Mostrando entradas con la etiqueta La Alcarria Conquense. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La Alcarria Conquense. Mostrar todas las entradas

2023/11/10

Olmeda de la Cuesta, una oda al buen gusto.

 

“La Alcarria es un hermoso país al que a la gente no le da la gana ir”.

Camilo José Cela.

 

No figura Cela entre mis autores predilectos, ni tan siquiera entre la pléyade de escritores a los que sigo en mis ratos de asueto literario, a los que procuro hacerles un seguimiento permanente una vez han dejado constancia de su proverbial pluma en mi bagaje personal. Y, aun así, ratificándome en la frase con la que abro este texto, “Viaje a la Alcarria” no deja de ser uno de mis libros de referencia. Quizá sea por la historia que cuenta; o tal vez sea por cómo lo cuenta. De lo que sí estoy seguro es que me apasiona por los lugares que recorre y su espléndido retrato de la realidad coyuntural que vivió Cela en aquella España Rural de 1946, quizá aún vigente en muchos lugares de esta parte de Castilla que muchos, erróneamente, conocen como España Vaciada.

Los libros nos eligen a nosotros, y no al revés.

Algo parecido decía Carlos Ruíz Zafón en “La sombra del viento” (cito de memoria), un libro que leí en la noche de los tiempos y que marcó parte de la última etapa de mi juventud. Aún hoy, entre mis propósitos de año nuevo mantengo la esperanza de una nueva visita a la vida y milagros de Julián Carax que anhela conocer Daniel Sempere. Pero, volviendo a Cela, suscribo al 100% la afirmación referida. Fue “Viaje a La Alcarria” quien me eligió a mí; no yo a ella. Tal vez porque una parte de mi yo es feliz cuando vislumbro la orografía alcarreña. O por lo misteriosos que me resultan sus caminos y paisajes. Sea como fuere, es una zona en la que disfruto y que me permite poner en el debe del Premio Nobel de Iria Flavia su limitada visión de tan maravillosa comarca, que no se ciñe solo a la provincia de Guadalajara. Madrid y Cuenca son las otras dos provincias en las que La Alcarria extiende sus redes, dividiendo los terrenos serranos del Sistema Ibérico con las Llanuras Manchegas.

En algo sí estoy de acuerdo con Cela: La Alcarria es un país al que la gente no le da la gana ir, pero que merece una, o varias, visitas. Por eso, cuando los caprichos del tiempo y la vida familiar me lo permiten, me adentro en territorios inhóspitos para el común de los mortales, espacios que antaño fueron considerados lugares de partida sin regreso, pueblos de origen con futuros inciertos de los que parecía más prudente abjurar por miedo a ser considerados, en la gran urbe, pueblerinos con ínfulas de grandeza. De los pueblos había que salir porque no había futuro. Y La Alcarria no sólo no fue una excepción, sino que pagó un alto precio a cambio de inciertas oportunidades con resultados dispares.

Esa Alcarria, la que visito, en la provincia de Cuenca, es en la actualidad uno de los territorios más despoblados de Castilla-La Mancha, de España y de Europa, una de las zonas consideradas desierto demográfico por la Unión Europea que merecen conocerse, visitarse y, sobre todo, mejor suerte para el futuro. Por eso, en días pasados, me dio la gana de volver a recorrer esas tierras, con un agradable paseo por la localidad de Olmeda de la Cuesta, en el corazón de la Alcarria conquense.

He dejado el coche a la entrada del pueblo, en una de las calles que da acceso a la plaza Mayor.

Me recibe una mañana de otoño tibia, con un sol tenue que lucha por quitarse de encima algunas nubes propias de la época, pero al que alguna que otra brisa le resta unos grados. Se agradece el sol cuando aparece, aunque reconozco que el otoño es mi estación favorita. Sus estampas son inigualables, y en el entorno de Olmeda de la Cuesta lo son aún más.

He visitado el pueblo en varias ocasiones, siempre como parte de alguna obligación profesional. Esta vez será diferente, y voy a disfrutarlo.

Me gusta aspirar el aire del lugar cuando bajo del coche. Es fresco y limpio. Se agradece. En el olor percibo una mezcla de humedad -relente que diría mi madre-, frío y leña, dejando constancia de que, aunque con escasos habitantes, en el pueblo hay gente. Por eso me niego a llamar a esta parte de mi país España Vaciada, o España Vacía, como hiciera Sergio del Molino, porque tal vez esté poco habitada pero no está vacía, ni de gente ni de ideas, que es el motivo principal por el que visito este pueblo.

