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2017/06/27

La política de los pequeños gestos.



Que el tiempo da y quita razones es una verdad irrefutable. Otra, que no hay más ciego que el que no quiere ver ni más sordo que el no quiere oír. 

Atendiendo a estas dos máximas, entiendo necesario un sano ejercicio de proactividad y empatía entre quienes se esmeran por erigirse en primus interpares del egocentrismo, de la inanición profesional y la indiferencia personal. Individuos mezcla de autodidacta y dictador en ciernes que asumen, como filosofía central de su pequeño mundo, su propio pensamiento sin asumir, ni tan siquiera un ápice, que existen opiniones diferentes que deberían ser escuchadas o, cuando menos, tenerlas en consideración, aun cuando supongan dar al traste con planteamientos propios que puedan antojarse divergentes.

Para esta clase de personas, convertirse en esclavo de los desaires propios tiene como consecuencia culpar al ajeno cuando el objetivo alcanzado no es el esperado. Un instante en el que cualquier pequeño gesto, frase o acto es el detonante perfecto para hacer saltar todo por los aires, sin medir consecuencias físicas o emotivas, sin considerar elementos subjetivos pasados que aunaron voluntades en torno a un mismo objetivo. Sin valorar esfuerzos a costa de lo propio. Sencillamente un resorte, un diminuto mecanismo que de un solo plumazo convierte una situación tranquila en un DEFCON 2 con riesgo de incrementar el nivel de riesgo por un quítame allá esas pajas. 

No soy quien para dar lecciones; me limito a expresar lo que siento y pienso al respecto de las situaciones que me marca la vida. Y dentro de ese aprendizaje continuo, mi razón me dice que en una sociedad harta de eufemismos y de razones absolutas, los pequeños gestos, el entendimiento y la empatía son valores que debe usarse mucho más a menudo, sin cortapisas, sin juicios previos que nos predispongan a construir una línea de defensa sin conocer al enemigo. 



Yo lo hice. Terminé luchando contra Molinos de Viento que creía gigantes. Y si yo, a mis cuarenta y pocos que diría Sabina, entendí que era contraproducente vivir hastiado por fantasmas, ¡cuánto más no deberían saberlo aquéllos a quienes la vida los ha situado al borde de abismos serios en una, varias o numerosas ocasiones! Y sin embargo, continúan sin ceder en sus pretensiones, incluso reconociendo de puertas hacia adentro que podrían haber estado equivocados.

Ya no me creo la teoría de las cebollas. Creo que quien desea crecer en lo humano, que quien desea construir, sea en el ámbito que sea, debe ceder en sus postulados, asumir que existen otras maneras de pensar y de comportarse, y que el elemento distintivo, provenga de donde provenga, no debe ser sino un factor motivador para construir entornos más afectivos y humanos, asumiendo la diversidad como necesaria, por diversos que sean los puntos de partida. Por tanto, todo lo que no sea construir en positivo, por duro que sea, tiene valor cero. Y lo aplicaría a cualquier ámbito al que nos enfrentemos, por dispar que pueda parecer. No hay progreso sin acuerdo; no hay amistad sin espacios de entendimiento mutuo; no hay crecimiento sin la suma de voluntades y esfuerzos. 

El tiempo da y quita razones, pero es mejor compartir una planteamiento equivocado que podamos restaurar juntos que otro que haga saltar por los aires cualquier atisbo de entendimiento entre personas que, solo por el hecho de serlo, se merecen una consideración personal y profesional. A este último, por supuesto, le sumaremos el coste emocional de sentirse responsable en su totalidad.

Pequeños gestos, entendimiento y empatía; una receta sencilla aplicable a todos los ámbitos. 

PD: funciona mejor con una dosis generosa de humildad.

Que el tiempo no os cambie.




2016/06/07

De puntillas por el debate Iglesias-Rivera

No es mi intención hacer un análisis del programa “Salvados” del pasado domingo, 5 de junio, en el que, nuevamente, se vieron las caras Iglesias y Rivera. Y no quiero hacerlo porque junto al hartazgo del vulgo hacia su clase política, no han sido pocas las tertulias, debates y programas de información que han dado buena cuenta del acontecimiento en cuestión, dedicándose a analizar gestos, rostros, ademanes, muecas, expresiones, tonos,…, y cada cual, cada espacio informativo, con su línea editorial como base de enjuiciamiento, arrimando el ascua a su sardina, contentando al capital que paga las correspondientes nóminas, ya sean completas o parciales, de presentadores, tertulianos, analistas, vividores y demás fauna que habita por estudios y platós de éste nuestro país, y que tantos conocimientos tiene de todo.

