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2020/03/25

Hoy Tresjuncos se emociona...

En la queda mañana de sábado aún se oyen risas que revelan los últimos coletazos de una noche de juerga y alcohol, otra de esas que pasan a los anales de la historia grupal y serán, más tarde que pronto, caldo de anecdotario atemporal en el jolgorio etílico futuro. 

La primera noche de la fiesta es así: divertida y pícara, musical, pasional, eterna… Difumina su atrevimiento en el ímpetu adolescente y el ahínco con que se da por zanjado, definitivamente, el invierno. La cuarentena de la cuadrilla, diluida entre la geografía española, llega a su primera estación de penitencia, usando la peana rural como soporte de un vía crucis al que aún le faltan tres meses para la llegada triunfal del advenimiento estival, ese por el que merece la pena el sacrificio. 

Las voces y las risas juveniles reciben a la mañana, entre los espasmos del rigor nocturno y el relente que todavía hace de las suyas, desoyendo el mensaje universal de mayo como profeta del Sol, y se mezclan con el deambular matutino de los madrugadores jornaleros del día, prestos a iniciar su jornada festiva en forma de bolsa de pan y café con leche en el Bar de la María Ángeles, mientras la plaza, todavía vestida con los restos de la guerra nocturna, es tomada por los miembros de la cofradía del pasacalle mañanero, engalanados para la ocasión. Frescos, lozanos, despejados, con alguna señal ojerosa que deja intuir un trasnocheo a destiempo y algún que otro remolino poco trabajado en el acicalado general. Habrá sido la falta de tiempo, seguramente. 

El cofrade mayor cohetero invade los cielos tresjunqueños con un sonoro trueno con aroma a pólvora, decretando el final de la noche y el inicio del Día Mayor. 

La banda conoce bien su oficio. Es rápida y ordenada en su preparación para la diana floreada, graduada cum laude en el conocimiento de sus instrumentos y decidida en su paso por las calles del Cerrete. Es digno de encomio su repertorio musical, adaptado a los gustos de los lugareños –que hoy nadie ejerce de forastero- y a las cuestas del pueblo, secreto bien conocido por el director de orquesta. Por eso se agradece su predisposición y buena elección melódica. Es más fácil desperezarse con los acordes de los hits que antaño hicieron disfrutar a nuestros predecesores en el ejercicio de la nacionalidad triunchense, nuestros antepasados, a los que una jornada más recordaremos con cariño y afecto. 

Vencido el susto inicial y el estruendo que aún retumba en nuestras cabezas por los afectos reencontrados, y convenientemente regados, es hora de acicalarse para acompañar el día. Hoy desfilarán modelos floreados, rasos o con volantes, acompañados del pertinente tacón, junto a corbatas y trajes adquiridos para la ocasión, para uso y disfrute de sujetos y espectadores, que hoy todos ejercemos de tal. 

La Plaza Mayor, nuevamente, recibe el final del pasacalle. Se han apagado las algarabías nocturnas; amanuenses del discurso televisivo, doctorados en tractología y algunos Mochufas se embisten, entre risas, con argumentarios de primero de opinión pública y suspensos en oratoria. Hoy todo se fía al fondo, nada a la forma. Tampoco es cuestión de cornear en los primeros pases, y menos cuando un par de horas más tarde la oratoria dará paso a las cervezas, las gambas y los calamares. 

La Plaza está expectante. Besos y abrazos son los protagonistas. Aventuran buena compañía, cariño y mucha emoción. Se mezclan los sentimientos y los recuerdos, y se lloran los últimos finados, quienes un año atrás compartían espacios y argumentos, y juraban que la vida había que vivirla convenientemente. 

Aparecen las Danzantas, casi todas ellas evangelizadas desde la distancia, de blanco inmaculado, brillantes, perfectas, repiqueteando sus castañuelas para dar cuenta de su presencia; las grandes protagonistas de la Fiesta, las fieles acompañantes del Cristo, la cantera interminable que ideó la Chon para gozo y disfrute de la Fiesta y sus fieles. 

El pueblo sube a riadas por la calle Mayor camino de la Placeta, lugar de encuentro tradicional e inicio, por los siglos, de los recorridos procesionales a lo largo y ancho del pueblo. 