Olmeda de la Cuesta es un ejemplo de buenas prácticas en el medio rural; una especie de banco de pruebas en una comarca semi olvidada que ha pasado a convertirse en algo así como un pueblo- museo al raso; un lugar para recordar en mitad de la aridez alcarreña. Reconozco, no obstante, que no me sorprende. Conozco al artífice, a la persona que lleva años ideando el futuro del municipio, siempre con un proyecto en la cabeza, o varios, que sirvan para recuperar la vida que antaño tuvo. Lo que no entiendo es cómo los medios de comunicación, con sus largos tentáculos, han tardado tanto tiempo en darse cuenta del enorme tesoro que hay en los aledaños de la CM-310, entre Huete y Cañaveras.


La Alcarria es zona de cuevas, antiguamente usadas para residir o elaborar y trasegar vino, y Olmeda no es una excepción, aunque no son tan abundantes como en otros municipios de la zona, como Torralba, Cuevas de Velasco o Villar del Infantado, por poner tres ejemplos. No obstante, su imbricación en el paisaje urbano es totalmente diferente, conformando un conglomerado digno de conocerse y disfrutarse.


Olmeda de la Cuesta ha alcanzado algo de fama en los últimos tiempos por llenar sus calles con collages e imágenes de antiguos anuncios que todos hemos visto en alguna ocasión, pasando a considerarse un museo de la publicidad al aire libre. Siendo esta una iniciativa ingeniosa y llena de creatividad, debe decirse que es la penúltima de una amplia lista de iniciativas realizadas por quien fue su alcalde hasta 2023, José Luis Regacho Duque, un tipo lleno de inquietudes, de ideas, de bondad, de sentido común y locura a partes iguales, y de coraje, que inició su proyecto cuando nadie hablaba de despoblación, cuando el desarrollo rural estaba en pañales y el futuro de los pequeños pueblos era poco menos que el sueño de unos Quijotes venidos a menos. De esta forma, con ingenio, inició la construcción de esculturas que se ensamblaban en el paisaje; consiguió árboles singulares, de diferentes especies, con significados llamativos (un esqueje del árbol del Guernica, de un olivo de Getsemaní,…); plantó árboles a los que apadrinan las familias del municipio y dio forma a edificios y calles con una nomenclatura propia.

El pueblo se muestra limpio, cuidado y silencioso. Apenas unos golpes de martillos, el sonido metálico de las barras que darán soporte al tejado en varias obras que se distribuyen por todo el municipio y, como complemento, alguna hormigonera. Señales de vida cómplice con un desarrollo pausado pero firme. 

Me gusta perderme por las calles de los pueblos que visito porque sé que antes o después encontraré el camino de regreso. Es la mejor manera de conocer un lugar. Y, además, cuento con la ventaja de que la cobertura del móvil es excelsa, por si tuviera que recurrir a Google Maps, algo impensable en estos ámbitos hasta no hace mucho. ¿Quién dijo que no se puede teletrabajar en estos parajes?

Cada calle, cada rincón, cada plaza es una oda al buen gusto y a las gentes del pueblo. A cada paso me acompaña una adecuada mezcla de murales publicitarios; esculturas de múltiples formas; árboles de muy diferentes especies a los que apadrinan familias y personas individuales, cuyo nombre figua a los pies de los mismos; nomenclatura de calles a juego con el conjunto; focos de diferentes tamaños que alumbran la oscuridad de los nuevos espacios; jardines bien cuidados en los que se aprovecha hasta las bocas rotas de las tinajas de barro; asientos de madera y esparto, de los que abundaban en las cocinillas al albur de las lumbres, que sujetan macetas; calles en las que se mezclan construcciones antiguas con espacios que homenajean al pueblo, a sus gentes y a sus tradiciones; letreros que recuerdan el pasado de los edificios en que se ubican; y, por encima de todo, un escrupuloso respeto a lo que representa el pueblo y el ansia por atraer a nuevos pobladores. En definitiva, un homenaje al progreso anhelado que parte de una estética novedosa y atractiva y se pierde en la inagotable imaginación de sus creadores. Sólo me ha faltado un bar en el que poder devolver una parte de lo que me ha dado el pueblo, porque no dejo de sentirme culpable cada vez que visito espacios rurales que me llenan hasta límites insospechados y no puedo tomarme un simple café y una tostada; pagos sencillos que ponen un ínfimo grano de arena en la construcción del porvenir, del que me gusta formar parte.

