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2022/03/06

Rada de Haro, un rincón para pensar.

En Rada de Haro no hay mucho que ver, pero hay mucho que aprender. Y repensar.

Viniendo de Belmonte, de Carrascosa de Haro o de La Alberca de Záncara, Rada se aparece como un minúsculo oasis a la espalda de cualquier atisbo de civilización, en mitad de un cruce de caminos que atraviesa La Mancha de noroeste a sureste, revelando secretos y humedales más de antaño que de ahora. 


He recorrido buena parte de sus calles y plazas. Están limpias, bien acondicionadas, con un respeto casi reverencial por lo que fue, pero sobre todo por lo que quieren llegar a ser. Vías largas, anchas en ocasiones, que atraviesan el pueblo y muestran sin pudor sus recovecos. 

Adoro recorrer estas pequeñas localidades en días nublados, con alguna gota a destiempo, el cielo encapotado, el frío atravesando las capas de mis ropas de abrigo y la soledad como única compañera. Es la mejor manera de descubrir, y conocer, esos menudos tesoros que son las vidas y futuros de cada lugar. Tengo claro que la primavera y el verano muestran realidades maquilladas, tal vez demasiado, y aspiro a ver lo que hay, no lo que deseo que haya.

Entre colinas varias, Rada extiende sus calles en una especie de agradable sube y baja, sin estridencias, como pidiendo perdón por tener que esforzarnos en algún repecho, poco pronunciado. En contraposición su gente, que no es mucha pero la hay, se muestra amable, comunicativa, con ganas de hablar y contar, tal y como he comprobado nada más llegar, a la entrada. 

Varios trabajadores del centro de acogida para menores llegados solos a España charlan animadamente, sin prisas. Supongo que algún cigarrillo ha caído y se disponen a continuar con su labor. Nos saludamos y me preguntan. Les sorprende mi gusto por el turismo en el corazón de la despoblación pero lo agradecen;  siempre es mejor conocer la realidad de primera mano que dejarse convencer por las líneas editoriales sensacionalistas que quieren dar voz a sus intereses en forma de titulares espurios. 

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción
Les pregunto por su experiencia con los mal llamados MENAS. "Muchos que hubiera", me responden. Me cuentan cómo es la adaptación de los chicos, sus ganas de aprender, su enorme sacrificio, su bondad, el esfuerzo que le ponen a la construcción de su nueva vida... y los definen con dos conceptos: trabajadores y buenas personas. No es que me descoloque mucho. A mí no, pero tal vez sería necesario que much@s de l@s que enarbolan discursos de odio se pasasen por aquí y vieran esta realidad que es, sobre todo, sincera. Y se muestra desnuda. Porque quien me lo dice es alguien de Rada que ha vivido siempre allí y ha sido testigo del lento vaciado del pueblo. "Si no fuera por ellos, no habría nadie aquí". Ahora, además de ellos, han llegado dos o tres familias. No me detalla problemas ni conflictos; sólo me manifiesta un enorme agradecimiento. 

Le he dado las gracias por la charla y la información y le comento mi intención de recorrer el pueblo."No hay mucho que ver pero se agradece la visita. Espero que te guste". No se lo digo pero no es la primera vez que vengo a Rada de Haro. Para mí es como ese lugar arcano al que huyes cuando necesitas esconderte, el armario de Narnia que se abre a un nuevo mundo a apenas 15 minutos de casa. 

Siempre me llaman la atención las iglesias de los pueblos. Su arte y su tamaño cuentan muchas cosas del pasado. Y Rada debe tenerlo a raudales, a juzgar por la monumentalidad de su templo. Me parece enorme en comparación con la cantidad de personas que residen. Y aún así, no creo que la totalidad sea asidua dominguera a los sermones del pastor titular. 

El panel informativo del Grupo de Acción Local ADI Záncara me dice que el culto está dedicado a la Virgen de la Asunción y que su construcción data del siglo XVII, sobre los restos de la antigua iglesia, que pudo ser Románica o protogótica. Una construcción que se derribó porque ¡resultaba pequeña para la gente que residía! Me parece una broma de mal gusto, casi obscena. Si seguimos un planteamiento similar no quiero imaginar qué tocaría ahora... ¡Y en cuántos pueblos! 

Me gusta mucho el arte pero entiendo lo justo, aunque reconozco en la iglesia una planta de cruz latina con una bóveda de crucero (¡ay!, mis clases de arte de COU) y un exterior donde parece verse, sobre la puerta, la imagen de una Virgen en piedra. El Sr. Google me lo confirma. Una vez más pienso en la excelente cobertura que tienen nuestros pequeños pueblos. ¡Chúpate esa, medio urbano! Aquí también llega Spotify. ¡Y no se corta! ¿Quién dice que no se puede teletrabajar en la España no vaciada? 

Mi paseo hacia el coche me lleva a atravesar, nuevamente, todo el pueblo. Esta vez por un itinerario diferente. No oigo televisores en las casas sino conversaciones. Me gusta. Hay vida. Las palabras tranquilas traspasan las fachadas y llenan las calles de diálogos y murmullos, algo lejanos, y algún cuchicheo a mi paso. Imagino a las mujeres mayores, tras el reflejo del cristal, descorriendo levemente las cortinas para ver quién anda sus calles y telefoneándose entre ellas advirtiendo de la presencia de un extraño -en este caso, yo-. Es una costumbre extendida en los pequeños pueblos. Cuando hay algo anormal, por leve que sea, se avisa. Se llama autoprotección, o instinto de supervivencia. Y sí; a ti que estás leyendo esto también te pasará si te adentras en estos territorios. Por un momento la "amenaza fantasma" serás tú. 

He aparcado mi utilitario a la entrada del pueblo, en el parque aledaño al pequeño nudo de carreteras que acoge Rada. Es un paraje sencillo, precioso, de piedra y verde, y enormes árboles que ofrecen sombra abundante. Me parece un regalo para quiénes decidimos dejarnos caer por allí.


Los pueblos que optan por adecentar sus entradas son dignos de encomio. Es una especie de saludo con el que mostrar respeto a los visitantes. Un "bienvenid@s" distinguido, cargado de simbolismo y agradecimiento. Y como de bien nacidos es ser agradecidos, este pequeño rincón manchego lo es en su totalidad, a decir de su encare primero, con ese parque tan coqueto y un añadido reciente de ADI Záncara: un llamativo graffiti quijotesco que refiere las bondades de nuestros pueblos. Un mensaje claro y directo con el que el medio rural se revela. ¡Qué gran labor de promoción local hacen los Grupos de Desarrollo Rural! 

