2017/04/28

"Jungleland", un pedacito de mi rincón musical.

Tengo el absoluto convencimiento de que cuanto más conocemos a un artista/grupo de música, más nos preciamos de encaminar nuestros gustos hacia derroteros menos expuestos a los parámetros más comerciales, tal vez porque aprendemos a apreciar qué nos ofrecen más allá de los focos, de las radio fórmulas o de los convencionalismos compuestos para satisfacción de productores musicales ávidos de masas enfervorizadas a lomos de un éxito comercial que engorde, aún más, sus bolsillos. Creo que todos/as los/las que nos creemos fan lo hemos sentido así alguna vez.


Quiero pensar que en ese recoveco, quien más y quien menos, buscamos un espacio al que poder llamar “nuestro espacio”, de comunión con el artista, un rincón en el que nos gusta habitar y cerrarlo a buen recaudo para uso y disfrute exclusivo. Nos gusta hablar de él, mostrarlo, que sea reconocido, pero... ¡cuidado!, se mira pero no se toca.

Si lo pensamos fríamente, el fenómeno fan resulta absurdo en sí mismo; admirar y/o idolatrar a unos tipos que son capaces de soltar sobre un escenario sus miedos, sus rabias, su visión de la vida o sus excentricidades sobre una base musical es de una simpleza absoluta. Una simpleza que, a pesar de los pesares, sirve para llenarnos el alma, para alegrarnos la vida, para iluminar nuestro corazón y emocionarnos como pocas veces somos capaces de hacerlo. Me reconozco, por tanto, un simple al que un día embaucó el rock más que ninguna otra droga podría haberlo hecho.

Un proceso que me llevó, inevitablemente, a conocer otros géneros y estilos, aunque solo fuera por el mero hecho de aprender a discernir “el pecado de la palabra divina del dios Chuck Berry”. Con el tiempo, te conviertes en apóstol de tu religión pero aprendes a reconocer las virtudes y bondades de otros géneros que buscan la misma redención espiritual de ateos y agnósticos perdidos en el bosque del estreñimiento sentimental y musical. 

Reconocerte seguidor de un estilo tan variopinto requiere de un tiempo de certezas y búsqueda de un lugar en el que poder sentirte a gusto, diferente, único... un elegido. Yo, a estas alturas, busco ampliar mi rincón, más que por un afán de seguridad, por sentimiento, por puro placer emocional, por ser capaz de experimentar un escalofrío aún mayor que el anterior a consecuencia de una nota, de un solo, de un coro, de una estrofa, de un cambio absoluto de ritmo... de algo que me diga, otro día más, que sigo vivo y que la vida es para vivirla bajo el parámetro de la felicidad, la que cada uno elija.

Hay una vida infinita más allá de “The Wall”, de “I want to break free”, de “Satisfaction”, de “Pretty Woman”, de “Whatever you want”, de “Layla”, de “Born in the USA”, de “Cadillac Solitario”, de “Walk of Life”, de “Entre dos tierras”, de “Knocking on Heavens door” o de “Summer of 69”, por poner algunos ejemplos. Es tan sencillo como esperar y poner atención a los cada vez más apreciables pequeños detalles.

Para un servidor, reconocido acérrimo seguidor de Bruce Springsteen y Mark Knopfler, no hay día que no encuentre un elemento diferente en la música de estos dos artistas, y de muchos otros -reconozco que lo de Led Zeppelin me superó hace mucho tiempo-. El último ejemplo lo encontré, hace no mucho, en “Jungleland”, composición de 1975 aparecida en el LP “Born to run” de Springsteen y que es una fija en los múltiples “Greatest hits” que se han hecho del de New Jersey.


En un disco excelso; mi consideración hacia él es creciente desde que lo escuché por primera vez al completo, allá por 1996. Hace mucho que Jungleland me sorprendió, sobre todo porque los primeros acordes al piano son exactamente iguales al inicio de “Romeo and Juliet”, de Dire Straits –curiosamente en ambos discos, con una diferencia de seis años, el pianista es el mismo-. Tal vez por eso le dediqué mayor atención.

“Jungleland” es una canción coral, probablemente de las que más en la carrera de Bruce, en la que la totalidad de la banda tiene un papel destacado. Es una historia sencilla de tipos normales que desean huir para vivir –como todo el disco-, pero a veces contar la sencillez requiere de genialidades. Y esta lo es.

El piano de Roy Bittan en el inicio, y en el final, sustentando toda la melodía, al que se une el teclado del ya fallecido Danny Federici; una voz que encadena todas las secciones de la canción. Y una composición que va creciendo, que alcanza su culmen con la explosión en la batería de Max Weinberg y la guitarra de Little Steven. Una historia que atraviesa diferentes momentos, que en los momentos más duros es sustentada por el saxo de Clarence Clemons, y que acaba en la dureza de las calles: 

“Fuera la calle está ardiendo
en un auténtico vals mortal
entre la carne y la fantasía.
Y los poetas de por aquí no escriben nada en absoluto,
simplemente observan y dejan que ocurra
y en el vértigo de la noche
esperan su momento
ofreciendo una honrosa resistencia.
Pero acaban heridos, ni siquiera muertos…
esta noche en Jungleland”


Entre las composiciones de Springsteen, ésta me resulta una de las más complejas en cuanto a su composición, ritmos, instrumentalización… casi diría que son varias canciones en una si no fuera por su temática lineal. Tal vez por eso, por su complejidad, por sus pausas, por la historia que subyace, por la participación coral y solista de todos los miembros de la E Street Band, por el resultado final… me ha ganado por derecho y se ha ganado un lugar en mi rincón de canciones con las que fardar y sentirte experto sin tener ni puta idea. 

Os invito a conocerla, a escucharla y a disfrutarla. Y si os mola, tal vez pueda formar parte de vuestro rincón musical.

Que el tiempo no os cambie.

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