          Vuelvo a acordarme del Viaje a La Alcarria de Cela y me pregunto por qué a la gente no le da la gana viajar a esta zona. Tiene parajes maravillosos, rutas llenas de encanto, pueblos con una gran historia y gente amable y acogedora. Tal vez deberían darle el beneficio de la duda.

Dejo Olmeda de la Cuesta con la idea de regresar, comprobar los pasos que se van gestando y las nuevas realidades que convergerán en un, espero, futuro con casas llenas y niños corriendo por las calles. Y, al menos, un bar en el que poder desayunar y departir con las gentes que lo pueblen. Confío en ello.

Podéis ver más fotos de Olmeda de la Cuesta en el siguiente enlace:

Olmeda de la Cuesta


 

2020/12/09

Olmedilla de Eliz: en el límite.

La esencia de todas las cosas la encontramos en las acciones más sutiles, en actos cotidianos que nos acercan a realidades tangibles y sinceras, desprovistas de artificios que enmascaran contextos duros, inexplicablemente vivos, aunque sea con respiración asistida y la partida de defunción a falta de una simple firma.

Esa es la diferencia entre las estaciones de luz y las que nos llevan hacia el frío cuando se trata de conocer la realidad de nuestros pueblos: sencillamente, la certeza de la verdad cotidiana. Porque conocer la verdadera particularidad de éstos supone adentrarse en sus tripas cuando sus calles, plazas, esquinas y parques rezuman silencio; cuando abundan los silbidos de un viento que no cesa, aunque calme el tiempo, porque termina arrastrándolo todo, hasta las vivencias de quiénes una vez fueron; cuando dominan los espacios de vistas vacías entre rodapiés de azulete, fachadas empedradas y obras de nueva construcción que rompen armonías e identidades.

Soy amigo de visitar lugares que no aparecen entre el bullicio sapiente de quiénes se precian de conocer, abstraerme de la opinión oficial de los fulanos pensadores para construir la mía propia, sin que nadie tenga que darme instrucciones y encamine mis entenderas hacia la versión oficial por ser mayoría cualificada, que no conocedora. Por eso, porque necesito conocer realidades y sentir, me adentro en identidades rurales que se alejan de la nueva vorágine repobladora que se ha cimentado entre la amalgama de expertos que filosofan desde la esquina de un centro comercial o de una universidad, en campus llenos de ideas y faltos de experiencias.

A tal fin, algunos de mis breves espacios de recreo moran entre casas a medio derruir, calles con más contenedores que habitantes, casas de perennes persianas bajadas y protectores de puertas permanentes, y gatos, muchos gatos; tantos como para que el maullido se convierta en el idioma oficial de gran parte de los pueblos que salpican nuestras sierras, laderas y valles. 


Hace unos días pude visitar la localidad de Olmedilla de Eliz, en la Alcarria más profunda, situada entre la carretera nacional N-320 (desvío a Arrancacepas) y Olmeda de la Cuesta, en el recorrido que propone la vía provincial CUV-2122. Son los dominios antaño pertenecientes a Alvar Fáñez, sobrino del Cid, y a su descendiente, Fíes Yáñez (tenéis más información histórica en el siguiente enlace: http://cuencaculturaynaturaleza.blogspot.com/2015/07/olmedilla-de-eliz.html).

Según el Padrón Municipal de Habitantes del INE, a 1 de enero de 2019 Olmedilla de Eliz contaba con 15 habitantes, 10 hombres y 5 mujeres. Pero ya se sabe lo que sucede con los padrones: a veces la realidad no es como nos la cuentan. Y en este caso, estaría por afirmar que no son ni tan siquiera 15 quienes habitan, regularmente, la localidad, aunque terciando un año como 2020 todo es posible, gracias sobre todo a esta novedosa pandemia de COVID-19 que ha trastocado vidas, ilusiones y cercanías.

A Olmedilla se la intuye desde Castillo de Albaráñez –la localidad más cercana-, cuando alguna nave y su camposanto ofician de señuelo para advertirnos de su humilde presencia, escondida tras un cerro, caída hacia el valle del río Viejo, afluente del Guadiela.