Se mezclan saludos y nervios; se percibe solemnidad y algún tirito dental entre las chicas, fruto de la inquietud por el protagonismo sobrellevado que refieren las danzantas. 

La banda de música se acerca. Las notas de sus melodías se diluyen con la sonoridad seca de los cohetes. Los más pequeños se tapan los oídos. Otros, los menos, dejan escapar algún lloro. 

Hay emoción por lo que se avecina, y el camino hacia la Iglesia comienza a despejarse. 

Suena la dulzaina y el tambor. Las danzantas levantan los brazos y hacen sonar las castañuelas al ritmo de la caja de Estebillan, tamborilero perpetuo, dispuesto, siempre atento. 

Se ven sonrisas, se atisban nervios y aparece una legión de cámaras fotográficas y teléfonos móviles, dejando muestras de que este año, como tantos otros, el Cristo volverá a estar bien acompañado. 

Es menester abrir paso en la Plaza, repleta como siempre, esperando el paso acompasado de las danzantas y autoridades quienes, junto a la banda de música y la cofradía de la silla, conforman un numeroso grupo. 

La Iglesia se agranda. Repican las campanas, se intensifica la pólvora en el cielo tresjunqueño, se solemniza la partitura… nervios. 

Hoy nuestro Cristo se regocijará con los dichos de sus danzantas. Hoy Tresjuncos, una vez más, llorará de emoción con los recuerdos versados de nuestras chicas, aflorando ánimos y sentimientos que solo entendemos nosotros, los que fuimos bautizados en la fe tresjunqueña. 

Hoy será especial porque es el día grande de la fiesta de Nuestro Cristo del Pozo.

2019/07/02

Mestizos, hijos de padre y padre.

No deja de ser sorpresa que las cosas bien hechas tengan su premio. 

Acostumbrados, como estamos, a ser esclavos de la mediocridad más absoluta, elevamos a categoría de excelso lo que debe ser normal; a saber, que las cosas bien hechas bien parecen y deberían ser norma regular en cualquier actuación que nos propongamos.

Hemos asumido como norma la figura del idiotés, aquel que en la antigua Grecia se ocupaba, únicamente, de sus asuntos particulares, sin pararse a considerar los asuntos de índole más pública. Y parapetados en ese escudo de autosugestión que es considerar como importante únicamente lo nuestro, obviamos y despreciamos lo que nos es común, lo que nos engrandece, lo que nos ilumina y nos une como sociedad y como pueblo. Y junto a ello, indefectiblemente, sumamos la displicencia y la ausencia de sentimientos como normas básicas de nuestro comportamiento frente a terceros. El liberalismo es una tendencia demasiado absorbente como para escapar a ella. En definitiva, nos hemos deshumanizado.

Por eso, cuando un grupo de iguales, de vecinos y vecinas, convierten un hobby en algo hermoso que nos orgullece como pueblo, por minúsculos que seamos, debemos agradecerles su tiempo, su constancia y sus ganas de aprender. Reconocerles su empeño por llevar el nombre de nuestra patria chica por los múltiples rincones de esta provincia y esta región, que nos hace crecer como sociedad unida en la diversidad que nos debe caracterizar; “todos somos mestizos, hijos de padre y madre. ¿Quién no lo es?” Y es en esa mezcla donde los aspectos más nimios y minúsculos deben tomar cuerpo para crecer por encima de las simples sumas aritméticas.

No me resigno a pensar que una vez cambiamos el paso por un quítame allá esas pajas. Y más allá de los intereses particulares, que los hubo –idiotés, liberalismo,…-, todos fuimos arrastrados en una vorágine autodestructiva que casi acabó con nosotros. Y con el tiempo perdimos la perspectiva, la humanidad y la confianza. Demasiados resquemores para generar paz y progreso. Tal vez por eso, solo por eso, las pequeñas cosas son las que nos hacen crecer y recuperar la confianza.