Rada de Haro es un rincón silencioso, cálido de formas y gentes. Agradecido con quienes les visitan y con aquéllos que lo eligieron como origen de su nueva vida. Con un pasado que salvaguardar, sin duda. Y con un presente expectante que, de seguir así, cimentará un gran futuro para tod@s. Tal vez se llame Paco, Ahmed, María o Yusuf, ¡qué más da! Importan las buenas personas y su compromiso. 

Es como para aprender y pensarlo. 

2020/12/09

Olmedilla de Eliz: en el límite.

La esencia de todas las cosas la encontramos en las acciones más sutiles, en actos cotidianos que nos acercan a realidades tangibles y sinceras, desprovistas de artificios que enmascaran contextos duros, inexplicablemente vivos, aunque sea con respiración asistida y la partida de defunción a falta de una simple firma.

Esa es la diferencia entre las estaciones de luz y las que nos llevan hacia el frío cuando se trata de conocer la realidad de nuestros pueblos: sencillamente, la certeza de la verdad cotidiana. Porque conocer la verdadera particularidad de éstos supone adentrarse en sus tripas cuando sus calles, plazas, esquinas y parques rezuman silencio; cuando abundan los silbidos de un viento que no cesa, aunque calme el tiempo, porque termina arrastrándolo todo, hasta las vivencias de quiénes una vez fueron; cuando dominan los espacios de vistas vacías entre rodapiés de azulete, fachadas empedradas y obras de nueva construcción que rompen armonías e identidades.

Soy amigo de visitar lugares que no aparecen entre el bullicio sapiente de quiénes se precian de conocer, abstraerme de la opinión oficial de los fulanos pensadores para construir la mía propia, sin que nadie tenga que darme instrucciones y encamine mis entenderas hacia la versión oficial por ser mayoría cualificada, que no conocedora. Por eso, porque necesito conocer realidades y sentir, me adentro en identidades rurales que se alejan de la nueva vorágine repobladora que se ha cimentado entre la amalgama de expertos que filosofan desde la esquina de un centro comercial o de una universidad, en campus llenos de ideas y faltos de experiencias.

A tal fin, algunos de mis breves espacios de recreo moran entre casas a medio derruir, calles con más contenedores que habitantes, casas de perennes persianas bajadas y protectores de puertas permanentes, y gatos, muchos gatos; tantos como para que el maullido se convierta en el idioma oficial de gran parte de los pueblos que salpican nuestras sierras, laderas y valles. 


Hace unos días pude visitar la localidad de Olmedilla de Eliz, en la Alcarria más profunda, situada entre la carretera nacional N-320 (desvío a Arrancacepas) y Olmeda de la Cuesta, en el recorrido que propone la vía provincial CUV-2122. Son los dominios antaño pertenecientes a Alvar Fáñez, sobrino del Cid, y a su descendiente, Fíes Yáñez (tenéis más información histórica en el siguiente enlace: http://cuencaculturaynaturaleza.blogspot.com/2015/07/olmedilla-de-eliz.html).

Según el Padrón Municipal de Habitantes del INE, a 1 de enero de 2019 Olmedilla de Eliz contaba con 15 habitantes, 10 hombres y 5 mujeres. Pero ya se sabe lo que sucede con los padrones: a veces la realidad no es como nos la cuentan. Y en este caso, estaría por afirmar que no son ni tan siquiera 15 quienes habitan, regularmente, la localidad, aunque terciando un año como 2020 todo es posible, gracias sobre todo a esta novedosa pandemia de COVID-19 que ha trastocado vidas, ilusiones y cercanías.

A Olmedilla se la intuye desde Castillo de Albaráñez –la localidad más cercana-, cuando alguna nave y su camposanto ofician de señuelo para advertirnos de su humilde presencia, escondida tras un cerro, caída hacia el valle del río Viejo, afluente del Guadiela.

La localidad me recibe con un cielo plomizo, con lluvia fina de esa que va y viene, y un aire distraído, como de figurante de película. Sus calles están vacías y no se ve vida por ningún rincón, aunque tras aparcar el coche en la plaza percibo el sonido de una hormigonera, de las de obra pequeña, que se extiende por todo el pueblo. Es la única presencia humana que puedo apreciar, junto a algún coche estacionado en la vía pública y alguna puerta abierta de par en par, sin importar quien pueda importunar a esas horas, casi con la certeza de que nadie, salvo algún conocido, decidirá allanar una propiedad privada en mitad de La Alcarria. ¡Con la de posibles que hay en la ciudad!

La calle de entrada, la Del Calvario, es casi recta, sin estridencias ni vaivenes. Atraviesa casi todo el pueblo y observo, mientras paseo tranquilo bien pertrechado de anorak y paraguas, varias de sus casas hundidas, o semiderruidas, con solares llenos de piedras y escasa visión de futuro. Me sorprende que sean varias y que la calle principal, la que debería albergar un aire de más tronío, por aquello del qué dirán, muestre con esa crudeza un encefalograma que se antoja, casi, plano. Pero como ya conozco la historia y a veces la cosa no es como empieza, decido continuar mi recorrido, haciendo caso omiso a inmisericordes opiniones.

Olmedilla de Eliz tiene un edificio consistorial que rompe cualquier estética que pueda albergar el municipio. No soy un entendido en arquitectura; ni tan siquiera un aficionado, pero no hace falta serlo para saber que el edificio está allí como de prestado, con sus banderas y sus rejas castellanas, supongo que por lo de dotarlo de algo de la tierra, y un toque como de ciudad. Resulta paradójico. Tal vez para advertir, a quien quiera que por allí ande, que sí, que eso es el Ayuntamiento. Al menos denota vida, y eso me vale.

