Cursé BUP en el Colegio Melchor Cano, de Tarancón, en un internado al uso de finales de los ochenta que supo conservar la esencia de la España desarrollista y el Seat 600. Por aquellas cosas de la, entonces, aún poco experimentada España social y democrática de derecho, el Bachillerato no era obligatorio, por lo que aventurarte, en el seno de una familia humilde, a cursar estudios más allá de la enseñanza general básica -la EGB-, suponía un enorme sacrificio para todos. Su condición de voluntariedad -quiero pensar- y el enorme abismo que teníamos por delante a nivel nacional, y autonómico, en materia de progreso y desarrollo condicionó la tardía creación de una red adecuada de institutos rurales, por lo que a la práctica totalidad de mi generación nos tocó elegir entre susto o muerte a la temprana edad de trece/catorce años.
Tocó espabilarse demasiado pronto; y tocó espabilarse mucho, si queríamos aprovechar la oportunidad que nos brindaba la vida para labrarnos un futuro; y no fue fácil. En un entorno -el Melchor Cano- marcado por la sensación de último bastión corrector para jóvenes difíciles, quienes deseábamos estudiar éramos los bichos raros, los empollones que opositábamos a fervorosos creyentes de lo de hombres de bien.
Entre ese aprendizaje temprano, desprovistos de cualquier recurso económico, atender las peticiones del exigente Bachillerato Unificado Polivalente pasaba, entre otras cosas, por leer -y disfrutar- los clásicos de la literatura española, buscando entre sus páginas los orígenes de nuestra lengua, nuestra historia y las claves para entender el carácter español. Era, materialmente imposible atender los requerimientos de D. Julio; no por falta de tiempo, sino por no disponer en nuestras estanterías de las obras recomendadas: “Los milagros de Nuestra Señora”, de Gonzalo de Berceo; “El libro del buen amor”, del Arcipreste de Hita; “El Conde Lucanor”, del Infante D. Juan Manuel; “D. Quijote de La Mancha”, de Cervantes o “El Burlador de Sevilla”, de Tirso de Molina, por poner varios ejemplos. Obras todas ellas que fui capaz de leer en el plazo convenido por el profesor gracias, además de por voluntad propia, por su gentileza y generosidad. Tomé por costumbre pedírselas a D. Julio personalmente, pues creía que era el proceso más factible de atender mis obligaciones formativas. Y porque aquel hombre se prestó de buena gana a prestarme parte de su biblioteca personal.
Nunca habrá palabras de agradecimiento suficientes para expresar lo que aquello supuso para mí. Me ayudó a mejorar mi expediente; me ayudó a paladear y disfrutar a nuestros autores; y sobre todo me mostró cómo es un profesor cuando le apasiona su trabajo.
Recuerdo con mucho cariño a D. Julio y me reconforta pensar que a lo largo de mi etapa estudiantil han sido muchos y muchas los D. Julio que ha habido. Maestros y maestras entregados, amables, empeñados en que aprendiéramos, siempre dispuestos y sin un mal gesto para nuestras ínfulas de adultos en ciernes que querían alcanzar el Olimpo antes de tiempo.
En una etapa, la estudiantil, en que no sabríamos definir los elementos que convierten a un graduad@ en magisterio en un maestr@, lo único que entendíamos es que había profesores que nos llegaban, a los que nos era difícil apodar porque nos caían bien. Que era una gozada sacar buenas notas, pero con unos más que con otros. Que incluso había quien, teniendo argumentos de sobra para corregir actitudes y comportamientos, lo hacían desde el respeto y la consideración, a pesar de ser niños y jóvenes. Ahora, con la óptica del tiempo y la madurez, me doy cuenta de que eso tenía un nombre: vocación.
Al final, cuando un día decidimos que nuestra etapa de formación reglada acaba, somos el reflejo de todos l@s buenos docentes que nos han acompañado en nuestro aprendizaje; de todos nos llevamos algo en la mochila y algún día, antes o después, lo pondremos en práctica o lo recordaremos. Somos un reflejo de muchos espejos, pero siempre, indefectiblemente, tendremos más presencia de aquellos que supieron transmitir su brillo con las artes del mago, que crea algo hermoso sin acertar a descubrir el truco. Porque al final somos eso, verdaderos trucos de magia por obra y gracia de encantadores que crearon, o descubrieron, vida en terrenos inexplorados.
