2018/02/20

Una tormenta perfecta de emociones y pensamientos.

Hay ocasiones en que, fruto de una constante y persistente actividad mental en pos de caminos semi-inexplorados en nuestras latitudes, optamos por unir varias pasiones que convergen en día y hora con una alineación astral perfecta, la que nos permite dedicarnos unos minutos al alma y a la cuasi-contemplación desde unas buenas bambas de esas que ahora se estilan, también llamadas de runners, con las que recorremos senderos para llenar el corazón de anhelos y pensamientos utópicos, para pensar y decidir, para aclararnos y seguir caminando, en una simbiosis casi perfecta con el recorrido que nos anticipa el itinerario a recorrer.
Y tras el cerro en barbecho, despidiendo la tarde, como cada día, la Torre de la Iglesia.
He comprobado que hace una tarde perfecta para salir a disfrutar de la naturaleza y del entorno de mi pueblo, Tresjuncos, aunque dudo si hacerlo en bicicleta o a pie. No me decido; me apetece coger la bici, pero se está levantando viento y, honestamente, tampoco tengo ninguna obligación, ni tan siquiera conmigo mismo. En otras ocasiones, circunstancias como esta, y la indecisión, hubieran sido factor más que suficiente para quedarme adormilado en el sillón de casa. Se dan las condiciones perfectas: invierno, viento en aumento, un cierto amodorramiento… lo que vendría siendo una tormenta perfecta de domingo por la tarde para, literalmente, tumbarme en el sofá con los mandos al alcance de la mano para evitar más movimientos de los necesarios. Pero no, hoy no. Hoy se han alineado los astros para que confluyan muchos de los elementos que me permiten disfrutar de una buena caminata.

Sinceramente, cuando puedes juntar todas las pasiones en un único momento, ¿cuál es el motivo real que puede evitar que las disfrutemos? La vida, y las circunstancias, me han enseñado que una simple tarde dominguera de televisión no es una circunstancia de peso, aunque haya quien se empeñe en recordarme que debo descansar. 

Así que, una vez ataviado con la indumentaria del perfecto caminante dominguero, por cortesía de Decathlon, me calzo las bambas, me pongo el MP3 con mis 2 gigas de buen rock, una buena braga que me proteja la garganta y la mochila del andador de fin de semana, con espacios accesibles para el agua, el teléfono y la cámara de fotos. ¡Y allá que voy!

No he decidido la ruta a realizar, y eso me incomoda cada vez más porque, últimamente, me gusta programar el recorrido, visionarlo mentalmente, ajustando tiempos y tramos que, aunque luego se ven alterados, me permiten adelantar qué voy a ver, cuáles son las posibilidades de disfrutar y qué me puede importunar, más allá de algún encuentro inesperado con algún cansino histórico a destiempo, que hace de “su verdad” sentencia verdadera sin visos de duda.
Mis viejas bambas me unen al terreno. Que sea para siempre.
Y es que los ratos de caminata son mucho más que simples espacios expiatorios de penas por bula y glotonería. Son la excusa perfecta para vaciar mentes y descargar culpas autoimpuestas; para construir nuevos mundos y cimentar proyectos, plausibles en teoría, pero lejanos en la práctica. Son el espacio ideal para pisar terreno y recibir una buena hostia de realidad, de esa que edifican propios y extraños con los que se comparte paisanaje local y comarcal, a los que quieres entender pero que, en el fondo, son perfectos desconocidos, quizá por la simpleza en su actuación, o tal vez por mis excesivos devaneos intelectuales, los que me conducen, cada vez con mayor frecuencia, a terrenos semi-inexplorados de difícil encaje mental en las mentes de aquellos con los que comparto vecindad. No lo sé, y me preocupa relativamente, porque resulto poco entendible por los propios, pero es perfectamente asumible cuando lo que planteo se ve en ajenos, en emprendedores atrevidos que construyen éxito al amparo del trabajo, el esfuerzo y una idea bien pergeñada.

Y en esos páramos me hallo cuando dejo atrás la ermita del Cristo del Pozo, suena Neil Young en el MP3, y comienzo a ver longueras que verdean, vastas extensiones de surcos, de terreno, que hace tiempo dejaron atrás cualquier impronta de vegetación en forma de arbolado o cultivos leñosos. Diría que es un barbecho si no fuera porque las lluvias y nieves del invierno han adelantado el crecimiento de los cereales propios de temporada. Honestamente, me entristece el escaso cariño que nos tenemos, a nosotros mismos y a nuestro pueblo, solo comparable con las pocas ganas de trabajar de la que hacemos gala, estupidismo generalizado que limita con la frontera imaginaria de La Mancha, donde el más humilde complementa su sostén profesional con el terruño, siempre fiel en concesiones que marcan la diferencia entre la subsistencia y la economía desahogada. Cada vez lo entiendo menos.
En un ejercicio de improvisación controlada, me he decidido a recorrer el camino que va a Hontanaya, en otra época vía de comunicación principal con estatus de posible carretera, y que se quedó en el intento. Los quitamiedos a ambos lados del camino, y su anchura, así lo confirman. Eso me entristece aún más. Repetimos el mantra tan nacional de hacer de la anécdota, categoría y ahogarnos en miserias que enaltecen nuestro orgullo, pero nos empequeñecen como sociedad, limitan nuestras posibilidades y cercenan nuestras legítimas aspiraciones de desarrollo. No hemos aprendido. No somos capaces de luchar por lo verdaderamente importante porque pesan más los euros de puertas hacia adentro que el bien común de la sociedad. Seguimos mirándonos el ombligo con displicencia y los discursos aprendidos quedan en meras declaraciones de intenciones. Y lo que es peor, no sé si darme por vencido. Empiezo a planteármelo. Seguramente lo ganaría en tranquilidad, pero sería una traición a mí mismo. Desde luego, si hiciera caso a consejos ajenos no me andaría en estas, pero no sería yo. 

