En un mundo que encumbra la aptitud por encima de la actitud, que busca la excelencia en los cuadernillos de calificaciones, que aboga por la maximización en toda su esencia y enaltece al ambicioso, tiene poco sentido pararse a pensar en la sencillez, la sinceridad y/o la humildad como formas preferentes en cualquier tipo de relación. Y no es algo baladí.
Llegar a este tipo de conclusiones, supongo, lo da la experiencia y el propio camino, el que siembras con afán de triunfar a costa de todo, o de todos, obviando cualquier otra consideración. El resultado suele ser caótico, pues casi siempre se hace cumbre en soledad, sin nadie a tu alrededor que pueda ver tu hazaña. Es justamente en ese preciso instante cuando el sinsentido alcanza su punto álgido; los fundamentos que han obrado tu clímax se derrumban cual castillo de naipes, y sólo un elemento tan mundano como el dinero puede ser el objetivo que justifique nuestro afán de notoriedad. Si esa es la respuesta, nuestra valía humana quedará muy desprestigiada.
Observo en mi devenir por el camino de lo privado las diferentes concepciones con que unas u otras empresas se afanan por lograr sus objetivos. A nadie se nos oculta que éstos son, básicamente, dinerarios –y, por supuesto, lógicos y coherentes con las ambiciones humanas-, aun cuando las maneras de alcanzarlos pueden ser significativos con respecto al sujeto pasivo –o paciente-, logrando ser vistos como meras máquinas de hacer dinero, y por tanto como auténtica rapiña, o, a sensu contrario, como verdaderos prestadores de servicios que unen a su condición económica, el factor personal. En este último caso, un servicio notable puede verse recompensado con una consideración óptima desde la óptica del trato y el respeto a quien “paga nuestras facturas”; o sea, nuestros clientes. Y esa es, probablemente, la mejor estrategia de empresa.
Ni soy experto en marketing ni pretendo serlo; mucho menos en ciencias empresariales o económicas, pero juzgo desde la experiencia, la que me da el hecho de enfrentarme a diario a un mundo de relaciones comerciales descarnado, sujeto por el juego sucio y la destrucción del competidor sin ningún tipo de miramiento, que raya en la indecencia más absoluta por el vil metal.
Al final del camino, hay quien consigue cumplir sus objetivos –a un ritmo más lento- desde el respeto y la honestidad; otros tienen dinero.
Una mala actuación hacia un cliente, desprovista de una disculpa y una asunción de responsabilidades, significa una deriva hacia la desconfianza y el resquemor, sentimientos que se magnifican cuando son varias las incongruencias recibidas. Una gran empresa nunca va a dar su brazo a torcer, más allá de interpretar un papel de receptividad moral en medios de comunicación de masas y redes sociales con el único de fin de generar una imagen no real, que al final tiene su traducción en un incremento de los beneficios en su cuenta de resultados. Para mi decepción, son cada vez más numerosos casos como los de Movistar, SEUR, Jazztel, SAFAME, Caser Seguros, etc., que priman su beneficio puntual por encima del bienestar del cliente que decide consumir sus productos, y acaba casi desquiciado; por el servicio, sí, pero también por intentar desistir de recibir sus servicios, y para lo que, prácticamente, te piden un certificado de penales.
Por el contrario, las pequeñas empresas nos enfrentamos a un guerra en el fango a diario. No sólo debemos ser competitivas en precio y calidad. Para mantener nuestra cartera debemos afanarnos por ser transparentes, cercanos y honestos, además de casi perfectos en la prestación del servicio; una especie de 12 pruebas de Hércules de las que tenemos reválida a diario, sin más colchón que el vacío.
Al final, la satisfacción queda reflejada en la cuenta de resultados, pero sobre todo en el hecho de que mañana volveremos a ver las mismas caras solicitando un nuevo producto. Es lo que sucede cuando se conoce a tus “amigos” por sus nombres y apellidos. Para otros, en cambio, sólo hay números y estrictas normas de funcionamiento.
Supongo que, visto así, “no existen duros a cuatro pesetas”.
Que el tiempo no os cambie.

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