La localidad me recibe con un cielo plomizo, con lluvia fina de esa que va y viene, y un aire distraído, como de figurante de película. Sus calles están vacías y no se ve vida por ningún rincón, aunque tras aparcar el coche en la plaza percibo el sonido de una hormigonera, de las de obra pequeña, que se extiende por todo el pueblo. Es la única presencia humana que puedo apreciar, junto a algún coche estacionado en la vía pública y alguna puerta abierta de par en par, sin importar quien pueda importunar a esas horas, casi con la certeza de que nadie, salvo algún conocido, decidirá allanar una propiedad privada en mitad de La Alcarria. ¡Con la de posibles que hay en la ciudad!

La calle de entrada, la Del Calvario, es casi recta, sin estridencias ni vaivenes. Atraviesa casi todo el pueblo y observo, mientras paseo tranquilo bien pertrechado de anorak y paraguas, varias de sus casas hundidas, o semiderruidas, con solares llenos de piedras y escasa visión de futuro. Me sorprende que sean varias y que la calle principal, la que debería albergar un aire de más tronío, por aquello del qué dirán, muestre con esa crudeza un encefalograma que se antoja, casi, plano. Pero como ya conozco la historia y a veces la cosa no es como empieza, decido continuar mi recorrido, haciendo caso omiso a inmisericordes opiniones.

Olmedilla de Eliz tiene un edificio consistorial que rompe cualquier estética que pueda albergar el municipio. No soy un entendido en arquitectura; ni tan siquiera un aficionado, pero no hace falta serlo para saber que el edificio está allí como de prestado, con sus banderas y sus rejas castellanas, supongo que por lo de dotarlo de algo de la tierra, y un toque como de ciudad. Resulta paradójico. Tal vez para advertir, a quien quiera que por allí ande, que sí, que eso es el Ayuntamiento. Al menos denota vida, y eso me vale.

Mi paseo huele a leña. Es un olor conocido que me transporta a mi niñez, cuando las calles de Tresjuncos, o de Pedro Muñoz cuando visitaba a mis abuelos, desprendían ese aroma a encina, a oliva y a cepas de viñas. Esos tiempos en que el calor del hogar dependía del acopio de los restos de poda, y si había suerte de la limpieza de los montes. Un aroma que me recuerda a las tradicionales matanzas porcinas invernales con mi abuelo, reconvertidos en días de fiesta, con aderezos propios de la Navidad, por lo que suponía para las reservas calóricas anuales de una familia humilde. Y mientras viajo en el tiempo, pienso en que cada día es más difícil percibir ese olor, tan propio de nuestros pueblos, tan ligado a jornadas alegres alrededor de una buena lumbre… y con tanta gente buena que ya no está.

Un olor que tiene su plasmación visual en una chimenea que consigo localizar, que desprende un humo blanco y excesivamente aromático, como pidiendo disculpas por enturbiar el ambiente limpio del pueblo, y se cuela entre las calles por efecto de la presión atmosférica; pues ya se sabe que cuando ésta es baja, el humo se arremolinea a ras de suelo y es indicativo de mal tiempo. Una señal más de que Olmedilla no está vacía.

Me sorprende el alto número de solares que pueblan sus calles, con restos a la vista de viviendas que antaño albergaron vida, como si nadie quisiera hacerse cargo de ellos y el tiempo fuese un martillo constante que destruye sin esperar nada nuevo a cambio. ¿Cómo podemos ser tan crueles con lo que un día formó parte de nuestro patrimonio familiar, con lo que un día dio cobijo a nuestros antepasados y forma parte, indefectiblemente, de nosotros? Dicen que cuando las familias crecen, a partir de las terceras generaciones, las casas familiares se convierten en una especie de primo lejano del que nadie quiere hacerse cargo, pues necesitan mantenimiento y un gasto regular para mantenerlas decentemente. Y a mi humilde entender, faltan ganas de conservar nuestro ascendente patrimonial doméstico y sobra altanería de capital, que es la que nos atrapa cuando nos convertimos en seres urbanos anónimos. La excepción se produce, no obstante, cuando el antaño cobijo sirve para generar unos eurillos extra. En casos así nadie renuncia a su ascendente rural. 

