La esencia de todas las cosas la encontramos en las acciones más sutiles, en actos cotidianos que nos acercan a realidades tangibles y sinceras, desprovistas de artificios que enmascaran contextos duros, inexplicablemente vivos, aunque sea con respiración asistida y la partida de defunción a falta de una simple firma.
Esa es la diferencia entre las estaciones de luz y las que nos llevan hacia el frío cuando se trata de conocer la realidad de nuestros pueblos: sencillamente, la certeza de la verdad cotidiana. Porque conocer la verdadera particularidad de éstos supone adentrarse en sus tripas cuando sus calles, plazas, esquinas y parques rezuman silencio; cuando abundan los silbidos de un viento que no cesa, aunque calme el tiempo, porque termina arrastrándolo todo, hasta las vivencias de quiénes una vez fueron; cuando dominan los espacios de vistas vacías entre rodapiés de azulete, fachadas empedradas y obras de nueva construcción que rompen armonías e identidades.
Soy amigo de visitar lugares que no aparecen entre el bullicio sapiente de quiénes se precian de conocer, abstraerme de la opinión oficial de los fulanos pensadores para construir la mía propia, sin que nadie tenga que darme instrucciones y encamine mis entenderas hacia la versión oficial por ser mayoría cualificada, que no conocedora. Por eso, porque necesito conocer realidades y sentir, me adentro en identidades rurales que se alejan de la nueva vorágine repobladora que se ha cimentado entre la amalgama de expertos que filosofan desde la esquina de un centro comercial o de una universidad, en campus llenos de ideas y faltos de experiencias.
A tal fin, algunos de mis breves espacios de recreo moran entre casas a medio derruir, calles con más contenedores que habitantes, casas de perennes persianas bajadas y protectores de puertas permanentes, y gatos, muchos gatos; tantos como para que el maullido se convierta en el idioma oficial de gran parte de los pueblos que salpican nuestras sierras, laderas y valles.
Hace unos días pude visitar la localidad de Olmedilla de Eliz, en la Alcarria más profunda, situada entre la carretera nacional N-320 (desvío a Arrancacepas) y Olmeda de la Cuesta, en el recorrido que propone la vía provincial CUV-2122. Son los dominios antaño pertenecientes a Alvar Fáñez, sobrino del Cid, y a su descendiente, Fíes Yáñez (tenéis más información histórica en el siguiente enlace: http://cuencaculturaynaturaleza.blogspot.com/2015/07/olmedilla-de-eliz.html).
Según el Padrón Municipal de Habitantes del INE, a 1 de enero de 2019 Olmedilla de Eliz contaba con 15 habitantes, 10 hombres y 5 mujeres. Pero ya se sabe lo que sucede con los padrones: a veces la realidad no es como nos la cuentan. Y en este caso, estaría por afirmar que no son ni tan siquiera 15 quienes habitan, regularmente, la localidad, aunque terciando un año como 2020 todo es posible, gracias sobre todo a esta novedosa pandemia de COVID-19 que ha trastocado vidas, ilusiones y cercanías.
A Olmedilla se la intuye desde Castillo de Albaráñez –la localidad más cercana-, cuando alguna nave y su camposanto ofician de señuelo para advertirnos de su humilde presencia, escondida tras un cerro, caída hacia el valle del río Viejo, afluente del Guadiela.
La localidad me recibe con un cielo plomizo, con lluvia fina de esa que va y viene, y un aire distraído, como de figurante de película. Sus calles están vacías y no se ve vida por ningún rincón, aunque tras aparcar el coche en la plaza percibo el sonido de una hormigonera, de las de obra pequeña, que se extiende por todo el pueblo. Es la única presencia humana que puedo apreciar, junto a algún coche estacionado en la vía pública y alguna puerta abierta de par en par, sin importar quien pueda importunar a esas horas, casi con la certeza de que nadie, salvo algún conocido, decidirá allanar una propiedad privada en mitad de La Alcarria. ¡Con la de posibles que hay en la ciudad!