Mi paseo huele a leña. Es un olor conocido que me transporta a mi niñez, cuando las calles de Tresjuncos, o de Pedro Muñoz cuando visitaba a mis abuelos, desprendían ese aroma a encina, a oliva y a cepas de viñas. Esos tiempos en que el calor del hogar dependía del acopio de los restos de poda, y si había suerte de la limpieza de los montes. Un aroma que me recuerda a las tradicionales matanzas porcinas invernales con mi abuelo, reconvertidos en días de fiesta, con aderezos propios de la Navidad, por lo que suponía para las reservas calóricas anuales de una familia humilde. Y mientras viajo en el tiempo, pienso en que cada día es más difícil percibir ese olor, tan propio de nuestros pueblos, tan ligado a jornadas alegres alrededor de una buena lumbre… y con tanta gente buena que ya no está.

Un olor que tiene su plasmación visual en una chimenea que consigo localizar, que desprende un humo blanco y excesivamente aromático, como pidiendo disculpas por enturbiar el ambiente limpio del pueblo, y se cuela entre las calles por efecto de la presión atmosférica; pues ya se sabe que cuando ésta es baja, el humo se arremolinea a ras de suelo y es indicativo de mal tiempo. Una señal más de que Olmedilla no está vacía.

Me sorprende el alto número de solares que pueblan sus calles, con restos a la vista de viviendas que antaño albergaron vida, como si nadie quisiera hacerse cargo de ellos y el tiempo fuese un martillo constante que destruye sin esperar nada nuevo a cambio. ¿Cómo podemos ser tan crueles con lo que un día formó parte de nuestro patrimonio familiar, con lo que un día dio cobijo a nuestros antepasados y forma parte, indefectiblemente, de nosotros? Dicen que cuando las familias crecen, a partir de las terceras generaciones, las casas familiares se convierten en una especie de primo lejano del que nadie quiere hacerse cargo, pues necesitan mantenimiento y un gasto regular para mantenerlas decentemente. Y a mi humilde entender, faltan ganas de conservar nuestro ascendente patrimonial doméstico y sobra altanería de capital, que es la que nos atrapa cuando nos convertimos en seres urbanos anónimos. La excepción se produce, no obstante, cuando el antaño cobijo sirve para generar unos eurillos extra. En casos así nadie renuncia a su ascendente rural. 

Siento una gran pena por el paisaje que me acompaña a lo largo de todo el recorrido, y no dejo de darle vueltas a los motivos por los que una persona, o varias, abandonan de manera tan drástica construcciones que, en el fondo, son recuerdos, vivencias, cariños y experiencias. Sí, desconozco las razones, pero me entristece profundamente lo que observo, como si hubiese una renuncia expresa al futuro y a la cotidianeidad de Olmedilla, y todo se fiara a espacios vacacionales breves. Y ni tan siquiera a eso.

Procuro desandar mis pasos en busca de la iglesia, que vislumbro en uno de los extremos del pueblo desde hace un rato. La rodea un muro de piedra, culminado en una puerta de hierro, cerrada a cal y canto con una cadena y un candado. Una gran placa, a la entrada, cortesía del Grupo de Acción Local CEDER Alcarria Conquense, me indica que se trata de la Iglesia en honor a San Andrés Apóstol. A simple vista, para los ojos de alguien inexperto como un servidor, el edificio se muestra añejo. El cartel me dice que existe constancia del mismo desde finales del siglo XVI, y que se produjeron añadidos posteriores. Me gustaría poder entrar y ver la iglesia en sus alrededores y en su interior, pero la cadena me lo impide –y no soy yo amigo de cruzar por dónde las razones me lo impiden o desaconsejan-. Y aun no siendo así, no sabría a quién pedirle la llave y si me la dejarían, por lo que decido ser práctico y fiarme de lo que recoge Miguel Romero Saiz en su obra “Pueblos de Cuenca”: “(…) la iglesia dedicada a San Andrés con ese retablo completo de dos cuerpos con columnas salomónicas en ese dorado de cierre de concha que le singulariza y su relieve del Buen Pastor con su túnica y su zamarra roja. Es una maravilla, tanto como ver la cantidad de tablas que encierra su Templo, Crucifixión, Cristo en todas sus posturas, su Caída, la Cruz, y luego esos Santos, San Bartolomé, San Matías, San Simón, y así, rodeados de madera en pequeños remates, sagrario, taburetes, armarios, cajonería, sillería y si cabe más, el púlpito de hierro forjado (…)”.

Mi credo hace tiempo que alcanzó la categoría de agnosticismo en grado sumo, casi en los límites con el ateísmo, pero no dejo de maravillarme por las joyas que la iglesia Católica dejó regadas por toda la geografía española, cual sello indeleble de su omnipotente poder en el transcurso de una historia que tiende a desprestigiar sus oscuros posicionamientos pasados en favor de los más acomodados. No obstante, convencimientos espirituales a un lado, los templos católicos son algunos de los mejores libros en que la historia y sus protagonistas dejaron escrito el devenir de los tiempos.

Me llama poderosamente la atención que la Iglesia, en lo que podrían ser parte de los cimientos en su parte oriental, tiene excavaciones que parecen ser cuevas. Desconozco si utilizadas como viviendas, bodegas o en algún otro uso, pero no deja de ser llamativa su ubicación, y no tanto su existencia, pues esta es zona de cuevas. La Alcarria está repleta de ellas, y Olmedilla de Eliz no es una excepción, buena parte de ellas ubicada en una pequeña ladera, frente al frontal norte de la Iglesia.

Me recreo en mi estancia por sus calles, buscando señales de su cotidianeidad más allá de los periodos festivos y estivales, pero me cuesta encontrarla salvo unas escasas muestras, a las que ya he hecho referencia, y un triciclo, desvencijado y viejo, tirado en uno de los numerosos solares que salpican el municipio. No obstante, algunas casas de nueva construcción, o restauradas de manera más acorde a los tiempos actuales, también surgen a mi encuentro.  Las veo orgullosas y bien plantadas, sabedoras de que son una especie en extinción en las calles de Olmedilla.

Me pregunto por las razones que llevan a los pueblos a estas situaciones, sobre todo cuando a escasos siete u ocho kilómetros, Olmeda de la Cuesta, que podría presentar características similares en cuanto a su composición y habitantes, lleva tiempo trabajando en busca de un progreso que se resiste a llegar; a cambio el pueblo destila un aroma a caballo entre la modernidad y la tradición que ha sido elogiado en numerosos foros y congresos; y merece ser visitado.

