En la queda mañana de sábado aún se oyen risas que revelan los últimos coletazos de una noche de juerga y alcohol, otra de esas que pasan a los anales de la historia grupal y serán, más tarde que pronto, caldo de anecdotario atemporal en el jolgorio etílico futuro.
La primera noche de la fiesta es así: divertida y pícara, musical, pasional, eterna… Difumina su atrevimiento en el ímpetu adolescente y el ahínco con que se da por zanjado, definitivamente, el invierno. La cuarentena de la cuadrilla, diluida entre la geografía española, llega a su primera estación de penitencia, usando la peana rural como soporte de un vía crucis al que aún le faltan tres meses para la llegada triunfal del advenimiento estival, ese por el que merece la pena el sacrificio.
Las voces y las risas juveniles reciben a la mañana, entre los espasmos del rigor nocturno y el relente que todavía hace de las suyas, desoyendo el mensaje universal de mayo como profeta del Sol, y se mezclan con el deambular matutino de los madrugadores jornaleros del día, prestos a iniciar su jornada festiva en forma de bolsa de pan y café con leche en el Bar de la María Ángeles, mientras la plaza, todavía vestida con los restos de la guerra nocturna, es tomada por los miembros de la cofradía del pasacalle mañanero, engalanados para la ocasión. Frescos, lozanos, despejados, con alguna señal ojerosa que deja intuir un trasnocheo a destiempo y algún que otro remolino poco trabajado en el acicalado general. Habrá sido la falta de tiempo, seguramente.
El cofrade mayor cohetero invade los cielos tresjunqueños con un sonoro trueno con aroma a pólvora, decretando el final de la noche y el inicio del Día Mayor.
La banda conoce bien su oficio. Es rápida y ordenada en su preparación para la diana floreada, graduada cum laude en el conocimiento de sus instrumentos y decidida en su paso por las calles del Cerrete. Es digno de encomio su repertorio musical, adaptado a los gustos de los lugareños –que hoy nadie ejerce de forastero- y a las cuestas del pueblo, secreto bien conocido por el director de orquesta. Por eso se agradece su predisposición y buena elección melódica. Es más fácil desperezarse con los acordes de los hits que antaño hicieron disfrutar a nuestros predecesores en el ejercicio de la nacionalidad triunchense, nuestros antepasados, a los que una jornada más recordaremos con cariño y afecto.
Vencido el susto inicial y el estruendo que aún retumba en nuestras cabezas por los afectos reencontrados, y convenientemente regados, es hora de acicalarse para acompañar el día. Hoy desfilarán modelos floreados, rasos o con volantes, acompañados del pertinente tacón, junto a corbatas y trajes adquiridos para la ocasión, para uso y disfrute de sujetos y espectadores, que hoy todos ejercemos de tal.
La Plaza Mayor, nuevamente, recibe el final del pasacalle. Se han apagado las algarabías nocturnas; amanuenses del discurso televisivo, doctorados en tractología y algunos Mochufas se embisten, entre risas, con argumentarios de primero de opinión pública y suspensos en oratoria. Hoy todo se fía al fondo, nada a la forma. Tampoco es cuestión de cornear en los primeros pases, y menos cuando un par de horas más tarde la oratoria dará paso a las cervezas, las gambas y los calamares.
La Plaza está expectante. Besos y abrazos son los protagonistas. Aventuran buena compañía, cariño y mucha emoción. Se mezclan los sentimientos y los recuerdos, y se lloran los últimos finados, quienes un año atrás compartían espacios y argumentos, y juraban que la vida había que vivirla convenientemente.
Aparecen las Danzantas, casi todas ellas evangelizadas desde la distancia, de blanco inmaculado, brillantes, perfectas, repiqueteando sus castañuelas para dar cuenta de su presencia; las grandes protagonistas de la Fiesta, las fieles acompañantes del Cristo, la cantera interminable que ideó la Chon para gozo y disfrute de la Fiesta y sus fieles.
El pueblo sube a riadas por la calle Mayor camino de la Placeta, lugar de encuentro tradicional e inicio, por los siglos, de los recorridos procesionales a lo largo y ancho del pueblo.
Se mezclan saludos y nervios; se percibe solemnidad y algún tirito dental entre las chicas, fruto de la inquietud por el protagonismo sobrellevado que refieren las danzantas.
La banda de música se acerca. Las notas de sus melodías se diluyen con la sonoridad seca de los cohetes. Los más pequeños se tapan los oídos. Otros, los menos, dejan escapar algún lloro.
Hay emoción por lo que se avecina, y el camino hacia la Iglesia comienza a despejarse.
Suena la dulzaina y el tambor. Las danzantas levantan los brazos y hacen sonar las castañuelas al ritmo de la caja de Estebillan, tamborilero perpetuo, dispuesto, siempre atento.
Se ven sonrisas, se atisban nervios y aparece una legión de cámaras fotográficas y teléfonos móviles, dejando muestras de que este año, como tantos otros, el Cristo volverá a estar bien acompañado.
Es menester abrir paso en la Plaza, repleta como siempre, esperando el paso acompasado de las danzantas y autoridades quienes, junto a la banda de música y la cofradía de la silla, conforman un numeroso grupo.
La Iglesia se agranda. Repican las campanas, se intensifica la pólvora en el cielo tresjunqueño, se solemniza la partitura… nervios.
Hoy nuestro Cristo se regocijará con los dichos de sus danzantas. Hoy Tresjuncos, una vez más, llorará de emoción con los recuerdos versados de nuestras chicas, aflorando ánimos y sentimientos que solo entendemos nosotros, los que fuimos bautizados en la fe tresjunqueña.
Hoy será especial porque es el día grande de la fiesta de Nuestro Cristo del Pozo.

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