Entre los acordes de “Like a Rolling Stone”, de Bob Dylan, Endomondo me dice que llevo tres kilómetros andados. Apenas he empezado a sudar y el viento arrecia. No veo caminos anejos que me permitan dejar el camino principal en búsqueda de objetivos más humildes, así que decido seguir. A fin de cuentas, es lo que he hecho siempre, seguir con una idea. 

Voy buscando el límite municipal con Hontanaya en forma de tablilla de coto de caza, ensimismado con esa divisoria imaginaria que concede el sencillo honor de cruzar términos como recompensa a un esfuerzo ocioso. Apenas me doy cuenta de que a mi izquierda un pequeño cerrete está coronado con dos tinajas, de las de siempre, de las que antaño se usaban para almacenar vino en las bodegas. Y conforme me voy acercando observo que es una plantación de pistachos, la nueva moda en numerosos pueblos manchegos, pero moda productiva, al fin y al cabo, que ofrece más réditos que el tradicional tractoreo con que llenamos nuestras grandes extensiones de concentración parcelaria.

Me maravilla la locuacidad y retentiva de los paisanos que sientan cátedra en la Plaza Mayor, resolviendo los problemas del país, cuando se trata de memorizar parajes de nombres ancestrales y propietarios de tierras que, a mis ojos y a los de cualquier paseante de fin de semana, serían iguales en su mayoría. Otro indicativo más de que estamos más por lo ajeno que por lo propio. Y no dejo de pensar en aquello que dijo Jesucristo -o que dicen que dijo-, “vemos la paja en el ojo ajeno, y no vemos la viga en el nuestro”. Los arreglamundos son esos que saben de casi todo -en mi pueblo saben, especialmente, de agricultura-, dan consejos, se permiten opinar sentando cátedra y, a la hora de la verdad, apenas si tienen para llegar a fin de mes, pagar el gasoil de la calefacción o, sencillamente, permitirse unas cervezas y unas bravas en cualquier bar al uso. 

Reconozco que el mío es un pueblo osado y valiente, porque hay que serlo para crecernos ante nuestro bagaje como pueblo. Reconozco el mérito y la capacidad de discutir, de hablar, de opinar… y hasta de tener razón argumentando la subsistencia como forma de vida. En eso me vencen. Y es esa valentía la que permite el escarnio de quienes, como Juan o Jesús, han creído conveniente hacer del pistacho un motivo más de progreso, más acorde con los tiempos que corren y, desde luego, muchísimo más productivo. Y ese planteamiento lo comparto de principio a fin, porque se infieren muchas expectativas constructivas, de esfuerzo y de trabajo. Les agradezco las ganas de crecer y aportar nuevas visiones en el pueblo de la Bachillería, como con mucha razón nos bautizaron, sin considerar las opiniones de los expertos arreglamundos.

En esas ando, consumido por el estupor machadiano hacia Castilla y su empecinamiento en la autodestrucción, cuando compruebo que me separa de Hontanaya apenas unas centenas de metros. No sé a ciencia cierta la hora en que el Sol se pone, pero hace unos días comprobé que a las siete aún había claridad. Me reconforta el hecho de saber que la noche no me pillará en mitad del camino, pero decido volver. Creo que por hoy ya hay bastante. ¿Volveré parapetado en los mismos planteamientos y pensamientos? Intentaré que no sea así; me consume demasiada energía pensar que mi pueblo, de seguir así, tiene los días contados. ¿Una década?; ¿un par de ellas? El escenario que preveo para 2030, según mis propias estimaciones en base a la evolución de la población en los últimos 50 años, es de una población empadronada de 245 habitantes, con una pernoctación permanente de entre 140/150 habitantes. Triste realidad.

La mejor opción será regresar corriendo; al menos seré capaz de emparejar el gasto mental y el físico.

Llego a Tresjuncos casi con el ocaso, apurando los últimos rayos de sol. ¡Bonita estampa del pueblo! Supongo que la Iglesia será un buen lugar para despedir el día y aplacar mis pensamientos con la puesta de sol. 
Y siempre, la torre de la Iglesia en permanente vigilancia.
Creo que por hoy ya estará bien.

Que el tiempo no os cambie.

No hay comentarios:

Publicar un comentario