Olmedilla de Eliz es ese lugar de La Alcarria Conquense en que ésta se torna inacabable, indómita, misteriosa, seca y húmeda a la par, sobria y espléndida, con un paisaje y unos entramados casi vírgenes, poco modelados por la mano del hombre, que dejan entrever las venas de la despoblación de una manera descarnada y furiosa. Tal vez por eso su visita es obligada, aunque sirva únicamente para alimentar el alma, las sensaciones y las creencias.

Puedes una pequeña galería fotográfica en el siguiente enlace: 

Mi Web: Manuelju

Que el tiempo no os cambie.

2020/10/02

Torrubia del Campo, la magnificencia de la sencillez.

Entre Horcajo de Santiago y Tarancón, a espaldas de Fuente de Pedro Naharro y Almendros, está el municipio de Torrubia del Campo, un pueblo llano de calles estrechas y marcados recovecos que dan fe de un pasado ilustre y brillante que se recorre con un sencillo paseo. 

Torrubia del Campo está en la Mancha Alta, en Cuenca, pero por su disposición y edificación bien podría estar en el corazón de La Mancha; solo hace falta perderse por sus rincones para comprobarlo.

Iglesia de Nuestra Señora del Valle

Es una localidad que sorprende, no por nada en concreto sino por el todo que conforma el casco urbano, un entramado bien construido, cohesionado y bien ensamblado alrededor de diferentes plazas y espacios de sorprendente anchura, bien aprovechados, convivientes con una mayoría de calles y travesías quasi laberínticas. Contribuye a su disfrute la escasa presencia de cuestas y su facilidad para el paseo calmado, amén de un entorno urbano de pasado orgulloso, como así se desprende de los escudos que adornan algunas de sus fachadas, y casas amplias, de frontispicios despejados en las que conviven lo rural, lo manchego y lo actual a partes iguales. 
Escudo  nobiliario

A diferencia de otras localidades, Torrubia del Campo es un pueblo realmente agradable a la vista. Por su situación y distribución, desde luego, pero también por el aspecto que presenta el municipio: limpio, cuidado y en el que se observa un escrupuloso respeto de sus vecinos por el patrimonio común del que disponen. A ello contribuye el semblante que presentan espacios como la plaza del ayuntamiento, con la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Valle enfrente del edificio consistorial -convenientemente restaurado y que honra a las excelsas balconadas manchegas-; la plaza de D. Pedro Roca; el edificio que alberga el colegio de la localidad y el consultorio médico, junto a las antiguas casas de los maestros –hoy convenientemente recuperadas y hogar de varias familias-; la intersección entre las calles Cara de Dios y Castilla-La Mancha, que alberga un significativo tributo a las víctimas del atentado del 11-M de 2004 de Atocha, y en particular a uno de sus vecinos, fallecido en tan fatídico crimen; o la ermita de San Isidro, ejemplo típico de construcción religiosa del siglo XVII. 

Caminar las calles de Torrubia es disfrutar de escudos nobiliarios, en buen estado de conservación, vinculados a la Orden de Santiago o a familias de importancia suma en la historia del pueblo, y viviendas que transmiten aromas del pasado, a pesar de que las construcciones originales se hayan visto reformadas. 

Se trata de una visita obligada si incluimos en nuestro deleite la Iglesia de Nuestra Señora del Valle, a la que, personalmente, definiría como majestuosa y monumental. Datada en el siglo XIII, consta de una nave central con dos laterales, que se comunican entre sí por arcos. Presenta elementos románicos y góticos, estos últimos añadidos en las reformas efectuadas posteriormente, y portadas neoclásicas. Su interior alberga, incluso, pilastras con capiteles corintios. Factores, todos ellos, que se unen al destacado y excelso cuidado que le confieren sus vecinos, un elemento evidente a la vista del más neófito en estas cuestiones. 

No es esta última una cuestión baladí. El cariño hacia nuestras raíces se gana con el respeto debido a su patrimonio, a su historia y a la sociedad que lo sustenta. Y es evidente que los torrubianos hace tiempo que lo consiguieron. 

No es de extrañar, con tales antecedentes, que el pueblo luzca con orgullo infraestructuras que enriquecen el capital del municipio, poniendo en valor su particular lucha contra el despoblamiento, tan común y con tantos entendidos en los tiempos que corren. Y es que, a veces, las grandes guerras se vencen desde pequeñas batallas, desde sutiles gestos que engrandecen a sus instigadores, alejándose de los espacios de los grandes pensadores de esquina y barra de bar. 

A infraestructuras tales como la Casa de cultura, con su pequeña gran biblioteca; un imponente salón de actos, rehabilitado en los tiempos de la pandemia para hacer más llevadera la espera de los festejos; la vivienda de mayores, de próxima apertura y tan esencial para la vida del pueblo como el agua para los campos; un adecuado servicio de transporte público, que conecta al municipio con Tarancón –y por extensión, con Madrid- en un corto espacio de tiempo; o un incipiente impulso emprendedor entre quienes antaño partieron y deciden regresar, o nunca se fueron –como la Despensa de Torrubia, de Mari Jose-, se une un más que adecuado mantenimiento de los viales y las dependencias municipales, un interés constante por el bienestar común y una colaboración perenne de residentes y visitantes, con la única motivación de conseguir pequeños logros que conviertan a Torrubia en una localidad ideal para ser visitada, y por qué no, vivida a diario. 

Si tuviera que quedarme con un mensaje, sería que Torrubia del Campo merece conocerse, visitarse y dársele una oportunidad como lugar de residencia, porque a todo lo anterior se une la tranquilidad de vivir en un pequeño pueblo sin tener que renunciar a las comodidades más materiales de una ciudad de tamaño medio, situadas a un escaso cuarto de hora de distancia. 

Las grandes guerras se ganan con pequeñas batallas. Y en su particular guerra contra el destino rural, Torrubia del Campo ya ha iniciado sus ofensivas, en silencio, sin alborotos, sin estridencias. Pero con paso firme y con un objetivo que tienen muy claro sus generales

Torrubia del Campo es la magnificencia de la sencillez.

Puedes una pequeña galería fotográfica en el siguiente enlace: 

2020/01/24

Disfrutando Cuenca: Cuevas de Velasco.



