En ocasiones se alinean los astros y muestran un camino por
el que hacía tiempo quería transitar; así que, decidido como estaba, sólo hacía
falta un pequeño empuje. Ya lo conseguí, aunque no sería por falta de ganas.
Quienes me conocéis sabéis de mi afición por el medio rural
y sus posibilidades de futuro; lamentablemente, mi actual ocupación me deja
poco margen para dedicarme como debería a este pasatiempo, que casi es más una obsesión, y ya desistí de intentar
visitar de forma habitual los pueblos que se extienden a lo largo y ancho de La
Meseta y sus Serranías aledañas. No obstante, no los pierdo de vista, y desde
hace tiempo vengo rumiando un post sobre el desarrollo del medio rural; me
faltaba el enfoque. El sábado, oyendo un simple entrevista en la radio, lo
encontré. Espero ser capaz de plasmar lo que realmente pienso al respecto.
| ¿Qué futuro le espera a Alcohujate, por poner un ejemplo? |
Partamos de una evidencia clara: el medio rural presenta un
mal endémico común en todos los lugares que conozco: su falta de expectativas y
de futuro. Es un hecho incuestionable.
Por otra parte, no es menos cierto que en el ánimo de todos
los gobiernos que pueblan un país, ya sean centrales, regionales, cantonales,
autonómicos, provinciales o municipales, está el conseguir dinamizar el medio
rural, fundamentalmente desde la óptica de la sostenibilidad –que es a mi
juicio como debería hacerse-, pero también los hay quienes apuestan por otras
sendas menos respetuosas con el medio natural y de más fácil venta política,
aunque sólo sea demagogia; entiéndase, por ejemplo, la instalación de un cementerio
de residuos nucleares (aunque en este caso yo no lo llamaría desarrollo rural).
Sea como fuere, el desarrollo rural se antoja un premio
demasiado jugoso como para renunciar a su gestión y, consecuentemente, venta
política. De ahí que continuamente, desde todos los gobiernos que conozco que
han de enfrentarse a este problema, en los inicios de legislatura se anuncia un
plan, estrategia, programa, etc. para el desarrollo rural.
Las evidencias
muestran, no obstante, que el papel lo aguanta todo pero las soluciones brillan
por su ausencia, más allá de fotos puntuales con actuaciones muy concretas en
localidades, generalmente, del mismo signo político que el gobierno regional
y/o provincial.
Por tanto, un segundo hecho indudable: el desarrollo rural
juega un papel fundamental en el programa y en la agenda política de
cualquier aspirante a liderar una administración.
Un tercer factor que siempre se da es la dificultad para
implementar estrategias adaptadas al terreno, la ausencia de ideas, la falta de
presupuesto y, finalmente, la pérdida de recursos, población, esfuerzos y
presupuesto para acometer un problema estructural que requiere una solución
urgente.
La conclusión es bien sencilla: el mundo rural pierde
población a raudales, mientras el papel sigue aguantando ideas y estrategias
que nunca terminan de despegar.
No nos engañemos; es mucho más sencillo trasladar a todo un
pueblo de 150 habitantes –por decir algo- a un edificio de la capital
provincial, o comarcal, que dotar al municipio de recursos suficientes como
para ofrecer los mismos servicios que en las grandes poblaciones. Y aun así
permanece el empeño de dinamizar estas zonas casi como una obsesión enfermiza;
un premio al que todos aspiran, aunque la realidad es tozuda.
Un cuarto factor que consideraría, y que a mi juicio es
primordial, es el escaso interés de los lugareños –honrosas excepciones también
las hay- por considerar el desarrollo de su municipio como una opción factible,
más allá de los fastos puntuales con que el gobierno de turno los puede
obsequiar. Pocos son los habitantes que se implican en proyectos de desarrollo
o aporten sus ideas, más allá de dejar pasar la vida y, de tarde en tarde,
opinar sobre lo mal que está todo. No hay una voluntad cierta de prosperar; es
más, hay resistencia al cambio, al progreso. Por norma, el habitante del medio
rural, especialmente el que dispone de algunas propiedades en forma de bienes
raíces, ya sean urbanos o rústicos, teme que cualquier alteración del statu quo
existente, aunque sea en forma de desarrollo, perjudique sus intereses
particulares. El habitante del medio rural es, por norma, conservador. Y las
nuevas generaciones no son una excepción.
