El camino es más liviano cuando se acompaña de pequeños detalles que, de una u otra forma, te llenan el alma y te despiertan los sentidos. Un tránsito que, aunque necesario, puede antojarse corto si la compañía es buena.
No soy especialmente dado a llevar en el coche un sonido, que bien puede ser cualquier emisora de radio, que maquille el monótono deambular que destila el coche. Prefiero ese silencio adormecedor que, tal vez, espabile mi casi continuo cansancio, aunque suene contradictorio, a oír conversaciones, opiniones o debates que me caen lejos o ni tan siquiera me interesan por su temática. Son esos impases en que mi cerebro cabila pensativo sobre el devenir de mi vida, o se centra en la perenne belleza que ofrecen los paisajes de la provincia de Cuenca. Y ahí, precisamente ahí, necesito el silencio solemne que alienta el descubrimiento de lo inabarcable, lo desconocido o lo inexplicable.
Pero otras veces, cuando necesito compañía en forma de voz porque el tedio pasa más factura de lo aconsejable y echo de menos el valor de la palabra o de la melodía, se da la circunstancia, casi siempre coincidente, de la nula recepción radiofónica por mor de la orografía, la lejanía o, en el peor de los casos, una sintonización detestable en cuanto a contenidos.
Siendo ésta una circunstancia repetida en el tiempo, meses atrás comencé a adentrarme en el mundo de los podcast, que no por desconocidos apenas frecuentaba, salvo rara ocasión y en circunstancias muy especiales. Creí que, en esos trayectos adscritos al ruralismo exacerbado en que se ha convertido mi trabajo –que dicho sea de paso, me apasiona-, podrían ser un acicate para aprender, conocer o, simplemente, divertirme en las horas en que mis cinco sentidos recorren el relieve conquense.
Me zambullí, como primera opción, en la búsqueda de programas de misterios, en un arranque de autoflagelación sensorial que podrían llevarme a la incertidumbre y a la inseguridad –por no usar el término miedo- en parajes solitarios y desconocidos en los que la mente vaga a su libre albedrío. Me duró poco la afición; demasiados contubernios ocultos y enredos entre el más allá y el más acá.
Como segunda opción consideré la opción del humor; ¿a quién no lo gusta el humor? Es menos escabroso y cuenta con un mayor porcentaje de acierto en cuanto a gustos. Sí; va más conmigo. Además, una carcajada a tiempo es un temor menos y una compañía, infinitamente, más agradable. Me apasiona el humor, especialmente cuando es hilarante, absurdo y bizarro; como el de “La Vida Moderna”. Pero no siempre el ánimo está preparado para la sinfonía inteligente y gamberra de Ignatius, Quequé y Broncano. A veces la intención te pilla a contrapié.
Tampoco el torticero mundo de los monólogos es apto para esos momentos; no es que no me gusten; es que cada función tiene su tiempo y su lugar. Y no es muy adecuado desbarrar al volante, además de que se me antoja monótono a los pocos minutos.
En esos momentos de zozobra mental, de tarde en tarde, es cuando se prenden pequeñas chispas que desatan hogueras inmensas, ofreciendo un calor desconocido, inesperado, que sin saber por qué siempre se ha echado en falta. Supongo que se trata, sencillamente, de hacer de la necesidad, virtud.
En un rinconcito de la aplicación de Ivoox, en un apartado recurrente como es el de “Sugerencias para ti”, o algo similar, que espulgaba casi desesperadamente buscando algo con qué matar mi hastío, me encontré con un programa que me llamó más la atención por su invitado que por lo que pudiera transmitirme, ya fuera su portada o el título. Ese invitado en cuestión era Pepe Colubi, al que admiro desde que entregué mi amor eterno a la locura permanente de Ilustres Ignorantes; y el programa “Lo que tú digas, de Alex Fidalgo.