Siento una gran pena por el paisaje que me acompaña a lo largo de todo el recorrido, y no dejo de darle vueltas a los motivos por los que una persona, o varias, abandonan de manera tan drástica construcciones que, en el fondo, son recuerdos, vivencias, cariños y experiencias. Sí, desconozco las razones, pero me entristece profundamente lo que observo, como si hubiese una renuncia expresa al futuro y a la cotidianeidad de Olmedilla, y todo se fiara a espacios vacacionales breves. Y ni tan siquiera a eso.

Procuro desandar mis pasos en busca de la iglesia, que vislumbro en uno de los extremos del pueblo desde hace un rato. La rodea un muro de piedra, culminado en una puerta de hierro, cerrada a cal y canto con una cadena y un candado. Una gran placa, a la entrada, cortesía del Grupo de Acción Local CEDER Alcarria Conquense, me indica que se trata de la Iglesia en honor a San Andrés Apóstol. A simple vista, para los ojos de alguien inexperto como un servidor, el edificio se muestra añejo. El cartel me dice que existe constancia del mismo desde finales del siglo XVI, y que se produjeron añadidos posteriores. Me gustaría poder entrar y ver la iglesia en sus alrededores y en su interior, pero la cadena me lo impide –y no soy yo amigo de cruzar por dónde las razones me lo impiden o desaconsejan-. Y aun no siendo así, no sabría a quién pedirle la llave y si me la dejarían, por lo que decido ser práctico y fiarme de lo que recoge Miguel Romero Saiz en su obra “Pueblos de Cuenca”: “(…) la iglesia dedicada a San Andrés con ese retablo completo de dos cuerpos con columnas salomónicas en ese dorado de cierre de concha que le singulariza y su relieve del Buen Pastor con su túnica y su zamarra roja. Es una maravilla, tanto como ver la cantidad de tablas que encierra su Templo, Crucifixión, Cristo en todas sus posturas, su Caída, la Cruz, y luego esos Santos, San Bartolomé, San Matías, San Simón, y así, rodeados de madera en pequeños remates, sagrario, taburetes, armarios, cajonería, sillería y si cabe más, el púlpito de hierro forjado (…)”.

Mi credo hace tiempo que alcanzó la categoría de agnosticismo en grado sumo, casi en los límites con el ateísmo, pero no dejo de maravillarme por las joyas que la iglesia Católica dejó regadas por toda la geografía española, cual sello indeleble de su omnipotente poder en el transcurso de una historia que tiende a desprestigiar sus oscuros posicionamientos pasados en favor de los más acomodados. No obstante, convencimientos espirituales a un lado, los templos católicos son algunos de los mejores libros en que la historia y sus protagonistas dejaron escrito el devenir de los tiempos.

Me llama poderosamente la atención que la Iglesia, en lo que podrían ser parte de los cimientos en su parte oriental, tiene excavaciones que parecen ser cuevas. Desconozco si utilizadas como viviendas, bodegas o en algún otro uso, pero no deja de ser llamativa su ubicación, y no tanto su existencia, pues esta es zona de cuevas. La Alcarria está repleta de ellas, y Olmedilla de Eliz no es una excepción, buena parte de ellas ubicada en una pequeña ladera, frente al frontal norte de la Iglesia.

Me recreo en mi estancia por sus calles, buscando señales de su cotidianeidad más allá de los periodos festivos y estivales, pero me cuesta encontrarla salvo unas escasas muestras, a las que ya he hecho referencia, y un triciclo, desvencijado y viejo, tirado en uno de los numerosos solares que salpican el municipio. No obstante, algunas casas de nueva construcción, o restauradas de manera más acorde a los tiempos actuales, también surgen a mi encuentro.  Las veo orgullosas y bien plantadas, sabedoras de que son una especie en extinción en las calles de Olmedilla.

Me pregunto por las razones que llevan a los pueblos a estas situaciones, sobre todo cuando a escasos siete u ocho kilómetros, Olmeda de la Cuesta, que podría presentar características similares en cuanto a su composición y habitantes, lleva tiempo trabajando en busca de un progreso que se resiste a llegar; a cambio el pueblo destila un aroma a caballo entre la modernidad y la tradición que ha sido elogiado en numerosos foros y congresos; y merece ser visitado.

Olmedilla de Eliz es ese lugar de La Alcarria Conquense en que ésta se torna inacabable, indómita, misteriosa, seca y húmeda a la par, sobria y espléndida, con un paisaje y unos entramados casi vírgenes, poco modelados por la mano del hombre, que dejan entrever las venas de la despoblación de una manera descarnada y furiosa. Tal vez por eso su visita es obligada, aunque sirva únicamente para alimentar el alma, las sensaciones y las creencias.