La vida es una enseñanza constante sobre cómo afrontar las cotidianeidades, sobre los cómos y los porqués, sobre los comportamientos y nuestros miedos, sobre nuestras relaciones y nuestras amistades. Un necesario devenir salpicado de rectas y curvas pronunciadas que nos obligan a cambiar nuestra trayectoria en el momento más insospechado, a cambiar tendencias, apariencias y formas de pensamiento.

Todo ese gran cúmulo de sensaciones encontradas convergen en grandes emociones que, afortunadamente, empiezan a ser habituales y disfrutamos con ellas.

Todo eso es la Ronda de Triana.

2018/02/20

Una tormenta perfecta de emociones y pensamientos.

Hay ocasiones en que, fruto de una constante y persistente actividad mental en pos de caminos semi-inexplorados en nuestras latitudes, optamos por unir varias pasiones que convergen en día y hora con una alineación astral perfecta, la que nos permite dedicarnos unos minutos al alma y a la cuasi-contemplación desde unas buenas bambas de esas que ahora se estilan, también llamadas de runners, con las que recorremos senderos para llenar el corazón de anhelos y pensamientos utópicos, para pensar y decidir, para aclararnos y seguir caminando, en una simbiosis casi perfecta con el recorrido que nos anticipa el itinerario a recorrer.
Y tras el cerro en barbecho, despidiendo la tarde, como cada día, la Torre de la Iglesia.
He comprobado que hace una tarde perfecta para salir a disfrutar de la naturaleza y del entorno de mi pueblo, Tresjuncos, aunque dudo si hacerlo en bicicleta o a pie. No me decido; me apetece coger la bici, pero se está levantando viento y, honestamente, tampoco tengo ninguna obligación, ni tan siquiera conmigo mismo. En otras ocasiones, circunstancias como esta, y la indecisión, hubieran sido factor más que suficiente para quedarme adormilado en el sillón de casa. Se dan las condiciones perfectas: invierno, viento en aumento, un cierto amodorramiento… lo que vendría siendo una tormenta perfecta de domingo por la tarde para, literalmente, tumbarme en el sofá con los mandos al alcance de la mano para evitar más movimientos de los necesarios. Pero no, hoy no. Hoy se han alineado los astros para que confluyan muchos de los elementos que me permiten disfrutar de una buena caminata.

Sinceramente, cuando puedes juntar todas las pasiones en un único momento, ¿cuál es el motivo real que puede evitar que las disfrutemos? La vida, y las circunstancias, me han enseñado que una simple tarde dominguera de televisión no es una circunstancia de peso, aunque haya quien se empeñe en recordarme que debo descansar. 

Así que, una vez ataviado con la indumentaria del perfecto caminante dominguero, por cortesía de Decathlon, me calzo las bambas, me pongo el MP3 con mis 2 gigas de buen rock, una buena braga que me proteja la garganta y la mochila del andador de fin de semana, con espacios accesibles para el agua, el teléfono y la cámara de fotos. ¡Y allá que voy!

No he decidido la ruta a realizar, y eso me incomoda cada vez más porque, últimamente, me gusta programar el recorrido, visionarlo mentalmente, ajustando tiempos y tramos que, aunque luego se ven alterados, me permiten adelantar qué voy a ver, cuáles son las posibilidades de disfrutar y qué me puede importunar, más allá de algún encuentro inesperado con algún cansino histórico a destiempo, que hace de “su verdad” sentencia verdadera sin visos de duda.
Mis viejas bambas me unen al terreno. Que sea para siempre.
Y es que los ratos de caminata son mucho más que simples espacios expiatorios de penas por bula y glotonería. Son la excusa perfecta para vaciar mentes y descargar culpas autoimpuestas; para construir nuevos mundos y cimentar proyectos, plausibles en teoría, pero lejanos en la práctica. Son el espacio ideal para pisar terreno y recibir una buena hostia de realidad, de esa que edifican propios y extraños con los que se comparte paisanaje local y comarcal, a los que quieres entender pero que, en el fondo, son perfectos desconocidos, quizá por la simpleza en su actuación, o tal vez por mis excesivos devaneos intelectuales, los que me conducen, cada vez con mayor frecuencia, a terrenos semi-inexplorados de difícil encaje mental en las mentes de aquellos con los que comparto vecindad. No lo sé, y me preocupa relativamente, porque resulto poco entendible por los propios, pero es perfectamente asumible cuando lo que planteo se ve en ajenos, en emprendedores atrevidos que construyen éxito al amparo del trabajo, el esfuerzo y una idea bien pergeñada.