Podría recordar el 95% de los nombres de todos los profesores que me marcaron con su magisterio, y recuerdo con especial cariño a quienes mostraron, en la marabunta afectivo-infantil o juvenil que es un aula, un detalle diferente de cariño y respeto. Por eso recuerdo a D. Julio. Y por eso recuerdo a D. Fulgencio, uno de mis maestros en Belmonte, tanto por su labor cuando yo era un recién aterrizado en tierras manchegas, como por su visita a mi despacho, cuando hacía horas que había sido nombrado Delegado Provincial de Agricultura en Cuenca, para saludarme. Nunca olvidaré su cara y el respeto con que se presentó para ver si le recordaba. Vino a verme como quien va a presentar sus respetos a los padres de su pareja, con humildad y con timidez. Aquel gesto me marcó, y aun hoy lo recuerdo como uno de los momentos más emotivos de mi etapa política. Siempre tuve un estupendo concepto de él como maestro. Ese día, además, me mostró lo que es el respeto y la humildad. ¿Quién era yo para que uno de mis profesores viniera a saludarme? Reconozco que me costó llamarle, simplemente, Fulgencio.
Son esos pequeños detalles, gestos a priori sin importancia, los que nos hacen darnos cuenta de quiénes son, verdaderamente, maestros vocacionales porque el respeto, al fin y a la postre, se gana mostrando respeto, algo que siempre me enseñó mi madre. Igual que el cariño. Hay cosas que no se imponen. Sencillamente se ganan. Y no hace falta que sean periodos de tiempo prolongados; a veces un año es tiempo más que suficiente. Así me pasó con Mercedes y con Juan, dos maestros a quienes disfruté en quinto de EGB en el colegio Can Fargas de Sant Feliu de Llobregat. Siempre pensé, y aún hoy lo hago, que aquel curso fue uno de los mejores de mi etapa formativa. Por el compañerismo que había, sin duda, pero también por recibir clase de dos personas jóvenes y muy preparadas, que transmitían su saber con una enorme dosis de ternura y cariño, desde la confianza y la naturalidad.
Ambos me rompieron muchos esquemas, en sentido positivo. Los años sucesivos me mostraron que fueron unos avanzados a su tiempo. Hubiera dado cualquier cosa por disfrutar más años con sus clases. Afortunadamente, las redes sociales son un buen mecanismo para encontrar a gente que un día anduvo parte del camino contigo.
Hoy, recorro mi etapa de madurez con el convencimiento de que soy el fruto de muchas buenas personas que, sin más motivo que un afán por transmitir y enseñar, pusieron su experiencia, su talante, su vocación y buen hacer al servicio de niñ@s y jóvenes que desconocíamos cómo era el camino a recorrer y en qué dirección.
Ahora que soy padre y veo a diario a mi hija y sus progresos, valoro aún más la inconmensurable labor de los docentes en pos de un objetivo global: que nuestros niños y niñas sean hombres y mujeres de provecho y que lideren un mundo descosido a raudales para el que se necesita valor y preparación. Y sé que lo hacen bien porque veo la cara de mi hija cuando habla de Maribel y de Maru. Y eso, honestamente, no se paga ni con todo el oro del mundo.
Es fundamental avanzar en un sistema educativo que valore el curriculum académico, no me cabe duda. Pero es igual de importante avanzar de la mano de profesionales que amen su trabajo, que busquen la esencia de las niñ@s que serán los adultos del mañana. Sin duda, la educación y el respeto deben partir del propio hogar, pero no es menos cierto que un/a docente convencido de la importancia del factor humano como factor de cohesión en todo el proceso educativo, será fundamental para creer que un mundo mejor es posible.
El futuro pasa por una apuesta decidida por la educación pública y de calidad, por docentes vocacionales que coadyuven en los retos globales que nos esperan y, lógicamente, por visualizar la labor tan esencial que realizan para el conjunto de la sociedad.
Así lo viví; así lo vivo a diario.
Mis maestros fueron gente excepcional en mi formación. Quisiera que mi hija, y su generación, tuvieran la misma o más suerte que la que yo tuve.
Desde mis cuarenta y pocos, GRACIAS.
Que el tiempo no os cambie.

Querido alumno, no podemos leer un escrito como el tuyo y no emocionarnos profundamente.Dentro de unos meses dejaré mi trabajo como maestra de primaria , que no mi profesión, esa y yo nos dejaremos cuando la parca llame a la puerta y pida por la maestra,
ResponderEliminarMe entristecía , días atrás,hablando con una compañera ,por lo individualista que es nuestro trabajo,y lo poco generoso que somos los unos con los otros. Pocas veces regalamos un "te felicito" o "qué chulo", como dicen los chicos. Ella simplemente se extrañó que yo reclamase algún reconocimiento ,ni siquiera el trabajar en equipo.Tú, tontorrona, te llevas veinticinco cachitos de corazones cada año-me dijo. ¿Te parece poco? . Veinticinco multiplicado por cuarenta...eso si que es un tesoro. Mil gracias,por tu reconocimiento a nuestro trabajo. En diciembre, cuando cierre la clase por última vez , recogeré todos esos cachitos para llevármelos a casa, el tuyo, Julián , estará entre ellos.
Hola Julián!!!Me ha encantado. Me veo reflejada en gran parte de tus palabras tanto como estudiante como profesional de la enseñanza que actualmente me considero. Ójala muchos padres pensaran como tú.
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