2019/07/02

Mestizos, hijos de padre y padre.

No deja de ser sorpresa que las cosas bien hechas tengan su premio. 

Acostumbrados, como estamos, a ser esclavos de la mediocridad más absoluta, elevamos a categoría de excelso lo que debe ser normal; a saber, que las cosas bien hechas bien parecen y deberían ser norma regular en cualquier actuación que nos propongamos.

Hemos asumido como norma la figura del idiotés, aquel que en la antigua Grecia se ocupaba, únicamente, de sus asuntos particulares, sin pararse a considerar los asuntos de índole más pública. Y parapetados en ese escudo de autosugestión que es considerar como importante únicamente lo nuestro, obviamos y despreciamos lo que nos es común, lo que nos engrandece, lo que nos ilumina y nos une como sociedad y como pueblo. Y junto a ello, indefectiblemente, sumamos la displicencia y la ausencia de sentimientos como normas básicas de nuestro comportamiento frente a terceros. El liberalismo es una tendencia demasiado absorbente como para escapar a ella. En definitiva, nos hemos deshumanizado.

Por eso, cuando un grupo de iguales, de vecinos y vecinas, convierten un hobby en algo hermoso que nos orgullece como pueblo, por minúsculos que seamos, debemos agradecerles su tiempo, su constancia y sus ganas de aprender. Reconocerles su empeño por llevar el nombre de nuestra patria chica por los múltiples rincones de esta provincia y esta región, que nos hace crecer como sociedad unida en la diversidad que nos debe caracterizar; “todos somos mestizos, hijos de padre y madre. ¿Quién no lo es?” Y es en esa mezcla donde los aspectos más nimios y minúsculos deben tomar cuerpo para crecer por encima de las simples sumas aritméticas.

No me resigno a pensar que una vez cambiamos el paso por un quítame allá esas pajas. Y más allá de los intereses particulares, que los hubo –idiotés, liberalismo,…-, todos fuimos arrastrados en una vorágine autodestructiva que casi acabó con nosotros. Y con el tiempo perdimos la perspectiva, la humanidad y la confianza. Demasiados resquemores para generar paz y progreso. Tal vez por eso, solo por eso, las pequeñas cosas son las que nos hacen crecer y recuperar la confianza.

La vida es una enseñanza constante sobre cómo afrontar las cotidianeidades, sobre los cómos y los porqués, sobre los comportamientos y nuestros miedos, sobre nuestras relaciones y nuestras amistades. Un necesario devenir salpicado de rectas y curvas pronunciadas que nos obligan a cambiar nuestra trayectoria en el momento más insospechado, a cambiar tendencias, apariencias y formas de pensamiento.

Todo ese gran cúmulo de sensaciones encontradas convergen en grandes emociones que, afortunadamente, empiezan a ser habituales y disfrutamos con ellas.

Todo eso es la Ronda de Triana.

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