Y en esos páramos me hallo cuando dejo atrás la ermita del Cristo del Pozo, suena Neil Young en el MP3, y comienzo a ver longueras que verdean, vastas extensiones de surcos, de terreno, que hace tiempo dejaron atrás cualquier impronta de vegetación en forma de arbolado o cultivos leñosos. Diría que es un barbecho si no fuera porque las lluvias y nieves del invierno han adelantado el crecimiento de los cereales propios de temporada. Honestamente, me entristece el escaso cariño que nos tenemos, a nosotros mismos y a nuestro pueblo, solo comparable con las pocas ganas de trabajar de la que hacemos gala, estupidismo generalizado que limita con la frontera imaginaria de La Mancha, donde el más humilde complementa su sostén profesional con el terruño, siempre fiel en concesiones que marcan la diferencia entre la subsistencia y la economía desahogada. Cada vez lo entiendo menos.
En un ejercicio de improvisación controlada, me he decidido a recorrer el camino que va a Hontanaya, en otra época vía de comunicación principal con estatus de posible carretera, y que se quedó en el intento. Los quitamiedos a ambos lados del camino, y su anchura, así lo confirman. Eso me entristece aún más. Repetimos el mantra tan nacional de hacer de la anécdota, categoría y ahogarnos en miserias que enaltecen nuestro orgullo, pero nos empequeñecen como sociedad, limitan nuestras posibilidades y cercenan nuestras legítimas aspiraciones de desarrollo. No hemos aprendido. No somos capaces de luchar por lo verdaderamente importante porque pesan más los euros de puertas hacia adentro que el bien común de la sociedad. Seguimos mirándonos el ombligo con displicencia y los discursos aprendidos quedan en meras declaraciones de intenciones. Y lo que es peor, no sé si darme por vencido. Empiezo a planteármelo. Seguramente lo ganaría en tranquilidad, pero sería una traición a mí mismo. Desde luego, si hiciera caso a consejos ajenos no me andaría en estas, pero no sería yo. 

Entre los acordes de “Like a Rolling Stone”, de Bob Dylan, Endomondo me dice que llevo tres kilómetros andados. Apenas he empezado a sudar y el viento arrecia. No veo caminos anejos que me permitan dejar el camino principal en búsqueda de objetivos más humildes, así que decido seguir. A fin de cuentas, es lo que he hecho siempre, seguir con una idea. 

Voy buscando el límite municipal con Hontanaya en forma de tablilla de coto de caza, ensimismado con esa divisoria imaginaria que concede el sencillo honor de cruzar términos como recompensa a un esfuerzo ocioso. Apenas me doy cuenta de que a mi izquierda un pequeño cerrete está coronado con dos tinajas, de las de siempre, de las que antaño se usaban para almacenar vino en las bodegas. Y conforme me voy acercando observo que es una plantación de pistachos, la nueva moda en numerosos pueblos manchegos, pero moda productiva, al fin y al cabo, que ofrece más réditos que el tradicional tractoreo con que llenamos nuestras grandes extensiones de concentración parcelaria.

Me maravilla la locuacidad y retentiva de los paisanos que sientan cátedra en la Plaza Mayor, resolviendo los problemas del país, cuando se trata de memorizar parajes de nombres ancestrales y propietarios de tierras que, a mis ojos y a los de cualquier paseante de fin de semana, serían iguales en su mayoría. Otro indicativo más de que estamos más por lo ajeno que por lo propio. Y no dejo de pensar en aquello que dijo Jesucristo -o que dicen que dijo-, “vemos la paja en el ojo ajeno, y no vemos la viga en el nuestro”. Los arreglamundos son esos que saben de casi todo -en mi pueblo saben, especialmente, de agricultura-, dan consejos, se permiten opinar sentando cátedra y, a la hora de la verdad, apenas si tienen para llegar a fin de mes, pagar el gasoil de la calefacción o, sencillamente, permitirse unas cervezas y unas bravas en cualquier bar al uso. 