Cuevas de Velasco, en Cuenca, es una delicia para los sentidos. 
(Puedes ver todas las imágenes de Cuevas de Velasco en el siguiente enlace: https://manuelju.jimdosite.com/zascandileando/ o pinchando en las imágenes de este post)

Panorámica de Cuevas de Velasco desde la carretera de entrada (o salida).

Enclavado en plena Alcarria, a la espalda del Alto de Cabrejas, el pueblo destila buen gusto por doquier. 

Aprecio un gran respeto hacia su pasado y su presente, aunque una gran incertidumbre hacia su futuro. 

Pasear por sus calles me resulta muy agradable y elegante a la par. Son calles bien construidas, consecuentes con el paisaje del pueblo, sabedoras de su deambular en un entorno agreste, rudo, moldeado por el agua y el viento, en una mezcla casi imposible entre La Alcarria y La Serranía. 

Me sorprende el número de casas en las que se aprecia cotidianeidad, con persianas levantadas, una gran querencia hacia el sol de media mañana y un leve murmullo del televisor que se oye desde fuera. Se nota que el frío, cuando llega, es de verdad. 

Recorriendo los senderos bien delimitados que conducen a las cuevas, situadas al abrigo del cerro (y que dan nombre al pueblo), me adentro en sendas trabajadas, moldeadas por años de usos residenciales rurales a los que el clima y el paisaje vacunó contra el transcurrir del tiempo, quedando impávidas, aletargadas, expectantes ante los nuevos tiempos; esos que, al fin y a la postre, juegan en contra de su presente y su futuro. 

Alguna de las cuevas que abundan en el pueblo
Cuando decido volver a los límites urbanos que circundan el pueblo, el murete de piedra que sigo en mi deambular me lleva a la Cruz del Cura, un rollo de justicia en el camino de La Carrasquilla que nos indica que Cuevas fue, en tiempos pasados, un pueblo que gozaba del privilegio de impartir justicia (gracias por la información al magnífico blog http://cuevasdevelasco.blogspot.com/, y que os recomiendo visitar) . Me gustan estas construcciones; revelan un pasado destacado. 

No puedo irme del pueblo sin visitar el lavadero octogonal romano, uno de los más importantes de la provincia de Cuenca por su diseño y antigüedad. ¡Realmente espectacular! Digno de ser visitado; no todos los días podemos encontrar una construcción romana conservada con tanto esmero. 

Desando el camino del lavadero en dirección a la Iglesia y a la Plaza Mayor. Me fascina observar el contraste evidente entre las construcciones habitadas, aunque sean en breves temporadas, y esas otras en las que el tiempo se detuvo, camino de una hundimiento que llegará más pronto que tarde, por mucho que alguien quisiera remediarlo. Y aún así me reitero en la elegancia que destila la localidad, como si su situación sabida de Mirador Alcarreño la salvase del desasosiego a futuro que se intuye en la mayor parte de la España despoblada –que no Vaciada-, buena parte de la provincia de Cuenca incluida. 

Cuevas de Velasco es un buen sitio para abstraerse y parar el tiempo; para escuchar el viento y degustar el tenue sonido de la naturaleza, roto en ocasiones por el pitido del tren que, atravesando el valle, se lleva las esperanzas de un pueblo. 

Yo sigo pensando que un lugar tan bello no merece un final tan triste. Y por eso, sigo apostando y recorriendo los pequeños pueblos de Cuenca.

Que el tiempo no os cambie.

2019/07/22

La Alcarria Conquense, belleza escondida.

Los motivos que nos impulsan a visitar lugares son tan diversos como diversas pueden llegar a ser nuestras razones, nuestras ganas, nuestros quehaceres laborales o, sencillamente, nuestro destino.

El destino, esa fuerza que encontramos sin pretenderlo; o quizá nos viene dada por una conexión astral que nos empuja a estar allí donde el alma desea llevarnos en cada momento.


Las razones más peregrinas y humanas pueden ser las más esperadas cuando barruntamos descanso mental y bienestar, aunque sea en los confines de ningún sitio allá donde los caminos buscan espacios donde continuar su serpenteo, sin apenas presencia humana, donde el sol aprieta con fuerza y las risqueras son paisaje común que unifica nuestra ronda. Donde se percibe vacío y calidez, sencillez, tranquilidad, se paladea el tiempo y el futuro debe ser aquí y ahora.
La Alcarria desde la Ermita de la Virgen del Monte. 
La Peraleja

Un viaje a la Alcarria conquense es aventurarse a un misterio permanente, a un hastío derrotista para el común de los mortales que no perciben su cotidianeidad más allá del alquitrán que impregna la urbe descarnada; a una inmensidad árida y quasi virgen cuando julio deja caer sus rayos candentes abrasando ideas, desfigurando visiones nítidas de paisajes descomunales, oteando carreteras secundarias que conducen a la Laponia, maquillada por los veranos de los que una vez partieron para no volver; es adentrarse en un deambular de fiestas y verbenas que esconden silencios desgarradores cuando empiezan a acortar los días… Es ventear la esencia de la aridez crónica que provoca vacíos en el imaginario colectivo y desgarra las raíces comunes que una vez llenaron los campos.

Lo importante no se ve con los ojos; se percibe con el alma. Acercarse a La Alcarria requiere pasión y certeza existencial; requiere cariño y una mente sincera que absorba todo lo que la comarca ofrece, sin condicionamientos ni cortapisas que enturbien nuestro juicio.

La Alcarria Conquense es la sencillez rural del terreno virgen y sus gentes, esas que se saben herederas de un patrimonio vivo en algún lugar, que mana a borbotones entre sus grietas sinuosas y angostas pero abiertas y esperando a ser rescatadas.

La Alcarria Conquense son risqueras de mil formas, son ocres y blancos que abordan y llenan nuestros sentidos; son espacios salpicados de tierras, acequias y vergeles que se suceden en la inmensidad de un espacio que se sabe a la espalda del famoseo serrano, de la llanura manchega y de la ciudad que da nombre a la provincia, Cuenca. Y que tal vez por eso, solo tal vez, se entiende desde una percepción sincera y sin prejuicios. Nuestra Alcarria es sincera y cruda; nos mira de frente y se abre en canal para que comprobemos su inmensidad, lo amable y desgarrada que es a una misma vez, sin ambages ni dobleces.

La Alcarria Conquense es naturaleza sin artificios. Es el espectáculo descarnado que el tiempo imaginó para delirio de propios y extraños, pero aun no hemos entendido. Su mensaje es demasiado locuaz y crudo para asimilar su esencia.