Puedes una pequeña galería fotográfica en el siguiente enlace: 

Mi Web: Manuelju

Que el tiempo no os cambie.

2020/01/24

Disfrutando Cuenca: Cuevas de Velasco.



Cuevas de Velasco, en Cuenca, es una delicia para los sentidos. 
(Puedes ver todas las imágenes de Cuevas de Velasco en el siguiente enlace: https://manuelju.jimdosite.com/zascandileando/ o pinchando en las imágenes de este post)

Panorámica de Cuevas de Velasco desde la carretera de entrada (o salida).

Enclavado en plena Alcarria, a la espalda del Alto de Cabrejas, el pueblo destila buen gusto por doquier. 

Aprecio un gran respeto hacia su pasado y su presente, aunque una gran incertidumbre hacia su futuro. 

Pasear por sus calles me resulta muy agradable y elegante a la par. Son calles bien construidas, consecuentes con el paisaje del pueblo, sabedoras de su deambular en un entorno agreste, rudo, moldeado por el agua y el viento, en una mezcla casi imposible entre La Alcarria y La Serranía. 

Me sorprende el número de casas en las que se aprecia cotidianeidad, con persianas levantadas, una gran querencia hacia el sol de media mañana y un leve murmullo del televisor que se oye desde fuera. Se nota que el frío, cuando llega, es de verdad. 

Recorriendo los senderos bien delimitados que conducen a las cuevas, situadas al abrigo del cerro (y que dan nombre al pueblo), me adentro en sendas trabajadas, moldeadas por años de usos residenciales rurales a los que el clima y el paisaje vacunó contra el transcurrir del tiempo, quedando impávidas, aletargadas, expectantes ante los nuevos tiempos; esos que, al fin y a la postre, juegan en contra de su presente y su futuro. 

Alguna de las cuevas que abundan en el pueblo
Cuando decido volver a los límites urbanos que circundan el pueblo, el murete de piedra que sigo en mi deambular me lleva a la Cruz del Cura, un rollo de justicia en el camino de La Carrasquilla que nos indica que Cuevas fue, en tiempos pasados, un pueblo que gozaba del privilegio de impartir justicia (gracias por la información al magnífico blog http://cuevasdevelasco.blogspot.com/, y que os recomiendo visitar) . Me gustan estas construcciones; revelan un pasado destacado. 

No puedo irme del pueblo sin visitar el lavadero octogonal romano, uno de los más importantes de la provincia de Cuenca por su diseño y antigüedad. ¡Realmente espectacular! Digno de ser visitado; no todos los días podemos encontrar una construcción romana conservada con tanto esmero. 

Desando el camino del lavadero en dirección a la Iglesia y a la Plaza Mayor. Me fascina observar el contraste evidente entre las construcciones habitadas, aunque sean en breves temporadas, y esas otras en las que el tiempo se detuvo, camino de una hundimiento que llegará más pronto que tarde, por mucho que alguien quisiera remediarlo. Y aún así me reitero en la elegancia que destila la localidad, como si su situación sabida de Mirador Alcarreño la salvase del desasosiego a futuro que se intuye en la mayor parte de la España despoblada –que no Vaciada-, buena parte de la provincia de Cuenca incluida. 

Cuevas de Velasco es un buen sitio para abstraerse y parar el tiempo; para escuchar el viento y degustar el tenue sonido de la naturaleza, roto en ocasiones por el pitido del tren que, atravesando el valle, se lleva las esperanzas de un pueblo. 

Yo sigo pensando que un lugar tan bello no merece un final tan triste. Y por eso, sigo apostando y recorriendo los pequeños pueblos de Cuenca.

Que el tiempo no os cambie.

2019/07/22

La Alcarria Conquense, belleza escondida.

Los motivos que nos impulsan a visitar lugares son tan diversos como diversas pueden llegar a ser nuestras razones, nuestras ganas, nuestros quehaceres laborales o, sencillamente, nuestro destino.

El destino, esa fuerza que encontramos sin pretenderlo; o quizá nos viene dada por una conexión astral que nos empuja a estar allí donde el alma desea llevarnos en cada momento.