Reconozco que el mío es un pueblo osado y valiente, porque hay que serlo para crecernos ante nuestro bagaje como pueblo. Reconozco el mérito y la capacidad de discutir, de hablar, de opinar… y hasta de tener razón argumentando la subsistencia como forma de vida. En eso me vencen. Y es esa valentía la que permite el escarnio de quienes, como Juan o Jesús, han creído conveniente hacer del pistacho un motivo más de progreso, más acorde con los tiempos que corren y, desde luego, muchísimo más productivo. Y ese planteamiento lo comparto de principio a fin, porque se infieren muchas expectativas constructivas, de esfuerzo y de trabajo. Les agradezco las ganas de crecer y aportar nuevas visiones en el pueblo de la Bachillería, como con mucha razón nos bautizaron, sin considerar las opiniones de los expertos arreglamundos.

En esas ando, consumido por el estupor machadiano hacia Castilla y su empecinamiento en la autodestrucción, cuando compruebo que me separa de Hontanaya apenas unas centenas de metros. No sé a ciencia cierta la hora en que el Sol se pone, pero hace unos días comprobé que a las siete aún había claridad. Me reconforta el hecho de saber que la noche no me pillará en mitad del camino, pero decido volver. Creo que por hoy ya hay bastante. ¿Volveré parapetado en los mismos planteamientos y pensamientos? Intentaré que no sea así; me consume demasiada energía pensar que mi pueblo, de seguir así, tiene los días contados. ¿Una década?; ¿un par de ellas? El escenario que preveo para 2030, según mis propias estimaciones en base a la evolución de la población en los últimos 50 años, es de una población empadronada de 245 habitantes, con una pernoctación permanente de entre 140/150 habitantes. Triste realidad.

La mejor opción será regresar corriendo; al menos seré capaz de emparejar el gasto mental y el físico.

Llego a Tresjuncos casi con el ocaso, apurando los últimos rayos de sol. ¡Bonita estampa del pueblo! Supongo que la Iglesia será un buen lugar para despedir el día y aplacar mis pensamientos con la puesta de sol. 
Y siempre, la torre de la Iglesia en permanente vigilancia.
Creo que por hoy ya estará bien.

Que el tiempo no os cambie.

2017/06/12

Construyendo desde la humildad: la Ronda Triana

No es fácil ceder una parte tus razones en pos de un ideal incierto, que no abstracto, cuando el resultado se antoja dudoso, pero en ocasiones los hechos se tildan de mantos sencillos, humildes, cargados de esfuerzo, en forma de premios no sé muy bien si al arrojo, a la humildad, a la locura o una sencilla idea que ronda por alguna cabeza desde hace tiempo. Sea como fuere, bienvenida lo que sea a esta bendita aventura.

Los pequeños esfuerzos, cuando son bienintencionados y saben leerse, descubren fenómenos maravillosos que pueden convertirse en paradigma de algo mucho mayor. O así lo entiendo yo porque tal vez, solo tal vez, la construcción real se fundamenta en pequeñas historias que encumbran a gentes sencillas, humildes, con sus grandezas y vilezas, unidas por un objetivo que alcanza mucho más que la simple suma aritmética y que, sin proponérselo, consiguen lo inimaginable y nos hacen recordar que nadie sobra y que la unión es la base de cualquier progreso.

Ocho meses han bastado para que en Tresjuncos, mi pueblo, un grupo de vecinos y vecinas consigan un hito impensable hace no mucho. No han hecho falta grandes fastos, ni propuestas ampulosas, ni gestos torcidos de descrédito al adversario; ni tan siquiera una propuesta firme sobre un papel que lo aguante todo. Simple y llanamente ha sido una cuestión de voluntad, de humildad, de esfuerzo, de trabajo, de sentimiento o, sencillamente, de unidad. Porque eso es la Ronda Triana: una emoción, un terremoto que está removiendo hasta el tuétano los cimientos de un municipio que, haciendo honor a su apodo, estaba anclado en su Bachillería -cada día tengo más claro que quien así nos bautizó, aparte de conocernos muy bien, lo hizo más por razón que por burla-

"(...) una identidad humilde, constructiva, empática, que sepa ceder y tenga voluntad de aunar esfuerzos. (...)"