Consecuencia de esta actitud podríamos considerar un factor
añadido: la laxitud y la apatía para trasladar propuestas no se traduce,
totalmente, en desgana frente a nuevas actuaciones, sino que se desea que sean
los demás, fundamentalmente las administraciones y las grandes empresas
privadas, quienes acometan propuestas de desarrollo para las comarcas y pueblos
en cuestión. O lo que es lo mismo, que sean los demás quienes nos saquen las
castañas del fuego. No hay un compromiso formal con el desarrollo, más allá de
las quejas y “el dar lástima”. Y se nos olvida que en las políticas rurales, el
desarrollo endógeno es premisa fundamental.
En quinto lugar, el medio rural es demasiado poco atractivo
para atraer inversiones privadas, fundamentalmente porque la rentabilidad es
limitada o, en la mayor parte de las ocasiones, nula. De ahí que cualquier
emprendedor que se precie preferirá invertir en áreas más pobladas –como en
todo, hay honrosas excepciones, y alguna detallaré más adelante-, aunque ello
suponga abandonar su localidad. En ocasiones, los más apegados invierten sus
iniciativas en localidades cercanas para así considerar como potenciales
clientes a los que antaño fueron sus vecinos, y en quienes confían como
posibles usuarios de su empresa por aquello de la vecindad e, incluso, la “familiaridad
y el trato”. Aun así, estar físicamente cerca del origen no significa apostar
por la localidad natal como centro de nuestro crecimiento empresarial.
Este brevísimo diagnóstico a vuela pluma es una retrato de
la situación que viven nuestros pueblos, anclados en el eterno debate de cómo
generar propuestas de progreso y el estatismo, mientras se desangran a pasos
agigantados, perdiendo población y envejeciendo la residente sin posibilidad de
relevo generacional.
Ahora bien, es tan fácil diagnosticar las causas por las que
el medio rural desaparece como difícil son las soluciones. Y evidentemente, el
papel lo aguanta todo, como dije un poco más arriba. Atisbar soluciones al freno
y desaparición de los municipios rurales requiere de pausa, meditación,
conocimiento de a qué nos enfrentamos y sobre todo una buena dosis de paciencia
y buen juicio. Porque locuras podemos pensar todos pero ofrecer soluciones
adecuadas a cada caso concreto es más complicado. Y en este sentido, una buena
propuesta fue el surgimiento de los LEADER y PRODER.
Los Grupos de Desarrollo Rural –también llamados PRODER o
LEADER- surgieron como mecanismos de acción frente a la problemática rural,
auspiciados desde Europa para promover desarrollos endógenos en todas y cada
una de las comarcas. Pero éstos se han convertido en herramientas de hacer
política y no en mecanismos efectivos, al menos no en toda su extensión, pues
buena parte de los fondos, en un primer estadio, se fue en gastos de
funcionamiento del propio grupo y apoyo a iniciativas consistoriales que poco
redundaban en un desarrollo eficaz de las comarcas –fuentes, farolas,
festividades, etc.- Por ello, en el periodo 2008-2013 surgió la limitación para
este tipo de gastos en los grupos, con el fin de dedicar la práctica totalidad
presupuestaria en acciones que redundasen en el desarrollo rural. El resultado
fueron partidas presupuestarias sin agotar –siempre hay excepciones- y escasez
de propuestas que permitiesen prosperar al medio rural.
En esencia lo que demuestra este panorama es la ausencia de
propuestas de los propios residentes rurales para dinamizar sus territorios. Es
decir, que vengan de fuera “a sacarme las castañas del fuego”.
¿Cuál sería mi manera de actuar ante este panorama? Lo
cierto es que el asunto no se antoja fácil, y desde luego cualquier
aportación a este post será bien recibida, pero creo que será bueno hacer un
esfuerzo de ideas y planteamientos cercanos a la realidad que viven nuestros
pueblos.
Aunque parezca una perogrullada, lo primero que deberíamos
hacer es conocer la voluntad de los representantes municipales: ¿realmente
existe una verdadera voluntad de desarrollo?; ¿o son simplemente brindis al sol
con posturas y acciones descabelladas? Si de verdad existe esa voluntad,
deberíamos conocer sus planteamientos y hacia dónde desean enfocar sus
actuaciones.
