“La vida es eso que pasa mientras estamos ocupados haciendo otros planes” (John Lennon)
No seré yo quien despotrique sobre la educación pública en España. Con sus virtudes y defectos, nuestro sistema es, al menos hasta la fecha y en lo que a mí y mi generación respecta, razonablemente bueno. Cierto, podría mejorarse -no nos cansamos de contar las bondades del sistema finlandés-, pero también podría ser una amalgama de despropósitos; y en ello andan las derechas de este país, pues ya sabemos que cualquiera que considere gasto la educación pública, hace tiempo que optó por una sociedad inculta salvo para los que se consideran iguales. Por tanto, aceptemos pulpo como animal de compañía.
El cúmulo de disciplinas en que se ha convertido nuestro paso por el sistema público español converge en el desmedido propósito de convertirnos en mentes multidisciplinares, tal vez porque la incertidumbre sobre el futuro supera con creces las expectativas de quienes dicen llamarse expertos. No es nada nuevo; el discurso está en la calle, en las conversaciones familiares, en los ratos con las amistades y en el ideario de una sociedad harta de líderes obtusos, vacíos de propuestas novedosas y ausentes de una planificación estratégica ideada para modelar una sociedad mejor que la que heredamos.
No es un buen caldo de cultivo un campo yermo de posibilidades, de oportunidades con las que llenarnos el ojo y construir una vida llena de realizaciones personales. En un mundo que cada día se escora más hacia un capitalismo descarnado, convertirnos en un primus inter pares es la banal aspiración del común de los jóvenes, fustigando la nobleza humana y la solidaridad para con los iguales. Y en esa carrera por el todo vale, basada en el ansia por ser sin estar, el ambivalente mundo de la formación continúa su camino por los caminos del exceso, con la esperanza de aspirar a algo que nos sirva para alcanzar el último estadio de la pirámide de Maslow, más por devoción que por convicción.
En esas andamos.
Un buen día tomamos conciencia de dónde estamos; abrimos los ojos y observamos con estupor, y pavor, que no era ahí donde queríamos llegar, ni mucho menos permanecer.
Para una generación que dedicamos tantos esfuerzos, propios y ajenos, a formarnos en especialidades impensables para nuestros antepasados, es descorazonador despertarnos un día convertidos en consecuencias colaterales del desmedido afán por el ascenso rápido y el reconocimiento banal de los mediocres, de quienes aspiran a liderar una sociedad enferma que premia a los tramposos en vez de a los meritorios. Y aun así, pasado el ecuador de nuestra vida, asumimos como propio el discurso del conformismo porque sabemos que en la búsqueda de un mundo más perfecto para todos, y especialmente para nosotros, se nos han ido demasiados recursos; aceleramos a destiempo y tuvimos que frenar demasiado pronto, quedándonos a medio gas durante mucho tiempo.
En ese peregrinaje por las medianías vitales, asumimos cualquier cosa que nos sirva para ofrecer a los nuestros un futuro más prometedor que el que nos vendieron y nos quitaron, que duele por las experiencias que vivimos y porque sabemos que en esta cara, la B, esto ya va en serio y quienes ahora conforman nuestro círculo familiar no merecen pasar por lo que nosotros sufrimos.
No, ya no toca soñar con utopías. Es tiempo de ser pragmáticos y llamar a las cosas por su nombre; de aguantar el tipo y construir un entorno, el más próximo, de valores que resistan las banalidades que se atisban en el horizonte. Y seguiremos aceptando pulpo como animal de compañía, dando por bueno el sistema educativo implementado para crear líderes pero no para asumir derrotas ni, mucho menos, considerar la ética y la moral como elementos sustentantes de una sociedad que se desvanece, a pasos agigantados, en trivialidades propias de raterillos que premian al leal y destrozan al diferente. Eso, antaño, era fascismo.
Pensamos en construirnos una vida y se nos fue mientras dábamos con la tecla. O nos la quitaron.
Que el tiempo no os cambie.

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