Tengo mis razones para pensarlo, como habrá quien, con sus razones, entienda que esto es una simple tormenta de verano y no verá más allá de una aventura temporal, adscrita a sus intérpretes en función de su edad. Creo, no obstante, que quien pueda pensar así está cargado de prejuicios y un cierto resentimiento, más por voluntad de ser que por un ansia de creer y construir.

En una localidad en la que cada cual ha remado a su antojo, la Ronda Triana, igual que lo está haciendo el “CD Triana” o la Peña “El 7 tresjunqueño”, aun cuando algún inicio esté cargado de estrategia, nos está mostrando el camino a seguir: la unión y el respeto. Porque nadie dijo que tuviésemos que ser iguales, ni pensar de la misma manera. Al final, las ideologías, y lo dice alguien que la tiene y orgulloso de tenerla y ponerla en práctica, no son más que maneras subjetivas de actuar en pos de una comunidad, formas de primar gestiones que buscan converger hacia una identidad creciente, única dentro de la heterogeneidad de sus gentes; una identidad humilde, constructiva, empática, que sepa ceder y tenga voluntad de aunar esfuerzos.

Nuestro camino no es el enconamiento ni la disensión por el mero hecho de practicarlo en favor de una siglas; nuestra guía debe ser la unión dentro de la amalgama de pensamientos diferentes y únicos que cada cual, por el mero hecho de ser individuo, tiene. El conflicto por ser, al final, genera destrucción y rechazo, sentimientos encontrados e irreconciliables en muchas ocasiones. Y en casos como el nuestro, la experiencia, ya la conocemos, sabemos que no merece la pena. Al final, cuando se desea prosperar a costa de los demás, obteniendo ventajas injustificadas para beneficio propio y de los nuestros, se es autor de la condena más grande que puede hacerse a una comunidad: la obstrucción al desarrollo y, por añadidura, la muerte por inanición.

Puestos a ser inteligentes, optemos por valorar el ejemplo de la Ronda Triana, que con sus limitaciones, con su humildad, con su esfuerzo y con su trabajo callado y constante, sin más pretensión que disfrutar con la música y llenarnos el alma, ni más petición que la escucha detenida de su arte desde los bancos de una sencilla parroquia rural, ha conseguido colarse en el acervo propio de un pueblo dominado por la inanición, hastiado de descréditos y hundido en la malentendida diversidad. Entendamos, de una vez, que para crecer y caminar debemos partir de lo que nos une y que a veces, muchas veces, los supuestos deben ser vistos desde la óptica del convencimiento y el optimismo, por mucho que nos pese y amargue las nubes que se atisban en el horizonte. Tal vez el viento deshaga la tormenta y podamos seguir viendo el sol. Pero eso será si nos lo creemos.

¡Grande mi Ronda de Triana!!!

Que el tiempo no os cambie.

2017/01/23

Uniendo esfuerzos por un gran objetivo: Tresjuncos



La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.

Eduardo Galeano

Suelo sorprenderme a mí mismo cuestionando procesos, pareceres, modos y compañías de hace algún tiempo, cuando por obra y arte de una sociedad que desea encaminarte hacia la excelencia a costa de cualquier cosa, miraba el mundo con los ojos del iluminado que cree estar en los aledaños del poder supremo per secula seculorum, que observa con demasiado recelo las exposiciones ajenas que no se circunscriben a su forma de pensar.

Hoy afirmo con rotundidad que me alegran enormemente mis dudas actuales. No resulta sencillo admitir errores del pasado sin dejar de ser uno mismo, sin obviar principios, moral, credo o forma de pensar. Simplemente hay que echarle humor y ganas a la vida, y una buena dosis de empatía y humildad. 

Por ahí, os lo reconozco, me vais a ganar siempre.