Debe existir, junto a ello, y como manifestación de esa
voluntad, un grado de implicación importante, tanto de los representantes
municipales como de la ciudadanía. Y desde luego, voluntad de diálogo, acuerdo
y cesión en la negociación. Esto que podría resultar trivial, es fundamental,
porque evidentemente todos los municipios desean grandes polígonos, enormes
actuaciones y llegada masiva de población. Sin embargo, en esa tesitura, el
grado de competitividad entre localidades sería tan elevado que provocaría
enfrentamientos y malos entendidos pues se vería al vecino como adversario. Y
más que adversarios, debemos construir aliados.
Junto a ese diálogo, debe existir un pensamiento global, entendiéndolo
como comarcal, pues sólo de esa forma pueden abordarse cuestiones que redunden
en el beneficio de una población concreta y determinada. E insisto: voluntad
firme de negociación y cesión en las oportunidades.
De ser así, nos encontraríamos ante un buen inicio. Y ello
debería ir acompañado de propuestas y encuentros sobre el terreno con los
actores implicados, pero también con organizaciones y administraciones que
tuvieran ideas para aportar en todos los ámbitos. Estos foros deberían servir
de punta de lanza para plasmar actuaciones bien cuantificadas y adaptadas al
terreno, considerando las especificidades de cada zona, al estilo del
diagnóstico que sirvió para diseñar el primer plan de desarrollo sostenible del
Medio Rural. Plan bien diseñado y consecuente con lo que tocaba, pero que no
consiguió trasladar la urgente necesidad de actuaciones de esta índole, y que
cayó en el olvido cuando cambió el signo político del gobierno regional.
Sólo de esta forma, sin prisa pero sin pausa, podremos abordar
un problema estructural que pasa por enquistarse a no mucho tardar, con la
consiguiente desaparición de entidades poblacionales y lo que ello supone. Y
sí, son necesarios recursos económicos para acometer actuaciones que generen
empleo y fijen población; y limitar, aún más si cabe, el uso de esos recursos en
autobombo y propaganda por parte de los gestores de los grupos de desarrollo
rural.
Ejemplos de inversiones que pueden ayudar a caminar en la
dirección correcta son actuaciones como Ensinca, que llevan Internet a
cualquier rincón del medio rural, y son rentables –www.ensinca.net- o la
empresa Cárnicas Bermejo, ubicada en Mazarulleque, en Valle de Altomira,
dedicada a la comercialización de cordero con D.O. “Cordero Manchego”, y que
apuestan por el medio rural como generadores de empleo. Y son casos concretos
como estos, o cualesquiera otros que incidan en la mejora de las condiciones de
vida de nuestros pueblos, los que deben primarse, incluso por encima de los que
planteen localidades de mayor población. O por decirlo en otros términos,
cualquier plan que desee abordar la problemática rural debe primar, muy por
encima, a las localidades que mayores problemas de despoblación, envejecimiento
y aislamiento orográfico presenten; o lo que es peor, aquellas en las que se
atisbe un negro futuro a corto/medio plazo. De hecho, en el Plan Estratégico de
Desarrollo Estratégico de Desarrollo Sostenible del Medio Rural que parió el
Gobierno Barreda, se hablaba de un 5% de ayuda adicional si la inversión se
realizaba en las localidades más pequeñas y con mayores problemas para
desarrollarse, lo que se llamó el principio de ruralidad. Un acierto que, en mi
opinión, debería incrementarse hasta el 10 o 12%, de forma que el inversor
viera compensadas las pérdidas iniciales.
| Carrascosilla de Huete. |
En definitiva, el desarrollo rural es una cuestión de
voluntades, como todas las políticas públicas, pero de voluntades decididas y
reales, adaptadas al terreno y a las necesidades de las personas que lo
habitan. Y sólo con un planteamiento adecuado podremos abordar esta problemática.
De lo contrario corremos el riesgo de acabar como, por ejemplo, Carrascosilla
de Huete, pueblo abandonado a escasos diez kilómetros de Huete; o Valtablado de
Beteta.
En ese sentido, todo mi apoyo al Consejero de Agricultura, Medio Ambiente y Desarrollo Rural para que aborde con diligencia y eficacia este asunto.
Que el tiempo no os cambie.

Gracias por el post. Una reflexión es donde uno puede ser más feliz
ResponderEliminarGracias a ti por seguir asomado a esta ventana. Como siempre, un placer. Espero, no obstante, tus reflexiones a este u otros respectos. Un abrazo.
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