La Alcarria Conquense es solidaridad, aun cuando ésta lastre su futuro e impregne los caracteres de la buena gente que la ama y la sufre, viendo pasar sus oportunidades por un canal que nunca debió pensarse.

La Alcarria Conquense es esperanza, porque así la presiento y la vivo en su oferta, llena de vestigios y vivencias de antaño.

La Alcarria conquense es romana, porque así lo ha querido Ercávica, Noheda y sus venas abiertas repletas de espejillo. Es de bronce porque se empeñó La Cava cada vez que mira de frente a la Sierra de Altomira, con el sol como último testigo diario de su espectacularidad.

La Alcarria conquense es aventura porque lo ha querido el Escabas y Buendía, con el Guadiela como testigo mudo de rincones casi perfectos que nos devuelven la fe en un mundo mejor.

La Alcarria es monumentalidad en Huete, en Bonilla, en Carrascosa y en Buendía, en Garcinarro y en Priego.

La Alcarria es paisaje global y sentido común, el que le pone Olmeda de la Cuesta, Portalrubio y Villalba del Rey en una lucha denodada por seguir rellenando mapas, calles y parques. O, al menos, espacios en televisión que denuncian el vacío constante y creciente que remueve conciencias pero no anclajes residenciales en la inmensidad de las grandes urbes.

La Alcarria Conquense es, y debe ser, oportunidad y desarrollo.

La Alcarria Conquense es belleza, y así la quiero seguir sintiendo y disfrutando en mis huidas desde La Mancha, desde mi Mancha, a la que conozco y quiero, la que me permite huir de tarde en tarde a destinos inciertos, hermosos y misteriosos, como a la Alcarria que imagino y disfruto cuando el tiempo es un regalo.

Que el tiempo no os cambie.

2015/08/04

Querido compañero Ximo...

Querido compañero Ximo:

Leo con estupor tus declaraciones acerca de la justicia del Trasvase Tajo-Segura, así como la necesidad de mantenerlo en los términos en que éste permanece. Y desconozco si éstas son fruto del “caloret valencià”, del desconocimiento, del populismo del que, de tarde en  tarde, nos gusta hacer gala, o de la demagogia más absoluta. Porque no puedo creer que un presidente autonómico pueda realizar unas declaraciones tan lamentables a costa del bienestar de los castellano-manchegos, salvo si son para alegrar los oídos al presidente del Consell Jurídic Consultiu o, como advertía al principio, son fruto de un golpe de calor, que este año lo hay, y en abundancia (http://www.clm24.es/articulo/actualidad/castilla-mancha-agua-ximo-puig-dice-trasvase-tajo-segura-cuestion-justa-mantener/20150803153814091205.html).

Desconozco si desde tu toma de posesión han sido más las presiones que has sufrido que las ocasiones que has tenido de conocer la realidad; y lo cierto es que tampoco me importa. Pero no estaría de más que antes de soltar la lengua, te avinieses de buenas a conocer, de primera mano, la realidad de una comarca absolutamente deprimida por obra y gracia de un erróneo ejercicio de solidaridad interterritorial, una zona dotada de numerosas posibilidades para su desarrollo, pero que se ha visto lastrada por la ignorancia y el egoísmo de quienes siempre se han considerado “ombligo del mundo”. Y nada más lejos de la realidad.

No somos una región rica, ni nos sobran los recursos pero somos conscientes de que éstos, bien aprovechados, servirían para dotarnos de un crecimiento a medio y largo plazo; para evitar que nuestros hijos tuvieran que buscarse el futuro fuera de nuestros pueblos; para dotarnos de nuevas posibilidades; para generar nuevas oportunidades en diferentes sectores económicos. Y todos ellos, asociados a la existencia de los embalses de cabecera del Tajo, esos que continuamente os empeñáis en expoliar con la excusa de la huerta levantina. ¡Qué envidia! En Castilla-La Mancha no nos dejan disponer de una huerta que nos permita mantener a nuestra población y generar riqueza en nuestros pueblos.

En tu descargo diré que eres presidente de la Comunidad Valenciana, y no tienes porqué conocer la realidad de Castilla-La Mancha; claro que eso deja bien a  las claras, si ese fuese tu argumento, que no eres un hombre de Estado ni, mucho menos, un defensor de la España de las Autonomías ni de la solidaridad entre territorios. Tampoco dice mucho acerca de tu voluntad de diálogo con otros territorios. Y, sinceramente, eso me entristece.

Poco importa la enormidad de recursos de que dispone la Comunidad Valenciana y, por supuesto, la vecina Región de Murcia. Poco importa el mar, las playas, los puertos, la hostelería, los campos de golf, el turismo, tanto de costa como de interior, la huerta, que podría ser regada con agua de las desaladoras que se hicieron a costa de los riñones de los españoles, la industria, las infraestructuras, etc. Prefieres que se dinamite una comarca despoblada a cambio de un puñado de votos; no quieres ser consciente de la realidad de La Alcarria, esa que, continuamente, se ha despreciado por numerosos gobernantes y partidos. Y es que poco importan los 10.000, 12.000, 15.000 ó 20.000 votos que podrían suponer La Alcarria y las zonas anexas –y aún si me apuras las provincias de Cuenca y Guadalajara- al lado de los votos de la Comunidad Valenciana y la Región de Murcia, mucho más pobladas y siendo polos de atracción para población rural, entre ellas de ésa que desprecias con tus palabras.

Los de interior, los paletillos de la boina calada, sabemos dónde está Gandía; y Cullera; y Denia; y Burriana; y Vinaroz; y Benidorm; y El Palomar… Y tantas y tantas poblaciones de esa comunidad. Las conocemos, aunque sólo sea porque de vez en cuando vamos a dejarnos allí nuestros ahorros,  pero dudo que tú sepas dónde está Chillarón del Rey; o Buendía; o Sacedón; o Villalba del Rey; o Mantiel; o Alcohujate…, ni mucho menos su problemática, la más sangrante, el tener que abastecerse de agua para consumo humano en cisternas teniendo al lado dos embalses con capacidad para 2.400 HM³.