¿Qué tendrá nuestro "cerrete"?
Hace algunos años -¡joder! ¡16 años ya!-, recién finalizada mi licenciatura en Ciencias Políticas, opté por encaminar una parte de mi especialización profesional hacia el mundo del desarrollo rural –o cuando menos dejar abierta esa puerta-, entendiendo que alguien que procede de una zona rural deprimida, ya por entonces con un futuro muy amenazado, debía honrar ese futuro con una parte de su aprendizaje y, previsiblemente, con una carrera profesional en el sector. Una forma como cualquier otra de sentirse un activo más a la hora de abordar problemáticas futuras.

Aprendí mucho, y disfruté. Y compruebo, pasado el tiempo, que el papel lo aguanta todo; que es fácil teorizar desde un despacho de Pintor Rosales, en Madrid, pero es difícil actuar desde la plaza de cualquier pueblo de la Meseta que pierde población a un ritmo superior al 5% anual.

Esto último lo sé hoy. Me ha costado aprenderlo la friolera de 16 años, y ni mi paso por el ámbito público me hizo darme cuenta de que se trataba, sobre todo y ante todo, de sentimientos. Porque nunca está de más querer actuar y poner en marcha mecanismos que busquen el progreso pero hay que hacerlo desde el respeto y la consideración al territorio y a sus habitantes, implicándolos en cualquier solución de viabilidad.

Insisto; todo esto lo sé hoy.



Hacía varios meses –diría que años- que venía mascullando la idea de reunir un grupo de gente con inquietudes acerca de Tresjuncos y su futuro. Mi ofuscación, o tal vez mi prepotencia, o mis vivencias –no sabría decirlo con claridad- ocultaron la idea en mis esquemas mentales, a salvo de cualquier intento de burla ajena o desconsideraciones hacia mi persona –supongo que una más-. No obstante, ciertas conversaciones al fresco de una piscina en verano, de esas en las que deseas que no pase el tiempo y en las que la improvisación oral funciona en perfecta armonía con la mente y tu verdadero yo, me llevaron a descubrir que más que un iluminado por ver una posibilidad de búsqueda de progreso, era un solemne gilipollas, fundamentalmente porque éramos varios quienes expresábamos parecidos similares al respecto de nuestro futuro como pueblo.

Este hecho, y ninguno más que este, fue el que me llevó a escribir este verano un artículo para el libro de Fiestas de San Cayetano –http://el-largo-camino-de-adso.blogspot.com.es/2016/08/unir-esfuerzos-en-un-objetivo-comun.html-, con la idea de expresar una voluntad plural –la que empecé a conocer en mi entorno- y lanzar un guante a quién quisiera recogerlo.

Mi sorpresa vino cuando, finalizada la Fiesta, alguien me manifestó una voluntad firme de comenzar a trabajar en esa línea. ¡Logré tocar una fibra!



Han pasado varios meses y este sábado, por fin, pudimos reunirnos un grupillo de gente con preocupaciones similares y un sentimiento común: el amor a nuestro pueblo. Sin ambages, sin aderezos, sin políticos, sin más límite que la prohibición de “lo imposible”.

Nadie dijo que la vida sea fácil, pero escalar una montaña y hacer cumbre, generalmente, sabe mejor cuando el camino ha estado salpicado de obstáculos.

El sábado, 21 de enero, sin más motivo que un sentimiento, diez idealistas pudimos compartir una jornada agradable, emotiva y, sobre todo, ilusionante, porque pudimos expresar lo que decimos y pensamos en ámbitos informales, o en la soledad de nuestro pensamiento, sin miedo a que nadie nos tratase de ilusos.

Lo hicimos por nosotros, por nuestros hijos, por nuestras familias, por nuestros padres y nuestros antepasados… y sobre todo lo hicimos por quien engloba todo eso: Tresjuncos.

Desconozco a dónde nos conducirá todo esto; desconozco el recorrido y, mucho menos, el final, pero hoy sé que nadie puede apropiarse del futuro y de las ideas; que las voluntades se construyen desde la diversidad y el entendimiento, y que todo lo que no sea pensar en conjunto con un objetivo definido, sin menospreciar a quien piense diferente, está condenado al fracaso.

Hoy sé que no hay gente perfecta sino intenciones perfectas. Y vosotr@s, quienes lo hicisteis posible, fuisteis perfect@s.