La calle de entrada, la Del Calvario, es casi recta, sin estridencias ni vaivenes. Atraviesa casi todo el pueblo y observo, mientras paseo tranquilo bien pertrechado de anorak y paraguas, varias de sus casas hundidas, o semiderruidas, con solares llenos de piedras y escasa visión de futuro. Me sorprende que sean varias y que la calle principal, la que debería albergar un aire de más tronío, por aquello del qué dirán, muestre con esa crudeza un encefalograma que se antoja, casi, plano. Pero como ya conozco la historia y a veces la cosa no es como empieza, decido continuar mi recorrido, haciendo caso omiso a inmisericordes opiniones.
Olmedilla de Eliz tiene un edificio consistorial que rompe cualquier estética que pueda albergar el municipio. No soy un entendido en arquitectura; ni tan siquiera un aficionado, pero no hace falta serlo para saber que el edificio está allí como de prestado, con sus banderas y sus rejas castellanas, supongo que por lo de dotarlo de algo de la tierra, y un toque como de ciudad. Resulta paradójico. Tal vez para advertir, a quien quiera que por allí ande, que sí, que eso es el Ayuntamiento. Al menos denota vida, y eso me vale.
Mi paseo huele a leña. Es un olor conocido que me transporta a mi niñez, cuando las calles de Tresjuncos, o de Pedro Muñoz cuando visitaba a mis abuelos, desprendían ese aroma a encina, a oliva y a cepas de viñas. Esos tiempos en que el calor del hogar dependía del acopio de los restos de poda, y si había suerte de la limpieza de los montes. Un aroma que me recuerda a las tradicionales matanzas porcinas invernales con mi abuelo, reconvertidos en días de fiesta, con aderezos propios de la Navidad, por lo que suponía para las reservas calóricas anuales de una familia humilde. Y mientras viajo en el tiempo, pienso en que cada día es más difícil percibir ese olor, tan propio de nuestros pueblos, tan ligado a jornadas alegres alrededor de una buena lumbre… y con tanta gente buena que ya no está.
Un olor que tiene su plasmación visual en una chimenea que consigo localizar, que desprende un humo blanco y excesivamente aromático, como pidiendo disculpas por enturbiar el ambiente limpio del pueblo, y se cuela entre las calles por efecto de la presión atmosférica; pues ya se sabe que cuando ésta es baja, el humo se arremolinea a ras de suelo y es indicativo de mal tiempo. Una señal más de que Olmedilla no está vacía.
Me sorprende el alto número de solares que pueblan sus calles, con restos a la vista de viviendas que antaño albergaron vida, como si nadie quisiera hacerse cargo de ellos y el tiempo fuese un martillo constante que destruye sin esperar nada nuevo a cambio. ¿Cómo podemos ser tan crueles con lo que un día formó parte de nuestro patrimonio familiar, con lo que un día dio cobijo a nuestros antepasados y forma parte, indefectiblemente, de nosotros? Dicen que cuando las familias crecen, a partir de las terceras generaciones, las casas familiares se convierten en una especie de primo lejano del que nadie quiere hacerse cargo, pues necesitan mantenimiento y un gasto regular para mantenerlas decentemente. Y a mi humilde entender, faltan ganas de conservar nuestro ascendente patrimonial doméstico y sobra altanería de capital, que es la que nos atrapa cuando nos convertimos en seres urbanos anónimos. La excepción se produce, no obstante, cuando el antaño cobijo sirve para generar unos eurillos extra. En casos así nadie renuncia a su ascendente rural.
Siento una gran pena por el paisaje que me acompaña a lo largo de todo el recorrido, y no dejo de darle vueltas a los motivos por los que una persona, o varias, abandonan de manera tan drástica construcciones que, en el fondo, son recuerdos, vivencias, cariños y experiencias. Sí, desconozco las razones, pero me entristece profundamente lo que observo, como si hubiese una renuncia expresa al futuro y a la cotidianeidad de Olmedilla, y todo se fiara a espacios vacacionales breves. Y ni tan siquiera a eso.