Las razones más peregrinas y humanas pueden ser las más esperadas cuando barruntamos descanso mental y bienestar, aunque sea en los confines de ningún sitio allá donde los caminos buscan espacios donde continuar su serpenteo, sin apenas presencia humana, donde el sol aprieta con fuerza y las risqueras son paisaje común que unifica nuestra ronda. Donde se percibe vacío y calidez, sencillez, tranquilidad, se paladea el tiempo y el futuro debe ser aquí y ahora.
La Alcarria desde la Ermita de la Virgen del Monte. 
La Peraleja

Un viaje a la Alcarria conquense es aventurarse a un misterio permanente, a un hastío derrotista para el común de los mortales que no perciben su cotidianeidad más allá del alquitrán que impregna la urbe descarnada; a una inmensidad árida y quasi virgen cuando julio deja caer sus rayos candentes abrasando ideas, desfigurando visiones nítidas de paisajes descomunales, oteando carreteras secundarias que conducen a la Laponia, maquillada por los veranos de los que una vez partieron para no volver; es adentrarse en un deambular de fiestas y verbenas que esconden silencios desgarradores cuando empiezan a acortar los días… Es ventear la esencia de la aridez crónica que provoca vacíos en el imaginario colectivo y desgarra las raíces comunes que una vez llenaron los campos.

Lo importante no se ve con los ojos; se percibe con el alma. Acercarse a La Alcarria requiere pasión y certeza existencial; requiere cariño y una mente sincera que absorba todo lo que la comarca ofrece, sin condicionamientos ni cortapisas que enturbien nuestro juicio.

La Alcarria Conquense es la sencillez rural del terreno virgen y sus gentes, esas que se saben herederas de un patrimonio vivo en algún lugar, que mana a borbotones entre sus grietas sinuosas y angostas pero abiertas y esperando a ser rescatadas.

La Alcarria Conquense son risqueras de mil formas, son ocres y blancos que abordan y llenan nuestros sentidos; son espacios salpicados de tierras, acequias y vergeles que se suceden en la inmensidad de un espacio que se sabe a la espalda del famoseo serrano, de la llanura manchega y de la ciudad que da nombre a la provincia, Cuenca. Y que tal vez por eso, solo tal vez, se entiende desde una percepción sincera y sin prejuicios. Nuestra Alcarria es sincera y cruda; nos mira de frente y se abre en canal para que comprobemos su inmensidad, lo amable y desgarrada que es a una misma vez, sin ambages ni dobleces.

La Alcarria Conquense es naturaleza sin artificios. Es el espectáculo descarnado que el tiempo imaginó para delirio de propios y extraños, pero aun no hemos entendido. Su mensaje es demasiado locuaz y crudo para asimilar su esencia.

La Alcarria Conquense es solidaridad, aun cuando ésta lastre su futuro e impregne los caracteres de la buena gente que la ama y la sufre, viendo pasar sus oportunidades por un canal que nunca debió pensarse.

La Alcarria Conquense es esperanza, porque así la presiento y la vivo en su oferta, llena de vestigios y vivencias de antaño.

La Alcarria conquense es romana, porque así lo ha querido Ercávica, Noheda y sus venas abiertas repletas de espejillo. Es de bronce porque se empeñó La Cava cada vez que mira de frente a la Sierra de Altomira, con el sol como último testigo diario de su espectacularidad.

La Alcarria conquense es aventura porque lo ha querido el Escabas y Buendía, con el Guadiela como testigo mudo de rincones casi perfectos que nos devuelven la fe en un mundo mejor.

La Alcarria es monumentalidad en Huete, en Bonilla, en Carrascosa y en Buendía, en Garcinarro y en Priego.

La Alcarria es paisaje global y sentido común, el que le pone Olmeda de la Cuesta, Portalrubio y Villalba del Rey en una lucha denodada por seguir rellenando mapas, calles y parques. O, al menos, espacios en televisión que denuncian el vacío constante y creciente que remueve conciencias pero no anclajes residenciales en la inmensidad de las grandes urbes.

La Alcarria Conquense es, y debe ser, oportunidad y desarrollo.

La Alcarria Conquense es belleza, y así la quiero seguir sintiendo y disfrutando en mis huidas desde La Mancha, desde mi Mancha, a la que conozco y quiero, la que me permite huir de tarde en tarde a destinos inciertos, hermosos y misteriosos, como a la Alcarria que imagino y disfruto cuando el tiempo es un regalo.

Que el tiempo no os cambie.