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| Carátula del programa en la plataforma Ivoox y Podium Podcast |
Descargué el programa pensando en asistir a una delirante retahíla de obscenidades del Colubi que me vende Movistar+, y descubrí a un tipo sensible, inquieto, melómano, culto y muy, muy agradable. Me encantó ese registro, tan desconocido para mí. Mi sorpresa fue que, casi tanto como ese Colubi, me gustó el formato de interrogatorio y el carácter de ese tipo que dirigía el podcast como quién se toma un café, con una asombrosa naturalidad y espontaneidad.
Siempre he escuchado que descubrir cosas nuevas requiere despojarse de juicios previos e ideas preconcebidas. Y así lo hice, observando los más de cien programas que Ivoox recogía de este periodista que desconocía y que al mismo tiempo me era familiar.
No sé qué me atrajo más: si el formato recientemente descubierto o la pléyade de protagonistas con los que compartía fotos el tal Fidalgo; ¡joder! ¡No sería tan malo! Y por segunda vez le di a “descargar programa”, esta vez el que hacía el número 100, con Eme DJ, Juan Soto Ivars y Dani Rovira como personajes estrella.
¿Dónde anduviste todo este tiempo?
La sensación de libertad que se desprende del formato, huyendo de estilismos fáciles y temáticas predecibles y/o conocidas en referencia al sujeto entrevistado, me han supuesto un soplo de aire fresco y un ejercicio muy sano de análisis vivencial, entendiendo que no son dogmas de fe lo que tratan entrevistador y entrevistado, sino opiniones y formas de ver la vida y sus múltiples aristas.
Alex Fidalgo huye del personaje y se centra en la persona, despojándola de artificios, de adornos, de banalidades; el hombre como ser con ideas y sentimientos, con sus miedos y debilidades, con sus experiencias y limitaciones. O más concretamente, la charla de dos amigos que disertan de lo divino y lo humano.
Me resulta fascinante escuchar conocimientos y prácticas que desconozco en su totalidad, sobre las que no tengo una idea preconcebida porque desconozco su fundamento pero me ayudan a entender la vida desde diversos puntos de vista, sujetos a vivencias previas, de esas que forjan el carácter.
Y si algo estoy redescubriendo es la escucha, la empatía hacia personas conocidas que, más allá de lo que la sociedad les dicta y nos marca, descubren sus aspectos más terrenales y nos los sirven en bandeja para que podamos entresacar aprendizajes, conocimientos o, sencillamente, lleguemos a entender sus cotidianeidades, esas en las que se basa el personaje. En un mundo habitado por egos y discursos absolutistas en suma cero, la escucha activa es un sano ejercicio de humildad y comprensión. Ahí están el Langui, Dani Rovira, Juan Gómez-Jurado, Andrés Pajares, Berto Romero, el Dr. Cavadas o Isabel Coixet junto a otros personajes menos conocidos como Sonia Noguerol, Manuel de Lorenzo, Luján Comas y Anji Carmelo, Zulma Tubio, Roberto Strongman o Susana Martínez Conde, por poner unos pocos ejemplos, todos y todas con un nexo común: la vida a través de sus ojos, de sus experiencias, con sus luces y sus sombras.
En una galaxia de titulares y velocidades de vértigo es necesaria una pausa y un buen puñado de ideas claras, de las que se saborean, de las que ayudan en convertirnos en personas íntegras, cabales, humildes y empáticas. Un caldo de cultivo en el que Álex nos las presenta sin aderezos ni estereotipos para que elijamos las que mejor nos cuadren, y podamos seguir aprendiendo un poco más de la vida.
Gracias Álex por tu generosidad.
Podéis escucharlo en los siguientes enlaces:
PD: En los últimos días, “Lo que tú digas” me ha abierto una nueva puerta, que es absolutamente excepcional: “Aquí hay dragones” y “Todopoderosos”. Y ahí lo dejo. Pero eso será en otro post.
Que el tiempo no os cambie.


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