Que sean muchas más.

Que el tiempo no os cambie.

2016/08/02

Unir esfuerzos en un objetivo común

Hace unos días, el Ayuntamiento de Tresjuncos me ofreció la posibilidad de escribir un artículo para el libro de las Fiestas. Acepté la propuesta y me salió lo que sigue a continuación. Espero que os guste.


Un libro de fiestas es una buena ocasión para plasmar algunas reflexiones que desde hace tiempo me rondan la cabeza. Vaya por delante mi agradecimiento al Ayuntamiento de Tresjuncos, y especialmente al equipo de Gobierno, por permitirme compartir con vosotros y vosotras este espacio.

Tresjuncos no es patrimonio de nadie; es patrimonio de todos. Y no es decir poco.

No son pocos los lustros en los que nuestro pueblo vive un progresivo deterioro poblacional, especialmente virulento en el último cuarto del siglo XX y el siglo XXI. Y a nadie se nos escapan las causas; coincidiríamos casi el 100% de la población en los motivos que nos han llevado hasta aquí, así como los factores que provocaron tal estrangulamiento demográfico. En este sentido resulta muy acertado el análisis que Julián Grimaldos hace en su último libro, “En torno a Tresjuncos, pueblo de La Mancha”, sobre nuestra deriva sociodemográfica, y cuya lectura os recomiendo.


La despoblación es un mal endémico del medio rural castellano-manchego, sobre todo en la provincia de Cuenca. La transición hacia nuevas formas de producción en el sector primario, nuestra escasa adaptación y la ausencia de expectativas laborales y familiares fue un lastre demasiado pesado que, unido a la escasez de mano de obra en zonas de incipiente industrialización –entre otras varias-, propició un caldo de cultivo ideal para provocar una migración masiva.

Ahora, cuando avanzamos por la segunda década del siglo XXI y comprobamos la composición sociodemográfica de Tresjuncos, toca hacer una profunda reflexión sobre qué queremos para nuestro pueblo: ¿dejamos todo tal cual está y nos resignamos a ser uno de tantos pueblos condenados al ostracismo y a la práctica desaparición, algo que se antoja cuestión de pocos años?; ¿o dejamos de ponernos palos en las ruedas, y de mirarnos el ombligo, y consideramos el bien común del municipio, y de las próximas generaciones, por encima del bien propio y de nuestras expectativas en forma de bienes inmuebles y beneficios personales/familiares?

Portada del Libro de Fiestas
Si valoramos más lo segundo estamos perdidos; si por el contrario entendemos que debemos unir esfuerzos en un objetivo común, quizá sea un buen momento para empezar por lo que nos une, más allá de discrepancias ideológicas e intelectuales, cediendo en nuestros planteamientos y apostando por la empatía y el bien común en la forma en que era concebido por los grandes pensadores: Platón, Aristóteles o Tomás de Aquino. Es decir aquel que abarca el conjunto de aquellas condiciones de la vida social, con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección. O dicho de otra forma, el que busca el progreso y el cuidado de la comunidad.

Creo que tod@s estamos llamados a esa labor; tod@s podemos aportar y es bueno que se escuchen las opiniones de todos los tresjunqueños. Las ideas no son buenas ni malas; son susceptibles de llevarse a término o no, o simple cuestión de oportunidad. Todas pueden ser bienvenidas siempre y cuando prime por encima de cualquier cosa el objetivo común del desarrollo de nuestro pueblo.

Mi ánimo y mi disposición para debatir, tratar y abordar cuántas propuestas y alternativas podáis plantear y hacerlas llegar al equipo de gobierno, quiénes se enfrentan a una labor tan ardua y complicada como apasionante. Desde luego ganas y esfuerzo no les faltan, y así se lo reconozco.

Disfrutad de estos días de ocio y diversión que, con buen tino, ha diseñado este año el Ayuntamiento. Disfrutad de amistades y parentescos; aprovechad el tiempo y dedicadle unos breves instantes al progreso de nuestro pueblo. Lo agradeceremos todos, y especialmente nuestras próximas generaciones.

Que el tiempo no os cambie.