No, no es mi intención, fundamentalmente porque en un momento en el que la sociedad está, más que nunca, necesitada de líderes que planteen soluciones a los graves problemas que le afectan, las nuevas hornadas políticas se han enfundado el traje de mamporreros a sueldo para desacreditar, sea como sea, al adversario –que más parecía enemigo- y dejarlo en paños menores ante un país necesitado de estadistas con altura de miras. Os aseguro que a ninguno los consideraré como tales, ni siquiera en modo condicional, y menos ahora, tras el bochorno dominguero.

No, no es mi intención analizar el despropósito en que se convirtió “Salvados” el domingo. Sencillamente quiero referirme a la constante antítesis que ambos líderes ponen en práctica, de forma continua, en sus intervenciones en los diferentes medios de comunicación, y que tiene que ver con la tan cacareada y repetida “humildad”, una cualidad de la que pretenden apropiarse en exclusividad quienes pretenden “asaltar los cielos por lo civil o lo criminal” y que, de facto, se sustancia en malas formas, falta de educación y cortesía, ausencia de empatía y -fundamental- privar al espectador-ciudadano-votante de aclarar sus dudas sobre programas electorales susceptibles de ser votados.

Circular de Podemos a sus militantes y simpatizantes para boicotear, muy humildemente, un acto de precampaña de Pedro Sánchez y Susana Díaz.


La humildad es “la cualidad del carácter de una persona que le hace restar importancia a sus propios logros y virtudes reconocer sus defectos y errores”. Es también “la ausencia de soberbia y vanidad”. Dicho esto, ¿qué parte del concepto no se ha entendido?

Cervantes, en su obra “Coloquio de los perros”, aseguraba que la humildad es la base fundamental de todas las virtudes, y sin ella no hay alguna que la sea.

Imagen de la protesta de Podemos,
las nuevas formas políticas.
Pero sí, aceptemos pulpo como animal de compañía. O lo que es lo mismo, estamos en precampaña electoral y las organizaciones políticas deben mostrar sus fortalezas a costa de desprestigiar al adversario. Es decir, tanto vale mostrar tus puntos fuertes como poner al descubierto las debilidades del contrario. Y en esta contienda vale casi todo, a la vista está. Entonces, ¿qué clase de humildad practican quienes atacan con demagogias y falsas acusaciones, o verdades a medias, al/los adversario/s, sin ofrecer un ápice de entendimiento y empatía?; ¿cómo puede apropiarse alguien de la ausencia de soberbia cuando se desacreditan los programas y políticas en esa sutil mescolanza del todo vale?

Creo que no hemos entendido nada en 40 años de democracia: ni líderes, ni aparatos orgánicos, ni asesores. Nadie. Yo el primero.

Las ideas se defienden con contundencia, con argumentos, con hechos y, sobre todo, con inteligencia. Y no es más efectivo quien más ataca y desacredita al contrario, sino quien mejor expone sus argumentos, quien más escucha lo que los ciudadanos esperan de él/ella y quien sabe reconocer que, tal vez, se haya equivocado. Y, honestamente, no veo estas actitudes en los nuevos líderes, los mismos que acusaron en la anterior campaña electoral de diciembre a los viejos partidos de practicar contiendas más propias de las calles que del ámbito político. ¿Qué debemos convenir ahora tras semejante intercambio de bochornos y malas formas?

Creo que toca replantearnos todo el engranaje político, tanto a nivel de sistema electoral –algo que es obvio-, como a nivel de cuadros y estrategias electorales. Nos falta escucha activa; nos falta calle; nos falta voluntad de acuerdo; nos falta empatía. Y nos sobra espectáculo mediático, demagogia, fariseísmo y postureo. Y no todo vale. O no todo debería valer.

Si la política es servicio a la ciudadanía y vocación de solucionar problemas, flaco favor hacen actitudes y contiendas verbales como la del domingo a la construcción social y al reconocimiento político, casi tanto como los vergonzosos escándalos de corrupción que, de Oriente a Occidente, asolan este país.

¿Humildad?, ¿la de quién?



Que el tiempo no os cambie.