Te invito, como compañeros que somos, a recorrer juntos estas tierras a las que quieres seguir esquilmando sus recursos; a recorrer las calles de sus pueblos y sus caminos; a hablar con su gente y a conocer su problemática; a explorar sus posibilidades y a entender que el trasvase, en los actuales términos, no es la solución a tus problemas ni a los de la Comunidad que gobiernas, sino la base que sigue alimentando el enfrentamiento entre comunidades vecinas.

Esperaré tu llamada; o tu mail; o tu whatsapp. Me es igual; tengo abiertas diferentes vías de contacto. Me cuesta creer que tú las tengas, pero confiaré en que así sea, aunque sólo sea como un ejercicio de lealtad entre compañeros, y nos dejes mostrarte nuestra realidad.


Al resto... que el tiempo no os cambie.

Abasteciéndose de agua para beber en Chillarón del Rey, a orillas de Entrepeñas.

2015/07/30

La realidad de los municipios Ribereños de Entrepeñas y Buendía.

Hace escasas fechas, y a raíz del post que publiqué con el título “Castilla se desangra” - http://el-largo-camino-de-adso.blogspot.com.es/2015/07/castilla-se-desangra.html -, alguien a quien aprecio mucho me comentó su absoluto desconocimiento acerca del Trasvase Tajo-Segura. De igual forma me dijo que lo único que conocía al respecto era por los comentarios que, de tarde en tarde, hacía en redes sociales.

Entiendo que, en esta misma línea, serán numerosas las personas residentes en otras latitudes que desconocen la realidad de los municipios de la cabecera del río Tajo, así como su problemática, por lo que me planteé realizar un ejercicio de síntesis, lo más objetivo posible, y un análisis del oscuro panorama al que se enfrentan estas localidades, enclavadas en plena Alcarria –Conquense y Guadalajareña- y en las que se aprecian escasas posibilidades de desarrollo de no terciar actuaciones contundentes que detengan la sangría socio-económica que sufren, ya de manera estructural, desde años ha.

No es ningún secreto que las provincias de Cuenca y Guadalajara, en su práctica totalidad –excepción hecha de honrosas localizaciones y comarcas- se enfrentan a una estrepitosa tendencia despobladora en buena parte de sus poblaciones. Y así lo recogía un artículo publicado en www.eldiario.es bajo el título “Las provincias de Cuenca y Guadalajara, "biológicamente muertas" –y que podéis encontrar en el siguiente enlace http://www.eldiario.es/clm/provincias-Cuenca-Guadalajara-biologicamente-muertas_0_333517005.html-. El artículo en cuestión hace mención a la Serranía Celtibérica, que abarca partes de estas dos provincias, pero olvida otra parte que, a pesar de situarse mucho más cerca de la capital de España y con una orografía mucho más favorable, está sometida a un continuo saqueo de sus recursos y, por extensión, a un acusado descenso de su población, enfrentándose, como en el caso de la Serranía Celtibérica, a la muerte biológica de no remediarlo de manera inmediata. Me refiero a La Alcarria, y más concretamente a los municipios ribereños de los embalses de cabecera del Río Tajo, Entrepeñas y Buendía. Ambos, junto a los embalses de Almoguera, Bolarque, Estremera y Zorita conforman lo que se denomina “El Mar de Castilla”.


BREVE HISTORIA.

Los embalses de Entrepeñas y Buendía fueron inaugurados en 1956 y 1958, respectivamente, y se vieron como una oportunidad para el desarrollo de la zona. A tal punto que en sus aguas y sus riberas crecieron oportunidades de negocio para la población local: infraestructuras socioeconómicas de carácter turístico, urbanizaciones y un importante número de viviendas secundarias, todo ello unido, lógicamente, a la apertura de oportunidades para el sector primario, esencial en estas comarcas.

Previamente, en 1953, la Dictadura Franquista aprobó la Orden Ministerial de 25 abril, que suponía un paso imprescindible para la posterior construcción del trasvase Tajo-Segura. Esta norma autorizaba la ampliación de la superficie de los regadíos en la Cuenca Hidrográfica del Segura en 12.500 nuevas hectáreas de tierra. 

Para dar soporte hídrico a estas superficies, el régimen franquista  aprobó el “Anteproyecto General de Aprovechamiento Conjunto de los Recursos Hidráulicos del Centro y Sureste de España, Complejo Tajo-Segura” (Orden Ministerial de 30 de julio de 1966). El texto recogía el derecho al trasvase en el caso de la "existencia de caudales sobrantes en la cuenca alimentadora (río Tajo)", y del estado de sequía en la cuenca receptora (río Segura).

La aprobación definitiva del trasvase Tajo-Segura se produjo en el Consejo de Ministros del 13 de septiembre del año 1968.

La Ley 21/1971, de 21 de junio, de Aprovechamiento Conjunto Tajo-Segura regulaba el trasvase anual de hasta 600 hectómetros cúbicos de una cuenca a otra. Esta cantidad era ampliable hasta los 1.000 hectómetros cúbicos anuales, tras la realización de las obras de regulación en la cuenca del Tajo. Esta Ley también recogía el derecho de la cuenca excedentaria a la realización de obras de compensación por el Trasvase al río Segura (compensaciones que 44 años después nadie ha visto).


La construcción del Trasvase Tajo-Segura finalizó en 1979, y dio al traste con buena parte de las opciones de crecimiento con que la zona contaba apenas dos décadas atrás. A pesar de que la sequía en el levante era el motivo principal que motivó esta obra faraónica, a nadie importó que la cabecera del Tajo sufriera, durante varios años, severos periodos de ausencias de lluvias, lo que motivó una creciente disminución de los recursos hídricos de la zona y, unido a ello, la desaparición de la economía asociada a los embalses.

En la actualidad, los municipios ribereños de ambas provincias, agrupados bajo la Asociación de Municipios Ribereños de Entrepeñas y Buendía – www.elmardecastilla.es- luchan contra el destino que los gobernantes españoles les han diseñado, enfrentándose a la continua incomprensión de tecnócratas y políticos, además de los receptores de estas aguas, los regantes del Levante, que valoran por encima de cualquier otra cosa la llegada de agua a la huerta levantina, sin pararse a considerar que todos los territorios merecen las mismas oportunidades, algo que sistemáticamente se niega por principio –y que pude comprobar personalmente-; una postura sostenida en el tiempo que ha cristalizado en una comarca vacía de futuro, cruelmente despoblada y envejecida por obra y gracia de quienes consideraron Castilla “el patio trasero de Madrid".

