandonar su localidad. En ocasiones, los más apegados invierten sus iniciativas en localidades cercanas para así considerar como potenciales clientes a los que antaño fueron sus vecinos, y en quienes confían como posibles usuarios de su empresa por aquello de la vecindad e, incluso, la “familiaridad y el trato”. Aun así, estar físicamente cerca del origen no significa apostar por la localidad natal como centro de nuestro crecimiento empresarial.

Este brevísimo diagnóstico a vuela pluma es una retrato de la situación que viven nuestros pueblos, anclados en el eterno debate de cómo generar propuestas de progreso y el estatismo, mientras se desangran a pasos agigantados, perdiendo población y envejeciendo la residente sin posibilidad de relevo generacional.

Ahora bien, es tan fácil diagnosticar las causas por las que el medio rural desaparece como difícil son las soluciones. Y evidentemente, el papel lo aguanta todo, como dije un poco más arriba. Atisbar soluciones al freno y desaparición de los municipios rurales requiere de pausa, meditación, conocimiento de a qué nos enfrentamos y sobre todo una buena dosis de paciencia y buen juicio. Porque locuras podemos pensar todos pero ofrecer soluciones adecuadas a cada caso concreto es más complicado. Y en este sentido, una buena propuesta fue el surgimiento de los LEADER y PRODER.

Los Grupos de Desarrollo Rural –también llamados PRODER o LEADER- surgieron como mecanismos de acción frente a la problemática rural, auspiciados desde Europa para promover desarrollos endógenos en todas y cada una de las comarcas. Pero éstos se han convertido en herramientas de hacer política y no en mecanismos efectivos, al menos no en toda su extensión, pues buena parte de los fondos, en un primer estadio, se fue en gastos de funcionamiento del propio grupo y apoyo a iniciativas consistoriales que poco redundaban en un desarrollo eficaz de las comarcas –fuentes, farolas, festividades, etc.- Por ello, en el periodo 2008-2013 surgió la limitación para este tipo de gastos en los grupos, con el fin de dedicar la práctica totalidad presupuestaria en acciones que redundasen en el desarrollo rural. El resultado fueron partidas presupuestarias sin agotar –siempre hay excepciones- y escasez de propuestas que permitiesen prosperar al medio rural.

En esencia lo que demuestra este panorama es la ausencia de propuestas de los propios residentes rurales para dinamizar sus territorios. Es decir, que vengan de fuera “a sacarme las castañas del fuego”.

¿Cuál sería mi manera de actuar ante este panorama? Lo cierto es que el asunto no se antoja fácil, y desde luego cualquier aportación a este post será bien recibida, pero creo que será bueno hacer un esfuerzo de ideas y planteamientos cercanos a la realidad que viven nuestros pueblos.

Aunque parezca una perogrullada, lo primero que deberíamos hacer es conocer la voluntad de los representantes municipales: ¿realmente existe una verdadera voluntad de desarrollo?; ¿o son simplemente brindis al sol con posturas y acciones descabelladas? Si de verdad existe esa voluntad, deberíamos conocer sus planteamientos y hacia dónde desean enfocar sus actuaciones.

Debe existir, junto a ello, y como manifestación de esa voluntad, un grado de implicación importante, tanto de los representantes municipales como de la ciudadanía. Y desde luego, voluntad de diálogo, acuerdo y cesión en la negociación. Esto que podría resultar trivial, es fundamental, porque evidentemente todos los municipios desean grandes polígonos, enormes actuaciones y llegada masiva de población. Sin embargo, en esa tesitura, el grado de competitividad entre localidades sería tan elevado que provocaría enfrentamientos y malos entendidos pues se vería al vecino como adversario. Y más que adversarios, debemos construir aliados.

Junto a ese diálogo, debe existir un pensamiento global, entendiéndolo como comarcal, pues sólo de esa forma pueden abordarse cuestiones que redunden en el beneficio de una población concreta y determinada. E insisto: voluntad firme de negociación y cesión en las oportunidades.

De ser así, nos encontraríamos ante un buen inicio. Y ello debería ir acompañado de propuestas y encuentros sobre el terreno con los actores implicados, pero también con organizaciones y administraciones que tuvieran ideas para aportar en todos los ámbitos. Estos foros deberían servir de punta de lanza para plasmar actuaciones bien cuantificadas y adaptadas al terreno, considerando las especificidades de cada zona, al estilo del diagnóstico que sirvió para diseñar el primer plan de desarrollo sostenible del Medio Rural. Plan bien diseñado y consecuente con lo que tocaba, pero que no consiguió trasladar la urgente necesidad de actuaciones de esta índole, y que cayó en el olvido cuando cambió el signo político del gobierno regional.

Sólo de esta forma, sin prisa pero sin pausa, podremos abordar un problema estructural que pasa por enquistarse a no mucho tardar, con la consiguiente desaparición de entidades poblacionales y lo que ello supone. Y sí, son necesarios recursos económicos para acometer actuaciones que generen empleo y fijen población; y limitar, aún más si cabe, el uso de esos recursos en autobombo y propaganda por parte de los gestores de los grupos de desarrollo rural.

Ejemplos de inversiones que pueden ayudar a caminar en la dirección correcta son actuaciones como Ensinca, que llevan Internet a cualquier rincón del medio rural, y son rentables –www.ensinca.net- o la empresa Cárnicas Bermejo, ubicada en Mazarulleque, en Valle de Altomira, dedicada a la comercialización de cordero con D.O. “Cordero Manchego”, y que apuestan por el medio rural como generadores de empleo. Y son casos concretos como estos, o cualesquiera otros que incidan en la mejora de las condiciones de vida de nuestros pueblos, los que deben primarse, incluso por encima de los que planteen localidades de mayor población. O por decirlo en otros términos, cualquier plan que desee abordar la problemática rural debe primar, muy por encima, a las localidades que mayores problemas de despoblación, envejecimiento y aislamiento orográfico presenten; o lo que es peor, aquellas en las que se atisbe un negro futuro a corto/medio plazo. De hecho, en el Plan Estratégico de Desarrollo Estratégico de Desarrollo Sostenible del Medio Rural que parió el Gobierno Barreda, se hablaba de un 5% de ayuda adicional si la inversión se realizaba en las localidades más pequeñas y con mayores problemas para desarrollarse, lo que se llamó el principio de ruralidad. Un acierto que, en mi opinión, debería incrementarse hasta el 10 o 12%, de forma que el inversor viera compensadas las pérdidas iniciales.  

Carrascosilla de Huete.
En definitiva, el desarrollo rural es una cuestión de voluntades, como todas las políticas públicas, pero de voluntades decididas y reales, adaptadas al terreno y a las necesidades de las personas que lo habitan. Y sólo con un planteamiento adecuado podremos abordar esta problemática. De lo contrario corremos el riesgo de acabar como, por ejemplo, Carrascosilla de Huete, pueblo abandonado a escasos diez kilómetros de Huete; o Valtablado de Beteta.

En ese sentido, todo mi apoyo al Consejero de Agricultura, Medio Ambiente y Desarrollo Rural para que aborde con diligencia y eficacia este asunto. 


Que el tiempo no os cambie.

2 comentarios:

  1. Gracias por el post. Una reflexión es donde uno puede ser más feliz

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    1. Gracias a ti por seguir asomado a esta ventana. Como siempre, un placer. Espero, no obstante, tus reflexiones a este u otros respectos. Un abrazo.

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