Procuro desandar mis pasos en busca de la iglesia, que vislumbro en uno de los extremos del pueblo desde hace un rato. La rodea un muro de piedra, culminado en una puerta de hierro, cerrada a cal y canto con una cadena y un candado. Una gran placa, a la entrada, cortesía del Grupo de Acción Local CEDER Alcarria Conquense, me indica que se trata de la Iglesia en honor a San Andrés Apóstol. A simple vista, para los ojos de alguien inexperto como un servidor, el edificio se muestra añejo. El cartel me dice que existe constancia del mismo desde finales del siglo XVI, y que se produjeron añadidos posteriores. Me gustaría poder entrar y ver la iglesia en sus alrededores y en su interior, pero la cadena me lo impide –y no soy yo amigo de cruzar por dónde las razones me lo impiden o desaconsejan-. Y aun no siendo así, no sabría a quién pedirle la llave y si me la dejarían, por lo que decido ser práctico y fiarme de lo que recoge Miguel Romero Saiz en su obra “Pueblos de Cuenca”: “(…) la iglesia dedicada a San Andrés con ese retablo completo de dos cuerpos con columnas salomónicas en ese dorado de cierre de concha que le singulariza y su relieve del Buen Pastor con su túnica y su zamarra roja. Es una maravilla, tanto como ver la cantidad de tablas que encierra su Templo, Crucifixión, Cristo en todas sus posturas, su Caída, la Cruz, y luego esos Santos, San Bartolomé, San Matías, San Simón, y así, rodeados de madera en pequeños remates, sagrario, taburetes, armarios, cajonería, sillería y si cabe más, el púlpito de hierro forjado (…)”.
Mi credo hace tiempo que alcanzó la categoría de agnosticismo en grado sumo, casi en los límites con el ateísmo, pero no dejo de maravillarme por las joyas que la iglesia Católica dejó regadas por toda la geografía española, cual sello indeleble de su omnipotente poder en el transcurso de una historia que tiende a desprestigiar sus oscuros posicionamientos pasados en favor de los más acomodados. No obstante, convencimientos espirituales a un lado, los templos católicos son algunos de los mejores libros en que la historia y sus protagonistas dejaron escrito el devenir de los tiempos.
Me llama poderosamente la atención que la Iglesia, en lo que podrían ser parte de los cimientos en su parte oriental, tiene excavaciones que parecen ser cuevas. Desconozco si utilizadas como viviendas, bodegas o en algún otro uso, pero no deja de ser llamativa su ubicación, y no tanto su existencia, pues esta es zona de cuevas. La Alcarria está repleta de ellas, y Olmedilla de Eliz no es una excepción, buena parte de ellas ubicada en una pequeña ladera, frente al frontal norte de la Iglesia.
Me recreo en mi estancia por sus calles, buscando señales de su cotidianeidad más allá de los periodos festivos y estivales, pero me cuesta encontrarla salvo unas escasas muestras, a las que ya he hecho referencia, y un triciclo, desvencijado y viejo, tirado en uno de los numerosos solares que salpican el municipio. No obstante, algunas casas de nueva construcción, o restauradas de manera más acorde a los tiempos actuales, también surgen a mi encuentro. Las veo orgullosas y bien plantadas, sabedoras de que son una especie en extinción en las calles de Olmedilla.
Me pregunto por las razones que llevan a los pueblos a estas situaciones, sobre todo cuando a escasos siete u ocho kilómetros, Olmeda de la Cuesta, que podría presentar características similares en cuanto a su composición y habitantes, lleva tiempo trabajando en busca de un progreso que se resiste a llegar; a cambio el pueblo destila un aroma a caballo entre la modernidad y la tradición que ha sido elogiado en numerosos foros y congresos; y merece ser visitado.
Olmedilla de Eliz es ese lugar de La Alcarria Conquense en que ésta se torna inacabable, indómita, misteriosa, seca y húmeda a la par, sobria y espléndida, con un paisaje y unos entramados casi vírgenes, poco modelados por la mano del hombre, que dejan entrever las venas de la despoblación de una manera descarnada y furiosa. Tal vez por eso su visita es obligada, aunque sirva únicamente para alimentar el alma, las sensaciones y las creencias.
Puedes una pequeña galería fotográfica en el siguiente enlace:
Que el tiempo no os cambie.



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