La Alcarria, y especialmente la conquense, es una de las zonas más despobladas del mundo; quienes hemos tenido oportunidad de visitarla y pasear por sus pueblos y caminos, sabemos que esta zona, a caballo entre la Mancha y la Serranía Conquense, está sembrada de pequeñas localidades y núcleos de población que apenas si disponen de una Iglesia y un triste consultorio médico, pésimo inventario de bienes públicos si realmente se desea ser pueblo de acogida de residentes, alejados de cualquier atisbo mínimamente urbano que permita a las familias estar cómodos y con todos los servicios cubiertos, incluso aquellos que las sociedades modernas demandan para todos los miembros del colectivo familiar. De ahí que aquel movimiento emigrante de los 50 y 60 se haya convertido en una monstruosa bola de nieve con una difícil recuperación.

Durante la primera del siglo XXI, el Gobierno de Castilla-La Mancha, consciente de la dificultad de estas zonas para garantizar su supervivencia, articuló una línea de programas y medidas que cristalizaron en un plan regional de desarrollo sostenible del medio rural, uno de los primeros intentos a nivel nacional que perseguía la revitalización de todas las zonas rurales de nuestra región. Junto a ello, se puso en funcionamiento el Plan de los Municipios Ribereños de Entrepeñas y Buendía, una actuación integral que debía ser la punta de lanza para conseguir revitalizar la zona en su totalidad, y que iba acompañada de múltiples actuaciones a diferentes niveles administrativos.

Pero quizá la mayor defensa que se hizo de la zona en cuestión fue el intento de reforma del Estatuto de Autonomía para paralizar el abastecimiento del levante a través del Trasvase Tajo-Segura, con el fin de acabar con el expolio continuado de nuestros recursos naturales y, consecuentemente, con nuestras oportunidades de desarrollo - http://www.rtve.es/noticias/20100426/reforma-del-estatuto-castilla-mancha-fracasa-tres-anos-despues/329074.shtml -. Una propuesta que contó con los votos en contra del Partido Popular, incluidos los representantes populares por las provincias castellano-manchegas, obedeciendo antes a los dictados de los Presidentes autonómicos de Murcia y la Comunidad Valenciana que a las necesidades de quienes les habían elegido y de quienes eran representantes.

Los datos de la propia Confederación del Tajo, a fecha 28 de julio de 2015, muestran que nuestros embalses de cabecera están a poco más del 17% de su capacidad total de agua embalsada: Buendía, con 286 hectómetros³ (el 17,45% de su capacidad) y Entrepeñas, con 149 hectómetros³ (17,84% de su capacidad), es decir, muy por debajo de los 600 hm³ que planteó el entonces Presidente Barreda y que anulan cualquier posibilidad de irrigación en los cultivos de la zona.

Los municipios ribereños, en la actualidad, muestran una preocupante tendencia de pérdida poblacional; en conjunto, los 22 municipios que componen esta comarca presentan un censo de 10.671 personas (que no residentes), un 13,4% menor que en 1996 (entonces era de 12.375 censados). Y si bien es cierto que desde esa fecha algunos municipios han ganado población (casos de Alcocer, Alocén o Sacedón, todos ellos en Guadalajara), la tónica general es de pérdida de población a un ritmo frenético (especial mención a Huete, con 456 censados menos que en 1996, lo que supone una pérdida de casi el 20% de su población).

Si bien es cierto que estos datos son preocupantes, el extremo varapalo poblacional de estos municipios lo vienen sufriendo desde 2011; en 3 años la comarca ha perdido 982 censados (más del 50% del total del periodo 1996-2014, que ha sido de 1.704 personas).


Así, con estos fríos datos en la mano y considerando los antecedentes que han marcado la trayectoria de los municipios ribereños durante el último tercio del siglo XX y todo lo andado del siglo XXI, es difícil pensar que esta comarca dispone de un futuro acorde a sus necesidades. Igualmente, se antoja complicado justificar la insistente petición de agua por parte de los regantes murcianos cuando en la comarca de cabecera apenas se disponen de cultivos de regadíos, fundamentalmente porque desde las diversas administraciones se impide la puesta en funcionamiento de estructuras que garanticen la supervivencia económica de esta comarca; y no hago mención, únicamente, al sector agrario, que necesariamente debería pasar por un proceso de transformación absoluto con el apoyo incondicional de las diferentes administraciones.

Los ribereños están necesitados de actuaciones integrales de manera inmediata -la autovía de La Alcarria era una buena opción para dinamizar esta comarca-, pero deberíamos de valorar la progresiva desaparición de negocios asociados a la zona, como empresas de multiaventura y navegación por los embalses -que tienden a desaparecer por la falta de agua en los pantanos-, la creciente disminución de agricultores y ganaderos que modernicen sus explotaciones en base al extraordinario recurso que tienen en sus orillas, debido a la continua negativa de administraciones; el cierre de segundas viviendas o la ausencia total de inversiones, ya sean del sector secundario, servicios o turísticas.


Junto a esta situación, a todas luces incomprensible por el continuo desprecio a la zona, a sus habitantes y a los pueblos que la conforman, se une la circunstancia de que la cuenca receptora, en este caso la del Segura, dispone de más agua que la cuenca cedente. Y como se ha visto más arriba,  -os recuerdo la norma que lo recogía: Orden Ministerial de 30 de julio de 1966- este texto reconocía el derecho al trasvase en el caso de la "existencia de caudales sobrantes en la cuenca alimentadora (río Tajo)", y del estado de sequía en la cuenca receptora (río Segura).

En función de la imagen que aparece más abajo, parece que no se cumple ni lo uno ni lo otro; y sin embargo el expolio del trasvase sigue produciéndose. 

Fuente: Confederación Hidrográfica del Segura y Confederación Hidrográfica del Tajo

Con estos antecedentes, y viendo la situación a que nos enfrentamos, me pregunto hasta cuándo vamos a tener que aguantar esta desmán y esta falta de respeto hacia nuestra Tierra y nuestra gente.

Espero que esto os aclare, algo más, la situación a que nos enfrentamos. Y si necesitáis más información, encantado de facilitárosla y, si fuera menester, mostrárosla.

Que el tiempo no os cambie.